LA FESTIVIDAD DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

COMUNMENTE LLAMADA

LA FIESTA DE DIOS

O SOLEMNÍSIMA FESTIVIDAD DEL CORPUS CHRISTI

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La fiesta del Santísimo Sacramento del altar o de la Eucaristía no sólo es la más augusta, la más pomposa y una de las más célebres de todas las solemnidades, sino que además de esto es la más antigua y la primera de todas las fiestas de la Iglesia. Todas las otras, a lo menos las más solemnes, son de institución apostólica; pero esta fue instituida por el mismo Jesucristo en la Última Cena la noche antes de su Pasión. Su institución es la misma que la del divino Sacrificio; y se puede decir que el mandato del Salvador a sus Apóstoles, y en persona de ellos a toda la Iglesia, de que hicieran en memoria de Él lo que Él acababa de hacer, ha hecho la fiesta de la cena del Señor y del Santísimo Sacramento tan antigua como la misma Iglesia. Por ella empezó la Iglesia, la cual tuvo su origen y nacimiento en la institución y en la celebración de este divino Sacrificio, a que se siguió la comunión de los fieles congregados para la fracción del pan, o para recibir el Cuerpo de Jesucristo y para orar. Sin sacrificio no hay religión, no hay Iglesia. Se puede también decir que la fiesta de la Eucaristía ha sido perpetua en la Iglesia, del mismo modo que la de la Santísima Trinidad, y que no ha habido día en que no se haya celebrado. Pues así como la Santísima Trinidad es el objeto esencial y primitivo de nuestro culto en todas las solemnidades de nuestra Religión, así la Eucaristía es el Sacrificio perpetuo y el culto más santo que se da a Dios en todas las fiestas. Y esta es la razón por que se tardó tanto tiempo en establecer en la Iglesia una fiesta particular para celebrar estos dos grandes misterios; pues todo el año era la fiesta de la Santísima Trinidad, que se adoraba siempre, y de la divina Eucaristía, con la cual y por la cual se adora la Santísima Trinidad.

Por la misma razón, en los primeros tiempos de la Iglesia todos los días del año, dicen los Padres, eran mirados por los fieles como días de fiesta, pues en todos comulgaban; este es el motivo porque, según Tertuliano, San Crisóstomo y San Isidoro, la Iglesia dio el nombre de ferias a todos los días. San Justino dice que en todas las fiestas de los primeros cristianos casi toda la solemnidad consistía en la celebración de la Misa y en la Comunión; cada día era una fiesta, y todas las fiestas eran en cierto modo fiestas del Santísimo Sacramento. El divino Sacrificio que se ofrecía hacia entonces, como lo hace también hoy, el fondo y como la principal celebridad de todas las fiestas. Ora se celebre la fiesta de los Santos Mártires o de los otros Santos, dice San Crisóstomo, ora se celebre cualquiera otra fiesta en viernes, en sábado o en domingo, siempre se ofrece el mismo Sacrificio, siempre se inmola la misma Sagrada Víctima, y siempre el divino Sacrificio es quien hace la principal solemnidad del día: Sive feria sexta, sive sabbato, sive dominica die, sive in celebritate Martyrum, eadem litatur hostia, ídem sacrificium consummatur. Una virtus, una dignitas, una gratia, unum et idem corpus.

A la verdad, las grandes fiestas, añade este Padre, se distinguen por la magnificencia y riqueza de los adornos que se ponen en nuestras iglesias, y por el concurso extraordinario de pueblo que se junta gozoso en ellas en semejantes días; pero en sustancia lo que hace toda la celebridad, la dignidad y el regocijo, es el divino sacrificio que se ofrece: Nihil novitatis inspicitis prœter sæcularia ista velamina et multitudinem solito lætiorem. Jam vero quod ad Sacramentum attinet, nihil amplius habent, nullam dignitatem, nullum privilegium.

