EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA TREINTA

Hœc mihi sit consolatio, ut aflligens me dolore, non parcat. Job. 8, v. 10.
Etiam si occiderit me, in ipso sperabo. Job. 13, v. 10.

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En medio de los mayores dolores tengo el consuelo que Dios no me deja, y hace en mí cuanto es de su agrado.

Aunque Dios me quite la vida, esperaré siempre en Él.

Animado con la misericordia de Dios, busco en Él mi consolación, y le pido que derrame sobre mi alma afligida aquella unción de su gracia, que nos facilita la paciencia y que nos hace gustar y estar contentos en medio de los tormentos.

¡Ah Señor!, digo algunas veces a imitación del Profeta, tened compasión de mí, alegrad vuestro siervo; pues aunque no tengo motivo alguno para esperar de Vos lo que el Profeta; os pido, Señor, que me alegréis a proporción de mis aflicciones.

En este estado, ¿qué debo hacer? debo continuar en pedir para lograr lo que deseo. Dios lo promete, y debo esperar firmemente, que cuando me sea necesario el consuelo, me lo ha de dar. Si Dios quiere que viva en un desierto, adonde todo sea para mí tinieblas y objetos lúgubres, debo repetir actos de sumisión, levantar los ojos y el corazón al Cielo, adonde habita aquel Dios que así lo quiere; y, a imitación de Job, no desear otra cosa ni otro consuelo que el ver que en ésto se cumple la voluntad del Señor.

Este gran Santo, prefiriendo a todo la gloria del Señor, decía: «Que Dios aumente mis dolores; que ellos sean capaces de arrancarme la vida, ni que jamás caiga en mi alma una gota de aquel dulce rocío que derrama algunas veces sobre las almas que padecen, su voluntad será siempre para mí objeto de mi esperanza, de mi amor y de toda mi consolación; este mismo estado de desolación en que me tiene como desamparado, será todo mi gusto, mi placer y mi alegría.»

Dejemos, pues, que Dios disponga de sus dones como fuere de su voluntad; de mi parte debo disponerme a padecer todos los trabajos, y a considerarlos como otras tantas consolaciones.

Nuestras angustias, nuestros merecimientos y progresos espirituales, no nacen del placer que hallamos en ellos; mas sí de nuestra sumisión y paciencia, de forma que deberíamos temer, que un placer sensible disminuyese el merecimiento de nuestros progresos. No hay estado más propio para caminar a la perfección, que el experimentar en la cruz aquella especie de desamparo que experimentó Jesucristo en el Calvario de parte de su Padre.

Buscar consolaciones en medio de la aflicción, es buscar placer donde sólo debe buscarse la voluntad divina; es imitar a las criaturas que nada sufren voluntariamente sin tener la esperanza de recompensa. La verdadera caridad no busca sus propios intereses, sólo busca agradar a aquellos a quienes dirige todas sus acciones.

San Francisco de Sales decía: Querer consolación en medio de las aflicciones, es querer que nuestra cruz sea de madera preciosa y aromática; y que Dios no nos hable desde en medio de las espinas, sino de entre flores; y ésto no leemos que lo hiciese jamás.

Yo no me desanimo en la adversidad, cuando Dios me deja en ella sin consolaciones, sino porque en otros tiempos y ocasiones de desgracia me incliné demasiado al consuelo. Gustaba de ellas por lo que tenían de sensible, deseábalas para mi satisfacción: y éste era un deseo muy imperfecto, un desorden de amor propio, de que Dios ha querido corregirme por el desamparo en que ahora me deja.

Quiere que se aumente mi humildad y mi paciencia, y que padeciendo únicamente por Él, merezca continuamente un mayor número de grados de gracia y gloria; padezcamos, pues, por Él, sin pedirle más, que el que su brazo invisible no nos desampare; y que si le pedimos consolaciones, sea siempre con una plena y entera resignación; y sea, a lo menos, no por la suavidad que se halla en ellas, sino porque son un don celestial que puede darnos valor y fuerza para padecer, y puede ayudarnos a perseverar constantemente en la virtud, a pesar de todas las desgracias e infelicidades de la vida.

Debajo del peso de la cruz que queréis darme, Dios mío, no hallo la suavidad, ni aquel gusto espiritual, que dulcifica muchas veces la amargura del corazón y las aflicciones del espíritu, y que se derrama de cierto modo sobre el cuerpo, haciendo como aflojarla viva fuerza de sus dolores.

Tal es algunas veces el estado de frialdad y de aridez en que me hallo, que no puedo dejar de decir entre suspiros, como dice vuestro Hijo sobre la cruz: ¡Ah mi Dios, mi Dios! ¿Por qué me desamparas? Yo acepto de buena voluntad vuestros rigores, me resigno y los adoro; más no dejaré de tener en Vos toda mi esperanza; os amaré siempre, siempre seréis mi Dios, pues por más triste y dura que sea mi situación, hallaré siempre en ella un consuelo, en que me dejéis libres los labios y el corazón para ofrecer en vuestra alabanza los males más rigurosos que padezca.

Aunque me neguéis, Señor, las consolaciones que os pido, seréis un Dios justo y un Dios amabilísimo; convengo en que nunca se suavice el rigor de las desgracias a que estoy expuesto; convengo en que vuestro brazo descargue sobre mí el golpe de tal modo, que infaliblemente me conduzca a la muerte; no importa; yo quedaré bien consolado, si vuestra gracia me ampara, y si mi amor para con Vos creciese cada instante más en mi corazón. Veis aquí en qué consisten todos mis deseos, y mi eterna felicidad.