Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo Infraoctava de Corpus Christi

Sermones-Ceriani

DOMINGO INFRAOCTAVA DE CORPUS CHRISTI

Dijo Jesús a los fariseos esta parábola: Un hombre dio una gran cena a la cual tenía invitada mucha gente. Y envió a su servidor, a la hora del festín, a decir a los convidados: Venid, porque ya todo está pronto. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado un campo, y es preciso que vaya a verlo; te ruego me des por excusado. Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y me voy a probarlas; te ruego me tengas por excusado. Otro dijo: Me he casado, y por tanto no puedo ir. El servidor se volvió a contar todo ésto a su amo. Entonces, lleno de ira, el dueño de casa dijo a su servidor: Sal en seguida a las calles y callejuelas de la ciudad; y tráeme acá los pobres, y lisiados, y ciegos y cojos. El servidor vino a decirle: Señor, se ha hecho lo que tú mandaste, y aun hay sitio. Y el amo dijo al servidor: Ve a lo largo de los caminos y de los cercados, y compele a entrar, para que se llene mi casa. Porque yo os digo, ninguno de aquellos varones que fueron convidados gozará de mi festín.

Homo quidam fecit cœnam magnam… Un hombre dispuso una gran cena… a la cual tenía invitada mucha gente.

El convite de que habla el Evangelio en esta parábola, y del cual se excusaron de asistir con frívolos pretextos los convidados amigos del padre de familia, puede aplicarse como imagen y figura del Sagrado Banquete de la Eucaristía.

Los libros Sagrados también hablan de otro banquete.

La Sabiduría, dice el libro de los Proverbios, se fabricó una casa o palacio; compuso el vino y preparó la mesa…

La parábola no es difícil de comprender; tratemos de penetrar su sentido.

La Sabiduría es el Verbo Encarnado, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

La casa es nuestro Templo.

La mesa es el Altar.

El vino es la Sangre preciosísima de Jesucristo que, con su Cuerpo Sacrosanto, se ofrece todos los días en el Sacrificio de la Misa.

El Sacrificio de la Misa se profana a veces porque no se conoce bastante su grandeza y excelencia.

El Sacrificio de la Misa suele despreciarse por no conocerse bastante su valor y utilidad.

Para que sea más claro: no hay en la religión una cosa más grande con respecto a Dios, ni más provechosa con respecto al hombre, que el Santo Sacrificio de la Misa.

En efecto, debemos rendir doble homenaje a Dios:

> como hombres debemos honrar a nuestro Creador y Señor;

> y como cristianos debemos retribuirle con una gratitud proporcionada a los beneficios de que nos ha colmado.

Ahora bien, sólo por el Santo Sacrificio de la Misa podemos tributarle este doble homenaje.

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Todo cuanto los hombres podían ofrecer a Dios antes de instituirse el augusto Sacrificio de la Misa, los machos cabríos, los toros y los frutos de la tierra, todo esto era indigno de su Majestad.

Era necesario ofrecerle una víctima no sólo santa, sino omnipotente, que pudiese satisfacer a Dios y pagarle todo lo que le es debido.

Pues esto es lo que hacemos por medio del Santo Sacrificio de la Misa, pues es, precisamente, el mismo que ofreció Jesucristo en la Cruz.

El Santo Sacrificio de la Misa, al que tenéis la dicha de asistir, es la continuación del Sacrificio de la Cruz.

No es, como dicen los protestantes y los modernistas, una simple conmemoración o una pura ceremonia para recordarnos el Sacrificio de la Cruz, sino su representación, su hacer presente de nuevo, su acción misma, que continuamos tantas veces cuantas rezamos la Santa Misa.

De tal modo que, si Jesucristo, ofreciéndose en la Cruz por nuestros pecados, rindió un homenaje infinito a su Padre, se sigue que nosotros, cuando ofrecemos el Santo Sacrificio de la Misa, tributamos a Dios el mismo homenaje, pues le ofrecemos el mismo Sacrificio.

Lo que constituye la esencia del sacrificio es la inmolación de la víctima.

Ahora bien, en el Sacrificio de la Misa, como en el de la Cruz, se inmola y ofrece la misma víctima, aunque el modo de ofrecerla sea diferente.

El mismo Señor, el mismo Dios, que se ofreció por nosotros en el Calvario, se ofrece todos los días, se anonada y se sacrifica tantas veces cuantas consagra el sacerdote.

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Conteniendo el Santo Sacrificio de la Misa el mayor honor que puede recibir Dios de sus criaturas, contiene también los mayores beneficios que la criatura puede recibir de su Dios.