El Santísimo Sacramento del Altar es aquel tesoro que en la primitiva Iglesia se llamaba el soberano Bien de la vida presente: Bonum perfectum; en la que encontramos nosotros todos los bienes; y así como la posesión del sumo Bien es lo que hace una fiesta eterna en el Cielo, así la posesión de la adorable Eucaristía hace también en la tierra una fiesta continua de todos los días.

Haced esto en memoria de mí, dijo Jesucristo. Este Sacramento no sólo debe traernos a la memoria la muerte del Salvador; debe también hacernos acordar de todos los otros misterios de su vida. Con esta intención la Iglesia después de estas palabras del canon de la Misa: Siempre que hiciereis esto, lo haréis en memoria de mí, añade: Por este motivo acordándonos, Señor, de vuestra pasión, de vuestra resurrección, como también de vuestra gloriosa ascensión, etc.

Ningún misterio de Jesucristo hay de que el Santísimo Sacramento no sea representación y recuerdo, ninguno tampoco que no sea dignamente celebrado por la divina Eucaristía en el Sacrificio de la Misa. ¿Qué solemnidad hay en la Iglesia que no sea la fiesta, por decirlo así, del Santísimo Sacramento? Y puede decirse con verdad, que ofrecer el divino Sacrificio es hacer su fiesta; pues es celebrar solemnemente la memoria de su institución, y hacer en memoria de Jesucristo lo que hizo Él mismo en su Última Cena. El divino Sacrificio es lo más respetable, lo más santo, lo más solemne que tienen todas las fiestas. Todas ellas, dice San Crisóstomo, son la fiesta de este divino Sacrificio. De suerte que la misma razón por que en mucho tiempo no se pensó hacer en la Iglesia una fiesta particular en honor de la Santísima Trinidad, hizo, como ya se ha dicho, que no se celebrase tampoco fiesta particular a honra de la adorable Eucaristía, hasta que en fin la divina Providencia, previendo sin duda que en estos últimos tiempos se habían de levantar unas sectas impías que combatirían y aun profanarían con todo género de impiedades este divino misterio, inspiró a la Iglesia que aumentara y extendiera su solemnidad por medio de una fiesta particular y una octava de las más solemnes.

Ved aquí la historia de esta institución: La bienaventurada Juliana, Priora de Monte-Cornillon cerca de Lieja, fue el instrumento de que se sirvió Dios para poner los primeros cimientos de esta nueva solemnidad. Nació esta Santa doncella el año de 1193 en la aldea de Retines en el distrito de la ciudad de Lieja, de padres muy ricos, los que perdió de edad de cinco años. Llevada desde entonces por su tutor a Monte-Cornillon, estuvo de pensionista con las religiosas que cuidaban del hospital que se acababa de edificar a la falda del monte. Esta inocente alma, prevenida casi desde la cuna de las más dulces bendiciones del Señor, hizo en poco tiempo tan grandes progresos en la virtud, que llegó a ser la admiración de su siglo. Con dificultad se podía ver una humildad más profunda con un mérito tan extraordinario, ni una inocencia más perfecta con unas austeridades tan rigurosas. El amor del retiro y de la vida oscura fue siempre su pasión dominante; y las íntimas comunicaciones que tenía con Dios en la oración, la aumentaban todos los días los atractivos por aquel género de vida. Su ternura hacia la Santísima Virgen parecía haber nacido con ella; pero su virtud predilecta y la que hizo siempre su carácter y su distintivo fue una devoción extraordinaria al Santísimo Sacramento. El Sacrificio de la Misa abrasaba tan fuertemente su corazón en el fuego del amor de Dios, y hacia tan viva impresión sobre su espíritu, que nunca asistía a él, que no estuviese, mientras duraba éste, en una especie de éxtasis. Cada comunión era para ella un nuevo banquete del divino Esposo; y las lágrimas que derramaba cuando comulgaba, daban bastante a conocer que gustaba con anticipación los gustos del Cielo. Meditaba sin cesar sobre esta prenda inestimable que Jesucristo dejó sobre la tierra en señal del amor inmenso que nos tiene; y no podía comprender cómo los cristianos, poseyendo este tesoro, pudiesen amar ninguna otra cosa. Hubiera querido que todas las riquezas del mundo se hubieran empleado en adornar nuestras iglesias y enriquecer los sagrados altares, cuya magnificencia debiera dejarse muy atrás los tronos más preciosos de los más grandes príncipes. Estaba ocupada de estos sentimientos tan justos y tan religiosos, cuando tuvo una visión que no comprendía, y que la dio mucha pena. Vio la luna en su lleno, pero con una brecha o agujero. La Sagrada Escritura, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento, nos presenta muchos ejemplos de estas imágenes enigmáticas, en que Dios, acomodándose a nuestro modo de pensar, nos descubre un sentido espiritual y misterioso bajo alguna cosa material y sensible. La devota Juliana, no comprendiendo lo que significaba esta visión, creyó que era una ilusión del demonio, que quería apartarla de la oración. Hizo cuanto pudo para verse libre de ella: oración, lágrimas, austeridades, de todo esto se valió; pero nada pudo hacer desaparecer aquella imagen de delante de sus ojos. Jamás se ponía en oración que no se le presentase la visión, y ninguno de sus directores supo interpretársela. Todo su recurso era a la oración.

