EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTISIETE

Sentite de Domino in bonitate. Sap. I, v 1.

Ipse cognovit figmentum nostrum. Recordatus est quoniam pulvis sumus. Ps. 102, v. 14.

1f80f05082824c7e47c757e409ab3f99

Considerad que Dios es muy bueno.

Que el Señor conoce la fragilidad en nuestra naturaleza, y que no somos otra cosa que polvo.

¿Por ventura habré de perder el fruto que podía sacar de mi resignación, por ser demasiado sensible a las aflicciones, al desprecio y a la humillación, sufriendo pocas veces algunas de estas cosas, sin dar alguna señal de impaciencia, aunque fuese involuntaria? Esto no es pensar de Dios de un modo digno a su bondad.

Él, como dice el profeta David, conociendo la materia de que nos formó, tiene con nosotros la misma compasión y la misma ternura que tiene un padre con su hijo.

Un padre no castiga en su hijo aquellos defectos que no proceden de su voluntad. Dios es un Padre lleno de clemencia, y no castiga a los que no le ofenden. ¿Castigará por ventura a aquellos que lejos de ofenderle, no desean obrar cosa alguna contra su divina voluntad? Siendo un Padre recto, ¿podrá pedirme lo que me es imposible?

No, no; la repugnancia y la sensibilidad naturales no me hacen desagradable a Dios, antes me son necesarias para tener mayor merecimiento; porque si nos faltase la repugnancia y la sensibilidad, nada nos sería violento, y por consecuencia, ninguna razón tendríamos para pedir, ni esperar la corona de la gloria.

Cuando decimos que los Santos estaban contentos en medio de la tribulación, no es decir que eran insensibles; y esta consideración debe exhortarnos a que venzamos con su ejemplo y con un placer sobrenatural que inspira la gracia cuando la llamamos a nuestro socorro, y somos obedientes a su voz.

La repugnancia natural que tenemos a los tormentos del cuerpo, y la sensibilidad que manifestamos en las aflicciones del espíritu, son para que hagamos a Dios mayores y más generosos sacrificios. Si un cristiano recibe de un hombre de quien debía esperar gratitud, una grande afrenta, y muestra que es sensible, nada hay que admirar; más si sufre la injuria de un modo que parezca insensible, será un hombre eminente; y es incomprensible la recompensa que le dará en el Cielo aquel que prometió no dejar sin premio hasta una poca de agua dada en su nombre.

Tampoco debo juzgar que son pecados las impaciencias repentinas, a que me obliga el dolor, o que se escapan a mi fragilidad en la intensión y fuerza del pesar. Un cristiano no es un Ángel; muchas veces la carne y la sangre ofuscan y sofocan la razón y el espíritu; ésto puede y debe humillarme en la presencia de Dios; y debe hacerme decir con el Apóstol, pensando en la feliz habitación de la eternidad: ¡Oh qué desgraciado soy! ¿Quién me eximirá y dulcificará las pasiones de este cuerpo de carne? Más si a mi Dios le ofende la voluntad, ¿por qué he de perturbarme, poniendo la mía de todo corazón en su mano?

Digo lo mismo, y aun con más razón, cuando la muerte me arrancó e hizo exhalar lágrimas a la pérdida de una persona a quien amaba, o que miraba necesaria a mis intereses; lo digo también con respecto a los ayes que se me han escapado en el curso de padecer una enfermedad aguda; gemidos y ayes que provenían solamente de humanidad y no de desesperación, de cólera, o de otro cualquier principio vicioso.

Leo en las Santas Escrituras, que Job hacia a los que le visitaban una pintura muy enérgica de sus males; de tal modo, que admiramos algunas expresiones de que se sirve, para darnos a conocer lo mucho que padecía. Con todo, el Espíritu Santo nos dice en varios lugares del libro de Job, que nunca había faltado al respeto y a la sumisión que debía a Dios.

Santa Teresa no ofendía al Señor cuando le manifestaba sus quejas en medio de una aflicción. Cónstanos también que Santa Catalina de Génova, entre la violencia de los dolores que padecía, exhalaba gemidos muy dolorosos; pero unía siempre a ellos los actos más generosos de una alma que alaba a Dios, y que sólo quiere que se cumpla en ella su voluntad.

Dios no nos pide, ni exige de nosotros que imitemos a aquel solitario que trabajaba tranquilamente haciendo estera, mientras le cortaban una pierna. Aquellas personas que hallan reprensibles las lágrimas, los suspiros y los tiernos ayes en ciertas circunstancias, se comparan a aquellos padres que no quieren que lloren sus hijos cuando los castigan. ¡Ah!, grite enhorabuena la lengua, como dice San Juan Crisóstomo, con tal que el corazón esté lleno de humildad y de amor de Dios.

¡Oh Señor! cuando pedíais a vuestro Padre que os librase de beber el cáliz de la pasión, nos enseñasteis bien claramente, que nuestra natural repugnancia a todo lo que es padecer no os es desagradable, y que antes bien es un motivo de merecimiento para el que sabe resignarse con vuestra voluntad. Aunque Vos lo pedisteis a vuestro Padre, no teníais con todo una voluntad eficaz de evitaros la muerte, pues os habías determinado a morir; pero quisisteis enseñarme que vuestra Divinidad, dando un precio y valor infinito a vuestros tormentos, no os hizo inseparable del sentimiento; y por lo mismo no debo admirarme; que siendo yo tan flaco como soy, sea tan sensible a los dolores.