MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

 

ENTRETENIMIENTO III

Sobre los provechos que se sacan de hablar con Dios

reza

¿Queréis, oh hijos de los hombres, ser descargados del enorme peso de miserias, bajo, el cual gemís todos los días? Acostumbraos a recurrir a Dios y hablar familiarmente con Él.

Si vosotros fueseis tan felices, que adquirieseis este santo hábito, podréis gloriaros de que tenéis en la mano el remedio para todos los males y una medicina infalible contra los varios accidentes de la vida.

Os acontecerá estar poseídos de tristeza, tedio y desconsuelo. El dulce Consolador de las almas afligidas, cuyos socorros imploraréis, os consolará. No os entristezcáis, hijos míos, os dirá con su acostumbrada dulzura, no temáis, yo estoy con vosotros. (Marc. 9.) Esta sola palabra, que os hará escuchar en lo íntimo de vuestro corazón, os traerá la calma y el reposo.

Os sentiréis combatidos de alguna violenta tentación; el mundo y la carne se coligarán contra vuestra alma; aquel que se llama virtud de los flacos y es la fortaleza misma, os fortificara y os hará triunfar con ventajas de todos vuestros enemigos.

Estaréis llenos de dudas y cercados de ignorancias. La fuente de las luces os alumbrará, y en un momento os instruirá más que los doctores más hábiles por el curso de muchos años.

Tendréis alguna incomodidad igualmente sensible que molesta. El soberano Médico del cuerpo y alma os sanará; o a lo menos os consolará de tal manera que la enfermedad os será gustosa, y aun más estimable que la salud.

Caeréis en alguna desgracia, que os reduzca a la última miseria. El autor de todos los bienes, Aquél a quien pertenecen las riquezas, y de Quien son las dignidades (Paralipom. 29.) os asistirá, y aun os enriquecerá, si fuere conveniente a vosotros; y si no lo fuere, os colmará de bienes espirituales, que según el testimonio de la Sabiduría son infinitamente más apreciables que el oro y las piedras preciosas. (Sap. 7.).

Seréis despreciados, calumniados y oprimidos. El padre de las viudas y de los huérfanos, el protector de los humildes os defenderá, y os elevará con un nuevo esplendor sobre las ruinas de vuestros perseguidores.

Tendréis, en fin, la aflicción de veros dejados de vuestros mejores amigos y de vuestros próximos todos. El divino Jesús, que se ha dignado llamarse vuestro hermano y vuestro amigo, y que quiso, por serviros de ejemplo, ser abandonado de todo el mundo en el tiempo de su Pasión, os hará compañía y os llenará en ese desamparo de más favores que en otro ningún tiempo.

Así es, Señor, Vos estáis cerca de los que os invocan con confianza (Psal. 144). Vos los asistís en sus necesidades. (Psal. 9.) Vos sois para ellos padre, hermano, esposo, amigo, maestro, defensor, y todas las cosas. Vos cumplís muy bien con ellos, oh amable Salvador mío, lo que nos prometéis en aquel convite tierno y amoroso que nos hacéis de que vayamos a Vos cuando nos viéremos en trabajos, o nos halláremos cargados de algún molesto peso (Idem II).

¿En cuántas maneras os dignáis aliviarnos? ¡Por cuántos modos nos enseñáis que vuestro yugo es suave y vuestra carga ligera! (Matth. 11.).

Seáis siempre alabado y bendito, Dios mío, por este exceso de vuestras misericordias. Amén.