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Finalmente Dios la dio a entender que la luna significaba la Iglesia, y que el agujero significaba la falta de la fiesta particular y solemne del Santísimo Sacramento, que faltaba en aquel tiempo para la perfección de la disciplina de la Iglesia. Le reveló Dios al mismo tiempo, que la había elegido para solicitar con los ministros de la Iglesia la institución de la fiesta particular y solemne del Santísimo Sacramento; cuyo fin y objeto había de ser honrar la divina Eucaristía con un culto más solemne, y reparar en cierto modo con esta pública celebridad las irreverencias y faltas de respeto que se cometen contra este adorable misterio. Asustóse de la comisión; y aunque no podía dudar que era de Dios la revelación, con todo su profunda humildad se la hacía sospechosa. Y así la tuvo en silencio cerca de veinte años, procurando con el aumento de su devoción a la adorable Eucaristía suplir lo que la Iglesia no había establecido aún.

El año de 1230, habiendo sido elegida Priora de la casa de Monte-Cornillon, se sintió interiormente más solicitada a declararse sobre el asunto; y temiendo resistir a la voluntad de Dios tan claramente manifestada, se descubrió en fin reservadamente a un canónigo de San Martin de Lieja, que estaba en una grande opinión y con quien tenía mucha confianza. Después de haberle declarado lo que creía la había dado a conocer Dios tocante a la institución de una fiesta particular en honor de la adorable Eucaristía, le rogó trabajase con todo su celo con las potestades eclesiásticas, con los religiosos y teólogos, para que un establecimiento de tanta gloria para Jesucristo y tan ventajoso a la Iglesia tuviese efecto. El santo canónigo se encargó gustoso de la comisión, y la ejecutó con el suceso que se podía desear. Todos aprobaron un pensamiento tan conforme al espíritu de la Iglesia, y todos le aplaudieron. Los que se mostraron más celosos por esta institución fueron los de la Orden de Predicadores de Lieja, con su Prior Fr. Hugo de San Caro, que después fue Cardenal; Guido de Lyon, obispo de Cambray, y el Arcediano de la iglesia de Lieja, llamado Jacobo Pantaleón de Troves, que después fue Obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén, y finalmente Papa bajo el nombre de Urbano IV. Bien presto tuvo la Bienaventurada Juliana el consuelo de ver establecida esta fiesta en toda la diócesis de Lieja por un edicto u ordenanza del Obispo Roberto el año 1246, y celebrada con una solemnidad y una devoción extraordinaria. Sin embargo, hasta el año 1262 no llegó a ser esta grande fiesta de las primeras solemnidades de toda la Iglesia.

