EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTINUEVE

Petite et accipietis. Joan 16, v. 24.

Omnis qui petit, accipit. Luc. 11, v.10.

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Pedid y recibiréis.

Todo el que pide, recibe.

He pedido a Dios que me libre de una aflicción que padezco, y me ha hecho derramar muchas lágrimas; le he pedido esta gracia con mucha instancia, y creo que nada he omitido para dar a mis oraciones toda la virtud y unción necesaria, y no obstante continúa mi triste situación. Acaso será porque, si Dios me librase de ella, caería luego en otra mayor aflicción.

Muchas personas han deseado salir del estado humilde en que Dios las tenía, y subir a los grandes destinos a que se elevaron, de donde cayeron para verse más vergonzosamente de lo que estaban; otras que gimieron por algún tiempo en el estado de la indigencia, cuando pasaron al de la riqueza, fue sólo para su desgracia.

Raquel no hubiera perdido la vida en la primavera de sus años, si hubiese sido estéril; el hijo pródigo no se habría visto reducido a la mayor miseria, si de antemano no hubiera tenido riquezas de que disponer.

Acaso, si Dios me librase de la presente aflicción, dándome bienes de que abusaría, serían la causa de mi condenación o, a lo menos, la de ser menos perfecto y menos agradable a sus ojos. ¡Ah cristianos!, dice san Salviano, a quienes Dios aflige con enfermedades habituales es porque sabe que, si gozasen de buena salud, harían muy mal uso de ella; Él permite que otros padezcan continuamente la injusticia de los hombres, para obligarlos a decir con el Profeta: ¿A quién recurriré? ¿En quién pondré mi esperanza, sino en Dios?

A lo menos debo estar seguro que, después de haber pedido al Señor con humildad y confianza, si no me concede lo que le pido, me ha de conceder cosa más útil, que lo que yo le pedía; porque al fin las promesas de Aquél que es la suma verdad, no pueden faltar.

Él prometió que había de concederlas al que le pidiese. José pidió sin duda que lo librase de la prisión luego que entró en ella; pero Dios permitió que estuviese en ella mucho tiempo, porque quiso que saliese con más triunfo y gloria de lo que hubiera salido al principio, y así no fue oído en mucho tiempo.

San Pablo fue atormentado por una tentación indigna de un Apóstol; pidió a Dios, y pidióle muchas veces, que lo librase de ella, y ella continuó; más, porque pidió muchas veces, Dios derramó sobre él su gracia, y con el socorro de ésta alcanzó continuas victorias, y juntó un tesoro de merecimientos para el Cielo; y así San Pablo fue oído; pero la gracia no le fue otorgada hasta aquel tiempo en que le era más conveniente, y lo mismo espero me suceda a mí.

Ésto supuesto, no me olvidaré, mi Dios, jamás de lo que ha pasado por mí, y de aquello en que os habéis dignado darme una prueba de vuestra bondad. ¡Cuántas súplicas no os hice para conseguir una empresa, de que dependía una gran parte de mi fortuna! Mas, a pesar de todas mis súplicas, no conseguí lo que quería; y estoy obligado a convenir con Vos, que en el pesar que esta pérdida me causó por una particular merced vuestra, no me atreví a desconfiar de la Providencia, ni a murmurar contra el prójimo; antes bien, el pesar que me causó me ayudó a mirar con más desprecio las cosas de este mundo, sujetas a mil mudanzas y a volverme a Vos, que sois sólo quien puede dar el verdadero reposo a mi alma.

En lugar de los pocos bienes que podía conservar, y de que me privó la pérdida de aquel negocio, mis súplicas alcanzaron el espíritu de paciencia y de dulzura; aquel espíritu que hace la gloria de los Santos, y que el Padre celestial concede según el Evangelio a aquellos que le piden; así me ha oído Dios varias veces, y estoy conforme en su voluntad.

Ahora mismo me hallo en estado de otras aflicciones muy distintas, y he pedido y ofrecido muchas cosas a Dios, para que se digne librarme, o a lo menos, disminuir y dulcificar mi trabajo; pero el Señor parece insensible a mis voces, y mi aflicción se aumenta más cada vez.

Mi Dios, ¿cuándo me oiréis? ¿Y cuándo me consolareis, Señor? Acordaos, os pido, que sois mi Criador, y Padre el más tierno que pueda haber; compadeceos, pues, a vista de los males y gemidos de este vuestro hijo.

Mas, alma mía, si lo que pides a tu Dios con tanto amor no fuese conforme a su gloria y a tu salvación, ¿te atreverías a pedirlo? Y, si fuese favorablemente despachada tu súplica, ¿sería por ventura señal de misericordia y amor? ¿Querrás que Dios te conceda una cosa que, aunque te parezca que es favor, en la realidad es un castigo?

¡Ah mi Dios!, sólo os pido que se cumpla en mí vuestra voluntad, y que me deis la paciencia necesaria para soportar la larga y dura experiencia que exigís de mí; no me la neguéis, pues sois un Dios fiel a vuestras promesas. Vos ofrecisteis oír a los que os pidiesen y os invocasen en sus males.

Si no me oís conforme a mis deseos, me oiréis ciertamente de otro modo que me sea más conveniente. Yo os pido, como os pidió San Agustín, que os dignéis concederme lo que deseo; más si no fuese vuestra voluntad, viviré contento, con tal que seáis la felicidad y la vida de mi alma.