ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – MAYO 2016 – 2° PARTE

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Mayo de 2016.-

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LAS PASIONES

El apetito sensitivo es aquella facultad orgánica por la cual buscamos el bien en cuanto material y aprehendido por los sentidos.

Se distingue genéricamente del apetito racional, o voluntad, que busca el bien en cuanto aprehendido por el entendimiento.

El apetito sensitivo ignora toda razón de bien que no sea el puramente sensual o grato a los sentidos.

NOTA: En apartado se pueden bajar los diversos PDF de los siguientes cinco cuadros, para descargarlos haga click sobre cada  imágen.

I

II

III

IV

V

De ahí la lucha entablada contra el apetito racional, que busca de suyo el bien racional o del espíritu: «Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu tendencias contrarias a las de la carne, pues uno y otro se oponen» (Gal. 5,17).

División del apetito sensitivo:

El apetito sensitivo, llamado también sensualidad, es una fuerza genérica dividida en dos potencias, que son las dos especies del apetito sensitivo, a saber: el apetito concupiscible y el irascible.

El primero tiene por objeto el bien y el mal y de fácil consecución y rechazo; el segundo, el bien y mal arduos y difíciles de alcanzar o rechazar.

Y estas dos inclinaciones no pueden reducirse a un principio único o en especie átoma, sino que arguyen forzosamente dos potencias realmente distintas entre sí.

El entendimiento y la voluntad pueden influir e influyen de hecho sobre el apetito sensitivo; pero no de una manera despótica (como sobre las manos o los pies, que se mueven sin resistencia al imperio de la propia voluntad), sino solamente con un imperio político, como el de un jefe sobre un súbdito, que puede resistir al mandato de su superior.

Los diferentes movimientos del apetito sensitivo hacia el bien o el mal aprehendidos por los sentidos dan origen a las pasiones.

LAS PASIONES. Dos son las principales acepciones con que suele emplearse esta palabra.

En su sentido filosófico son movimientos o energías que podemos emplear para el bien o para el mal.

De suyo, en sí mismas, no son buenas ni malas: todo depende de la orientación que se les dé.

Puestas al servicio del bien, pueden prestarnos servicios incalculables, hasta el punto de poderse afirmar que es moralmente imposible que un alma pueda llegar a las grandes alturas de la santidad sin poseer una gran riqueza pasional orientada hacia Dios; pero, puestas al servicio del mal, se convierten en fuerza destructora, de eficacia verdaderamente espantosa.

Naturaleza de las pasiones. Las pasiones no son otra cosa que el movimiento del apetito sensitivo nacido de la aprehensión del bien o del mal sensible con cierta conmoción refleja más o menos intensa en el organismo.

Siempre suponen algún conocimiento, al menos sensitivo, del bien que se busca o del mal que se teme.

El movimiento pasional propiamente dicho siempre suele ser intenso.

De ahí esa conmoción orgánica que de él se deriva como una consecuencia natural.

Así, la ira enciende el rostro en indignación y pone en tensión los nervios; el miedo hace palidecer; el amor ensancha el corazón, y el temor lo encoge, etc.

Con todo, la intensidad de esa conmoción no es siempre uniforme: dependerá en cada caso de la constitución fisiológica del hombre, de la brusquedad de la sacudida pasional y del mayor o menor dominio que se tenga de sí mismo.

Número. San Juan de la Cruz sigue la clasificación de Boecio, a base de las cuatro pasiones fundamentales: gozo, esperanza, dolor y temor.

Pero es clásica la división escolástica, que señala once pasiones: seis pertenecientes al apetito concupiscible y cinco al irascible.

He aquí de qué manera se originan en ambos apetitos:

a) En el apetito concupiscible, el bien, que tiene fuerza de atracción, engendra tres movimientos pasionales:

 su simple aparición engendra el amor;

 si se trata de un bien futuro, da origen al deseo;

 si se le posee ya presente, produce el gozo.

Por el contrario, el mal, que es de suyo repulsivo:

 su mera aparición produce el odio;

 si es futuro, produce un movimiento de fuga;

 si se nos ha venido encima, causa tristeza.

b) En el apetito irascible:

 el bien ausente, si es de posible adquisición, engendra la esperanza;

 si imposible, produce la desesperación.

Y de semejante manera:

 el mal arduo ausente, si es superable, enciende la audacia;

 si es insuperable, nos invade el temor.

Finalmente, la presencia del mal arduo produce la ira en el apetito irascible, además de la tristeza en el concupiscible.

La presencia del bien arduo no puede excitar ningún movimiento en el apetito irascible, sino únicamente el gozo en el concupiscible; por eso, el apetito irascible sólo tiene cinco pasiones, y seis el concupiscible.