Primero, porque la Misa es el verdadero sacrificio de expiación, por el cual podemos aplacar a Dios y satisfacer a su justicia por nuestros pecados.

Segundo, porque la Misa es un sacrificio de impetración, mediante el cual podemos conseguir de Dios todos los beneficios que necesitamos para nosotros.

En nuestra mano está recoger los frutos de este Sacrificio y participar de la eficacia de la Redención.

El Santo Sacrificio de la Misa, además de ser de propiciación para expiar nuestros pecados y aliviar a las Almas del Purgatorio, es impetratorio para alcanzar toda suerte de gracias espirituales e incluso temporales.

Poderosa es la intercesión de Jesucristo inmolado en nuestros altares.

La Iglesia, al ofrecer el Sacrificio, siempre pide por el pueblo fiel, y en especial por todos los que asisten a este acto de religión, que sean admitidos en el número de los escogidos, que sean preservados de la condenación eterna, y que entren un día en la sociedad de los Santos.

Mas porque estas peticiones son generales, y según las diversas circunstancias necesitamos ya de una gracia, ya de otra, la Iglesia tiene oraciones propias para pedir cada cosa en particular, según sea más necesaria en la ocasión actual.

¡Qué materia para nuestras reflexiones en aquel precioso instante en que se inmola Dios por nosotros! ¡Qué favorable coyuntura para exponerle cada uno las miserias y necesidades de su alma! Vayamos, pues, en busca del remedio y aprovechemos el tiempo en que podemos, con más fruto, reclamar la asistencia divina.

En el Sacrificio de la Misa no sólo conseguimos gracias espirituales, sino también temporales.

En la ley de Moisés había víctimas pacíficas, ya para agradecer los beneficios recibidos de Dios, ya para obtener otros nuevos; comúnmente aquellos beneficios eran bienes temporales.

David alcanzó con sacrificios que su reino quedase libre de la peste que le desolaba; Onías consiguió del mismo modo la salud de Heliodoro; etc.

Pues bien, según San Juan Crisóstomo, el Sacrificio de la Misa contiene y reúne en sí todas las propiedades de los antiguos sacrificios; por consiguiente, no hay duda de que Dios le acepta aun cuando se le ofrece para alcanzar bienes temporales, siempre que éstos no sean contrarios a los designios de su Providencia.

La Iglesia, por su conducta, prueba que podemos recurrir a Dios en la Misa para conseguir gracias temporales.

Ella ofrece el Santo Sacrificio por los frutos de la tierra y la fertilidad de los campos, por el feliz éxito de una empresa o de un pleito, por el amparo de una familia, por la conservación o recuperación de la salud y por otras cosas; en lo cual no podemos admirar bastante la indulgencia paternal y la caridad infinita de Dios.

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Consideremos ahora la Sagrada Eucaristía como Sacramento, y particularmente la presencia real de Jesucristo en Ella.

Entre todos los Sacramentos que el Hijo de Dios instituyó para que sirviesen de canales por donde comunica su gracia a los hombres, ninguno puede ser comparado al de la Eucaristía.

Esta es la razón por qué nos interesa conocer su naturaleza y su excelencia.

La Eucaristía, pues, llamada comúnmente el Santísimo Sacramento del Altar, es el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, en que se convierten las substancias del pan y del vino, por una operación llamada transubstanciación, la cual se efectúa por un poder divino y por una virtud que el mismo Señor dio a las palabras de la Consagración, pronunciadas por el sacerdote válidamente ordenado.

La fe nos enseña:

> que la Eucaristía contiene real, verdadera y substancialmente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo bajo las especies del pan y del vino.

> que Jesucristo está tan verdaderamente en la Eucaristía como en el Cielo.

> que es el mismo Cuerpo que se formó en las purísimas entrañas de la Virgen María y fue crucificado por nosotros.

> que es la misma Sangre que se derramó en la Cruz para nuestra salvación.

Nosotros lo creemos, porque Jesucristo mismo lo dijo con palabras formales y claras, y porque la Tradición de todos los siglos las ha entendido siempre de una presencia real y efectiva, y la Iglesia siempre ha hablado y obrado conforme a esta convicción.

La fe nos enseña también que en la Sagrada Eucaristía ya no hay allí pan ni vino, aunque lo parezca a los sentidos, sino que las substancias del pan y del vino se han convertido en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

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La Eucaristía es un verdadero Sacramento; pero se diferencia en algo de los demás.

Todo lo que es de la esencia y naturaleza de un Sacramento, se halla en la Eucaristía: hay signos exteriores y sensibles, produce la gracia y la significa, y los Apóstoles y Evangelistas no dejan duda alguna de que su autor es Jesucristo.

