EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTIOCHO

Invoca me in die tribulationis, eruam te, et honorificabis me. Ps. 49, v.15.

In tribulatione invocasti me et liberavi te. Ps. 80, v. 8.

Invócame en el día de la tribulación, te libertaré, y me honrarás.

Tú me invocaste en la aflicción, y te he librado.

No hay cosa más frecuente en los libros Santos, que el ver como el Señor nos convida para que imploremos su socorro en nuestras aflicciones, a fin de librarnos de ellas. Dios no tiene duda, como los grandes y ricos del mundo, en rendirse hasta el punto de oír nuestras súplicas; porque extiende igualmente su vista sobre el más pequeño grano de arena, como sobre la más alta montaña; y cuida del mismo modo de los lirios del campo, como de los cedros del Líbano; escucha atentamente y con tanto placer las súplicas que le hace el hombre más vil y despreciable, como oye las alabanzas que le dan los Ángeles del Cielo.

Yo no he visto aún que ningún rico del mundo se quejase de que los pobres no le buscan para manifestarle sus necesidades y miserias; pero Dios se queja en sus Santas Escrituras, de que no le buscamos en medio de tantas miserias, para pedirle socorro; por eso, lejos de recelar que mis ruegos le sean importunos, me atrevo a presentarme delante de su augustísima presencia para exponerle todas mis necesidades, pues si no las expongo, temo ofenderle, faltando al reconocimiento de su poder, o no confiando en su bondad.

Dios sabe bien el estado de tribulación en que me hallo, pues Él mismo es el que lo permite; pero si no confío en su piedad, no me dispensará la gracia de sus favores, y lo suspenderá como si ignorase el estado en que me hallo.

Bien sabía el Señor lo que deseaba el ciego de Jericó; si él no se hubiese humillado y pedido, no habría alcanzado la vista; tampoco el Señor dio a entender que sabía que Lázaro padecía una enfermedad mortal, sino cuando fueron a pedirle que lo visitase.

Dios no derramó sus bendiciones sobre el casamiento de Tobías con Sara, hasta que él lo hubo pedido muchas veces.

El Profeta nos hace una pintura muy viva de las calamidades que los israelitas padecieron en el desierto y en sus diversos cautiverios; y allí vemos que siempre debieron a sus ruegos y a sus súplicas el verse libres de los males que les oprimían.

Daniel oró en el foso de los leones; Manasés en la prisión; Ezequías en medio de la enfermedad, y Dios los ha oído; Job oró en su muladar cubierto de llagas, y Dios le concedió su petición con duplicados beneficios. El centurión, el leproso, la mujer cananea, y la mayor parte de las personas, en favor de quien el Hijo de Dios obró curas milagrosas, no las obtuvieron ni alcanzaron sino por medio de sus peticiones.

No consiste en hacer largos discursos acerca de mis necesidades la eficacia de mis súplicas; el Señor me dice expresamente por San Mateo, que no imite en esto a los paganos. Dios, para oír, no exige de mí sino que le pida con humildad, atención y confianza, y con ánimo de perseverar.

A veces es tal nuestro dolor y aflicción, que nos impide hacer largas oraciones; y entonces basta que nuestro corazón puesto en Dios, le diga las mismas palabras que dijo Jesucristo, y repitió en el huerto al principio de su pasión: Padre mío, si es posible, apartad de mi este cáliz; más hágase vuestra voluntad, no la mía. Estas palabras encierran todas cuantas oraciones se hallan por los libros de piedad, capaces de conseguir las gracias del Señor en el tiempo de la aflicción. No es necesario que mi boca las pronuncie, basta sentirlas, y que las diga el corazón; pues el Señor lo oye y lo ve en todos tiempos y en todas ocasiones.

Ana oraba en su corazón, dice la Escritura, cuando consternada y afligida por su esterilidad pedía a Dios le diese un hijo, y en premio le concedió el Señor al célebre Samuel.

¡Oh Señor! Vos sois un soberano bien diferente de los soberanos de la tierra; cuando tengo que pedir a alguno de estos una gracia, es necesario valerme de varios medios y tomar muchas medidas; no puede hablársele todos los días, ni a todas horas; es necesario arte y talento para hacer valer la razón de lo que se pide; y las súplicas reiteradas son para ellos importunidades; más Vos, Señor, en todos tiempos y a todas horas estáis pronto a escucharme; basta que tenga necesidad, para no recelar recurrir a Vos, que no apetecéis, ni deseáis más, que el que perseveremos en nuestras súplicas; y así la más pequeña oración hecha con un corazón recto y con simplicidad, o una simple elevación del corazón hacia Vos, os hace conocer en un instante lo que deseamos, y sin más que esto, hemos alcanzado muchas veces grandes favores.

El tesoro de vuestras gracias es infinito y nada os agrada tanto como el que os pidamos mercedes. ¡Oh Señor! Yo veo por todo esto las grandes obligaciones que os debo para ser amado; veo también que sois el único soberano y el único grande en quien debo poner toda mi confianza.