Importancia de las pasiones. La gran importancia de las pasiones se deduce de su influencia decisiva en la vida física, intelectual y moral del hombre .

a) En la vida física. Sin la previa excitación de los apetitos, apenas damos un paso en nuestra vida física, mientras que la excitación pasional nos hace desplegar una actividad extraordinaria para el bien o para el mal.

Añádase a esto que ciertas pasiones influyen poderosamente en la salud corporal y pueden llegar a producir la misma muerte, sobre todo la tristeza.

b) En la vida intelectual. Es incalculable el influjo de nuestras pasiones sobre nuestras ideas.

Balmes lo notó agudamente en El criterio.

La mayor parte de las traiciones y apostasías tienen su última y más profunda raíz en el desorden de las propias pasiones.

Es necesario vivir como se piensa; de lo contrario, tarde o temprano se acaba por pensar como se ha vivido.

c) En la vida moral. Las pasiones aumentan o disminuyen la bondad o malicia, el mérito o demérito de nuestros actos.

Lo disminuyen principalmente cuando obramos el bien o el mal más por el impulso de la pasión que de la libre elección de la voluntad; lo aumentan cuando la voluntad confirma el movimiento antecedente de la pasión y lo utiliza para obrar con mayor intensidad.

Educación de las pasiones. De la importancia extraordinaria de las pasiones se deduce la necesidad de educarlas convenientemente, apartándolas del mal y poniéndolas al servicio del bien.

a) Posibilidad de educarlas. En primer lugar, ¿es posible educar las pasiones? Indudablemente que sí.

Siendo como son de suyo indiferentes en el orden moral, su misma naturaleza exige dirección y encauzamiento.

Es verdad que no tenemos imperio despótico sobre ellas, sino únicamente político; pero una sabia organización de todos nuestros recursos psicológicos puede dar por resultado un perfecto control de nuestras pasiones, hasta el punto de que únicamente se substraigan al mismo los llamados «primeros movimientos», que no afectan, por otra parte, a la moralidad de nuestras acciones.

La experiencia diaria confirma estos principios.

Todos tenemos conciencia de la responsabilidad de nuestros impulsos pasionales.

Cuando nos dejamos llevar de un impulso desordenado, sentimos en seguida las punzadas del remordimiento; si, por el contrario, hemos resistido a él, experimentamos la satisfacción y el goce del deber cumplido.

Prueba inequívoca de que nos sentimos libres frente al ímpetu pasional y de que, por lo mismo, está en nuestras manos su dirección y encauzamiento.

La historia de todas las conversiones ofrece una nueva prueba, palmaria e indiscutible, de la educabilidad de las pasiones.

Hombres que, llevados de sus pasiones desordenadas, se habían dejado arrastrar hasta los más inmundos lodazales, empiezan, a partir de su conversión, una vida casta y morigerada; al principio venciendo, quizá, grandes dificultades, pero llegando a adquirir poco a poco el pleno dominio y perfecto control de sí mismos.

Veamos ahora cuáles son los principios fundamentales que han de regir la educación de nuestras pasiones.

b) Principios psicológicos fundamentales.

El Padre Eymieu ha expuesto con acierto esta importante materia.

He aquí los tres principios fundamentales que expone:

1º) Toda idea tiende a producir el acto correspondiente.

Este principio es particularmente verdadero si esa idea o sentimiento va acompañado de emociones fuertes y vivas representaciones.

De este principio se desprende, como norma de conducta, la necesidad. Ya comprenderá el lector que la fuerza más importante de que podemos disponer para dominar y encauzar las pasiones es la gracia de Dios.

Pero ahora estamos examinando los resortes psicológicos que pueden ayudarnos en la consecución de ese mismo fin.

La gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva y perfecciona.

El autor, como explica inmediatamente, entiende por idea «un fenómeno cognoscitivo cualquiera, intelectual o sensible».

De allí la importancia de fomentar en sí ideas conformes a las acciones que se quieren realizar y evitar cuidadosamente las que se refieren a acciones que se quieren evitar.

De esta manera se gobiernan los actos por medio de las ideas.

2º) Todo acto suscita el sentimiento del cual es expresión normal.

La regla de conducta que se desprende de aquí es que para adquirir el sentimiento que se desea—o sea para intensificar la pasión que queremos fomentar—es preciso obrar como si se tuviera ya.

De esta forma se gobiernan los sentimientos por medio de los actos.

3º) La pasión acrecienta las fuerzas psicológicas del hombre hasta elevarlas a su mayor intensidad y las utiliza para conseguir lo que pretende.

De donde se deduce la necesidad de procurarse una pasión muy bien escogida para llevar al máximo rendimiento nuestras energías psicológicas.

De esta manera, por medio de los sentimientos se gobiernan las ideas y los actos.

Estos son los principios fundamentales en el control y gobierno de las pasiones.

Pero precisemos más en particular las normas de conducta en la línea del mal y en la línea del bien.