Sin embargo, conviene notar que este Sacramento se diferencia de los demás en muchos puntos.

Los otros Sacramentos no subsisten sino en el uso de la materia y cuando se aplica al conferirlos.

Así el Bautismo, por ejemplo, no es verdaderamente Sacramento sino cuando actualmente se derrama el agua sobre el que lo recibe, pronunciando las palabras que constituyen la forma.

Pero para la Sagrada Eucaristía basta que la materia esté consagrada, porque la especie del pan y sus accidentes no dejan de ser Sacramento cuando se conserva en los vasos sagrados en el Tabernáculo, y contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad de Nuestro Señor.

Además, en los otros Sacramentos no se efectúa la conversión de una substancia en otra substancia.

El agua del Bautismo y el crisma de la Confirmación no pierden su primera naturaleza de agua y de aceite cuando se confieren estos Sacramentos.

Pero, en el de la Eucaristía, lo que era pan y vino antes de la Consagración, se convierte al hacer ésta en verdadero Cuerpo y Sangre de Jesucristo.

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Ante tanta sublimidad debemos aceptar que es necesario no querer profundizar demasiado el misterio de la Eucaristía.

Se debe ignorar y saber acerca de la Eucaristía lo que ignoraron y supieron los Apóstoles. En vano se intentará penetrar más que Ellos, y resultará un daño espiritual a cualquiera que lo intentare.

Delante de Dios deben enmudecer los sentidos y la razón, porque no hay cosa más racional ni justa que escuchar solamente a Él cuando habla.

Aprendamos esta lección importante: no conviene profundizar jamás los misterios, ni descorrer el velo con que Dios quiere ocultarse, sino adorarle ciegamente y cerrar los oídos para no escuchar más que su Palabra eterna y las de las definiciones de la Santa Iglesia.

Dios no sería Dios, si no fuera incomprensible; y sus maravillas no merecerían tal nombre, si pudiera penetrarlas el entendimiento humano.

En la Sagrada Eucaristía quiso esconderse más que en su Encarnación y Pasión…

Pero, cuanto más impenetrables son los velos que le ocultan, tanto más anuncian que está presente; y la oscuridad que nos asombra, es una prueba de esta verdad.

En efecto, todos nuestros sentidos contradicen el misterio de la Eucaristía.

En nuestra Santa Religión hay algunos misterios bastante proporcionados a los sentidos, como son la Encarnación, la Pasión y la Resurrección del Salvador.

San Juan dice, hablando de la Encarnación: Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos, y contemplamos y palparon nuestras manos, tocante al Verbo de la vida.

Hay otros misterios elevados sobre los sentidos, como son el de la Santísima Trinidad y la gloria de los Bienaventurados, de la que dice San Pablo: Ni ojo alguno vio, ni el oído oyó, ni pasó a hombre por el pensamiento cuales cosas tiene Dios preparadas para aquellos que le aman.

Hay otros misterios, en fin, como es el de la Sagrada Eucaristía, en que todos los sentidos contradicen…, misterio que nos hace creer lo contrario de lo que vemos: creo en un Dios oculto bajo los velos de este Sacramento, y yo no le veo; sin embargo, debo estar más cierto de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía por lo que Él nos ha dicho, que si le viéramos sin habérnoslo dicho, porque Jesucristo es la misma verdad, y no puede engañarse ni engañarnos.

Si juzgáramos solamente por los sentidos y no por la fe, nunca podríamos creer la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

La fe me enseña que Jesucristo, Dios y hombre verdadero, se contiene en el reducido espacio de la hostia consagrada.

Pero, si consulto sólo a mis sentidos y a mi razón, ¿qué testimonio me darán? ¿Dónde está el Verbo divino, que creó de la nada el cielo y la tierra? ¿Dónde está aquel Hombre Dios, que andaba sobre las aguas, mandaba a los elementos y calmaba las tempestades? ¿Qué prueba me da Él para convencerme de su presencia en el altar? ¿Dónde está aquel hombre milagroso que sanaba a los enfermos, restituía la vista a los ciegos y resucitaba a los muertos?

Yo busco a este Hombre Dios; yo sé que está aquí, pero yo no le veo y ninguna señal me manifiesta de que esté; yo no veo poder, ni majestad, ni grandeza; yo no veo más que un poco de pan, y todavía me dice la fe que no es éso, que es ser infiel el que juzga por lo que los sentidos le dicen.

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Finalmente, reflexionemos sobre los designios y motivos que ha tenido la Santa Iglesia para instituir la Fiesta de Corpus Christi, así como las exposiciones y las procesiones solemnes del Santísimo Sacramento durante su Octava.

