MEDITACIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

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Punto Primero. —Considera todo cuanto ha hecho Dios de más estupendo, de más maravilloso, de más extraordinario, para testificarnos el exceso de su amor. El adorable Sacramento de la Eucaristía es el compendio de todas estas maravillas, y un testimonio perpetuo de un amor todavía más grande. Que Dios se haya dignado tener un cuidado particular de su pueblo; que haya hecho en su favor tantos prodigios; que haya suspendido las ondas para abrirle un camino por entre las aguas; que le alimentase en el desierto con un maná celestial, que se dignase ser su defensor y su guía, que quisiese hacer sensible su majestad divina entre los truenos y los relámpagos, y su presencia por medio de una nube en el templo; éstas son, sin duda, pruebas de una bondad bien admirable; pero que Jesucristo, sin reparar en lo que somos nosotros y en lo que Él es, haga para testificarnos su amor todos los milagros que hace en la adorable Eucaristía; que se digne encerrarse, reducirse a un espacio casi indivisible, reproducirse a un mismo tiempo al infinito, despojarse de su majestad, y ocultarse todo bajo las apariencias de pan y de vino para servirnos de alimento; quedarse noche y día enterrado sobre el altar en un copón; y todo esto para estar sin cesar realmente presente con nosotros; ¿qué le parece? ¿Es esto amarnos con ternura? ¿No es una prueba bien clara de un amor grande? Y este exceso de amor para con tan viles criaturas ¿no es un prodigio todavía más incomprensible que la misma Eucaristía? Por más ternura que sienta un soberano hacia un desvalido, jamás se olvida que es señor; siempre tiene medidas que guardar en los mayores testimonios de amistad que quiere dar a los súbditos. Hay ciertos aires, cierto decoro, cierta decencia, de que el príncipe no se despoja jamás aun en la más tierna familiaridad; sólo el amor extremo que nos muestra Jesucristo en la Eucaristía no guarda medidas; este divino Salvador, este Señor infinitamente grande se agrega, se abandona sin distinción a sus súbditos, a quienes mira como a hijos; se diría que en este adorable misterio se olvida de sí mismo, y que sólo se acuerda de nosotros.

¡Qué prodigio, buen Dios! Pero ¡qué de milagros en este solo prodigio! La sustancia de pan y de vino aniquilada, sin destruirse los accidentes; el Cuerpo de Jesucristo reproducido a un mismo tiempo en mil lugares distintos, y siempre todo entero en un espacio casi indivisible; un Dios sujeto a la voz de un simple sacerdote; el Cuerpo y la Sangre adorable de Jesucristo realmente presentes sobre nuestros altares, expuestos a todas las irreverencias, insultos y sacrílegas profanaciones de los impíos y de los libertinos; distribuido en fin indiferentemente a todos los fieles. Esto es lo que hace Jesucristo para testificarnos su amor; este es el objeto de nuestra fe.

El espíritu se confunde y se pierde en esta infinidad de maravillas, todas las más incomprensibles. ¿No bastaba que un Dios se hubiese hecho hombre para redimir a los hombres? ¿No bastaba que Dios-Hombre hubiese dado su Sangre y su vida por la salvación de los hombres? ¡Ah! esto era más de lo que nosotros nos hubiéramos atrevido a pedir; era más de lo que nosotros podíamos creer; pero que este divino Salvador después de habérnoslo dado todo, se nos dé todavía a sí mismo; que todavía quiera ser nuestro sagrado alimento; que un Dios hombre, después de habernos redimido con su muerte, todavía quiera alimentarnos con su propia carne; hombres ingratos, ¿comprendéis, podéis comprender este prodigio?

Punto Segundo. —Considera que, por más estupendo e incomprensible que sea el amor inmenso que nos muestra Jesucristo en el Santísimo Sacramento, todavía hay alguna cosa, al parecer más pasmosa y más incomprensible; y es la indiferencia, la frialdad, la ingratitud de los fieles para con Jesucristo en este augusto Sacramento. Aturde y apenas puede concebirse el que un Dios nos ame hasta este extremo; pero en fin es un Dios el que nos ama, y nos ama como Dios; pero que nosotros le mostremos disgusto y aun menosprecio a este Dios en el misterio mismo en que nos prueba eficazmente hasta qué exceso nos ama; este es un exceso de iniquidad difícil de comprender. ¿Qué turco, qué pagano, qué bárbaro instruido de lo que nosotros creemos sobre este adorable misterio, podría jamás imaginarse que amásemos tan poco a Jesucristo? Este divino Salvador para nada necesita los hombres, y sin embargo tiene por nada el estar encerrado en una hostia consagrada; tanto ama a los hombres, tanto es el gusto que tiene de estar con ellos: Deliciæ meæ esse cum filiis hominum. Los hombres, al contrario, no pueden pasar sin Él, y no obstante tienen por nada el beneficio que les hace de estar con ellos; tan poco le aman, tan poco caso hacen de la dicha de estar con Él. Esas personas ociosas, que llegan a coger tedio a su misma ociosidad; que comparecen tan raras veces y con tanto disgusto en nuestros templos; esas gentes del mundo que pasan las tres y las cuatro horas en los espectáculos profanos, y la mayor parte de su vida en el juego, en las diversiones, en las concurrencias mundanas, y que solo se dejan ver una vez a la semana a los pies de nuestros altares, y esto con tedio y con pena, ¿estiman en mucho la ventaja y la honra que tenemos nosotros de poder tributar nuestros homenajes a Jesucristo realmente presente sobre esos mismos altares todos los días y a todas las horas del día? Nuestra conducta en este punto ¿se compone y conviene con nuestra fe? No es menester renovar aquí la triste memoria de los ultrajes que este divino Salvador padeció en su pasión y todas las ignominias que ha sufrido en este Sacramento por parte delos herejes; nadie ignora hasta qué exceso de impiedad y de infamia se ha dejado llevar su rabia diabólica contra el Cuerpo de Jesucristo sobre nuestros Altares. ¿Qué hemos hecho nosotros, o qué hacemos para reparar estos impíos ultrajes y estos horribles sacrilegios? Pero ¿qué no ha sufrido y qué no sufre aun todos los días, este divino Salvador de tantos indignos fieles, que le tratan tan indignamente? ¿Qué profanaciones en el lugar santo, qué falta de respeto, qué de comuniones sacrílegas, y qué irreverencias más monstruosas? A la verdad la Iglesia procura en este día y durante toda la octava desagraviarle y reparar por medio de un culto público tantas impías profanaciones; pero ¡qué pocos son los cristianos que entran en el espíritu de la Iglesia! ¡Qué pocos contribuyen a la pompa de su triunfo! ¡Qué pocos piensan en desagraviarle de los menosprecios y de los insultos que ha recibido!

¡Buen Dios, que no pueda yo reparar el día de hoy, y durante esta octava, todas las ignominias que habéis recibido Vos en este adorable Sacramento de vuestro amor! ¡Que no tenga yo tantos corazones como estrellas hay en el cielo y hombres en la tierra, y en cada uno de estos corazones tanto amor a Vos, cuanto os tienen todos los Ángeles y todos los Santos! Todavía seria poco esto para lo que Vos merecéis y para lo que yo deseo. Celestiales inteligencias, Ángeles bienaventurados que estáis alrededor de estos altares, yo os conjuro a que adoréis y améis por mí a este Dios de amor, y le digáis que estoy enfermo, así de pesar de que le amo tan poco, como de deseo de amarle cada día mas.

Vengo, Señor, a testificároslo yo mismo delante de vuestro santuario; y aquí es también a donde quiero venir frecuentemente a dilatar mi corazón, y a abrasarme todo de nuevo en el fuego de vuestro divino amor.

Jaculatorias. —He hallado al amado de mi alma; le poseo en la Eucaristía, nunca más me separaré de él. (Cant. III). Mi amado es todo para mí, y yo soy todo para él. (Ibid. II).