Este es el día grande que ha escogido la Iglesia para el triunfo de su divino Esposo.

Quiere, por medio de estas ceremonias y homenajes públicos, reparar las irreverencias de los que profanan el Augusto Sacramento, y alcanzar la conversión de los mismos.

Aunque Jesucristo triunfa en todo tiempo en el alma fiel que le recibe con conciencia pura en la Comunión, puede decirse que este triunfo es absolutamente interior, y Dios sólo y el alma son testigos de él.

Pero Jesucristo necesitaba un triunfo más patente; necesitaba salir en público y darse en espectáculo a todo el orbe cristiano por lo menos una vez al año.

Lo primero que se propuso nuestra Santa Madre la Iglesia, instituyendo la solemne ceremonia de este día, fue reconocer el excelente don que nos hizo Jesucristo de su Cuerpo y Sangre preciosa.

Ahora bien, una parte del agradecimiento consiste en publicar el beneficio recibido, mostrar que se tiene alta idea de él y emplearlo en gloria del bienhechor.

Por eso la Iglesia, que es deudora a Jesucristo de un Sacramento en que se contienen todas las riquezas de la gracia y la misericordia y donde reside corporalmente la plenitud de la divinidad, no quiere que este sea un tesoro escondido.

Esa es la razón por la cual, agradecida al amor y a la generosidad infinita del divino Esposo, le manifiesta en público y le expone a la adoración de todos los pueblos, dirigiéndonos estas palabras del real profeta: Venid a contemplar las obras de Dios.

Otra de las principales razones que movieron a la lglesia a instituir las procesiones del Santísimo Sacramento fue tributar un honor solemne a Jesucristo por todas las victorias que ha conseguido de la herejía e infidelidad en el Sacramento del Altar.

Antiguamente no era llevado en triunfo el Cuerpo de Jesucristo, porque no había habido aún errores que vencer; pero después que se levantaron algunos heresiarcas a contradecirle, y se conjuraron algunos hombres contra su presencia real en el Sacramento, la Iglesia, después de haberlos derrotado y anatematizado, creyó que era obligación suya decretar un triunfo solemne al Hijo de Dios.

Otro motivo de la Iglesia para establecer estas procesiones solemnes fue reparar los muchos ultrajes y ofensas que se han hecho y se hacen todavía por los malos cristianos a Jesucristo en la Eucaristía.

La Iglesia estableció esta fiesta por vía de desagravio de todas las profanaciones, de todos los sacrilegios y de todas las irreverencias que se cometen delante del Altar del Señor, de todos los escándalos, de todas las Comuniones indignas, de todas las Misas oídas sin las debidas disposiciones, de la tibieza y negligencia con que se acercan incluso las almas virtuosas.

Por nosotros, que frecuentamos hace tantos años este Sacrificio y este Sacramento mal dispuestos, se instituyeron estas ceremonias, a fin de que el honor tributado a Dios en su adorable Sacramento le desagravie de todos los ultrajes que ha recibido y recibe diariamente en Él.

Las miras de la Iglesia en la institución de esta religiosa solemnidad no se limitan solamente a confundir la herejía y a convencer de escándalo, de irreligión y de impiedad a los malos cristianos, sino que, como Madre diligente y siempre amorosísima, quiere despertar y fortalecer la fe de los verdaderos fieles.

Éstos creen; pero así como la caridad se enfría con el tiempo, del mismo modo la fe se debilita y disminuye; no se apaga del todo y subsiste en la esencia; pero no tiene aquel grado de vigor y lozanía de los comienzos.

Esta magnífica solemnidad, en que triunfa Jesucristo con tanto esplendor, debe naturalmente infundirnos tres sentimientos hacia Él: de veneración, de devoción y de consuelo.

Conclusión practica de las anteriores reflexiones: ¿Cuál debe de ser la ocupación de un alma cristiana durante esta Solemne Octava?

La ocupación de un alma cristiana en tan santos días debe de ser de penetrarse de los sentimientos de la Iglesia y venerar con ella el Sacratísimo Cuerpo de nuestro adorable Redentor.

Convencida el alma cristiana de que adora en el Santísimo Sacramento al mismo Dios que reside en el Cielo, le sigue en este triunfo, le acompaña y le escolta personalmente.

Si las circunstancias actuales no permiten que lo hagamos físicamente, lo hemos de hacer espiritualmente, particularmente por medio de la Hora Santa en los hogares.

Atención, pues, porque Homo quidam fecit cœnam magnam… Un hombre dispuso una gran cena… a la cual tenía invitada mucha gente…

Pero todos a una comenzaron a excusarse…

Ninguno de aquellos varones que fueron convidados gozará de mi festín…