PROPÓSITOS

(al menos espiritualmente)

Cristo Sacerdote (3)I. Ya has visto cuál es el motivo de esta fiesta solemne, y el fin que se propone la Iglesia en esta augusta solemnidad. Animado de su espíritu, contribuye en cuanto pudieres a la solemnidad de esta fiesta. Comulga hoy y lo más a menudo que puedas durante la octava, pero siempre con una devoción más tierna, con un nuevo fervor. Asiste a la procesión para contribuir al triunfo de Jesucristo, y con intención de reparar en cuanto pudieres, con tu modestia y devoción, los ultrajes que Jesucristo ha sufrido en este adorable Sacramento. Asiste todos los días al Tantum ergo, y procura recibir muchas veces al día la bendición del Santísimo Sacramento. Recibiéndola con la disposición que se debe, se reciben grandes tesoros de gracia. Asiste todos los días a Misa con aquel espíritu de religión que pide este gran Sacrificio; muchos se precian durante esta octava de asistir todos los días al Oficio divino.

II. Es un ejercicio de devoción muy útil hacer cada día de la octava muchas visitas a Jesucristo sacramentado; siquiera haz dos al día. Muchas personas hacen más, y las menos que deben hacer las personas religiosas son cinco cada día; pero procura hacerlas con el fin de reparar las que has hecho otras veces con poco respeto y con tanta indevoción. Ninguna cosa es de más edificación ni más cristiana que acompañar al Santísimo Sacramento cuando se lleva a los enfermos. Los reyes no salen jamás de palacio sin que lleven un séquito y una corte numerosa. Más ¡ay! Jesucristo; sale de su templo para ir a casa de los enfermos, y ¿quién se muestra muy ansioso por acompañarle? ¿Y qué corte se le hace a Jesucristo en nuestra iglesia o cuando sale? Arregla en adelante lo que debes hacer sobre este punto. Si estás en el mundo, reza todos los días de la octava el oficio parvo del Santísimo Sacramento, y rézale además de esto el jueves de cada semana.

 

LETRILLAS

EN HONRA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Al fin de cada una puede decirse Padre nuestro y Gloria Patri para más devoción.

 

Altísimo Señor,

Que supisteis juntar

A un tiempo en el altar

Ser Cordero y Pastor;

Confieso con dolor

Que hice mal en huir

De quien por mí quiso morir.

Cordero celestial,

Pan nacido en Belén,

Si no te como bien

Me sucederá mal:

Sois todo piedra imán

Que arrastra el corazón

De quien os rinde adoración.

Venid, hijos de Adán,

A un convite de amor

Que hoy nos da el Señor,

De solo vino y pan;

De tan dulce sabor,

De tal gracia y virtud,

Que sabe, harta, y da salud.

El pan que hoy se nos da

Del cielo descendió:

Es pan que vivo está,

Es manjar celestial

Que Dios nos regaló

Y Él mismo preparó

Dentro de un vientre virginal.

Los Ángeles al ver

Tal gloria y majestad,

Con profunda humildad

Adoran su poder;

Sin poder merecer

La dicha de gozar

De tan rico y divino manjar.

El manjar que se da

En el sacro Viril

Me sabe a gustos mil,

Mas bien que no el maná;

Si el alma limpia está

Al comer de este pan

La gloria eterna le darán.

Recibe el Redentor

En un majar sutil

El pobre, el siervo, el vil,

El esclavo y señor;

Perciben su sabor

Si con fe viva van;

Sino no veneno es este pan.

Sois muerte al pecador

Que os llega a recibir,

Dais al justo el vivir

Con fino y tierno amor:

¡Oh inefable Señor,

Que en un mismo manjar

Sabéis la vida y muerte dar!

Sois fuego abrasador,

Pastor, Cordero y Pan,

Esposo, Rey, Galán,

Dios, Hombre y Redentor:

Prodigio tal mayor

En Dios no pudo hallar

Que más al hombre pueda dar.

Precioso candeal

Que al alma justa y fiel

Sois más dulce que miel,

Más bello que el panal;

La gloria celestial

Espero en Vos, mi Dios,

Para reinar sin fin con Vos.