El Papa Urbano IV, que siendo todavía Arcediano de la iglesia de Lieja había aprobado tanto la institución de esta fiesta como hemos dicho, no bien se vio ensalzado al sumo pontificado, cuando pensó en hacerla fiesta de precepto. Las instancias de muchos grandes prelados, y los continuos ruegos de una santa reclusa, llamada Eva, que había sobrevivido a la Bienaventurada Juliana su amiga, y que no era menos favorecida que ella de los dones del Cielo, movieron al Papa a hacer este establecimiento; pero las turbaciones de Italia y otras necesidades aún más urgentes de la Iglesia retardaban cada día su ejecución; hasta que un prodigio acaecido, dice San Antonino, en Bolsena en la diócesis de Orvieto, determinó al Papa a expedir una Bula para que en toda la Iglesia se celebrase semejante festividad con la mayor solemnidad que fuese posible. Este prodigio fue un corporal que quedó ensangrentado todo con la Sangre de Jesucristo, por haber caído en él algunas gotas del cáliz por descuido de un sacerdote al decir Misa en la iglesia de Santa Cristina. La Bula es del año 1262, y empieza por estas palabras: Transiturus de hoc mundo ad Patrem Salvator noster Dominus Jesus Christus. Al principio da el Papa una idea sublime del inmenso amor que el Salvador nos muestra en este divino Sacramento, y de los infinitos bienes que encierra la Sagrada Eucaristía. Jesucristo después de habernos dado todas las cosas, dice el Papa, se nos da a sí mismo. O singularis, et admiranda liberalitas, exclama, ubi donator venit in donum, et datum est idem penitus cum datore! ¡Oh liberalidad impensada, donde el don que se nos da es la persona misma del que nos le da! Quam larga et prodiga largitas, cum tribuit quis seipsum: ¿Puede subir más de punto la liberalidad, que cuando uno después de habernos dado todo cuanto tiene, se nos da a sí mismo? Dedit igitur se nobis in pabulum: Jesucristo se hace nuestra comida; para que así como el hombre se había procurado la muerte comiendo de la fruta vedada, así se procurase la bienaventurada inmortalidad comiendo este Pan de Vida. Aunque todos los días se celebre, dice este gran Papa, la fiesta del Santísimo Sacramento ofreciéndose el divino Sacrificio, nos parece muy a propósito señalar un día cada año que le esté particularmente consagrado por una fiesta de las más solemnes, aunque no fuera sino para confundir la abominable impiedad y la extrema necedad de los herejes de estos últimos tiempos: Conveniens tamen arbitramur et dignum, ut de ipso semel saltem in anno, ad confundendum specialiter hæreticorum perfidiam et insaniam, memoria solemnior et celebrior habeatur.

Es verdad, continúa el mismo Papa, que el Jueves Santo, que es el día en que Jesucristo instituyó este divino Sacramento, celebra la Iglesia su fiesta con solemnidad; pero está tan ocupada en llorar la muerte del Salvador, y en tantas otras sagradas ceremonias, que no puede atender con bastante particularidad a la solemnidad de este divino misterio, el cual se debe celebrar con un santo gozo y una pompa extraordinaria, para darnos más bien a conocer la gloria y la dicha que tenemos en poseer el vivo cuerpo de Jesucristo nuestro Salvador y nuestro Dios: In diem namque Cœncœ Domini universalis Ecclesia sacri confectione chrismatis occupata…plene vacare non potest celebratione hujus maximi Sacramenti. Y si la conmemoración que hacemos todos los días de muchos Santos ya en la Misa, ya en las Letanías, no impide el que la Iglesia les asigne un día en el año para hacerles una fiesta particular más solemne; con mucha más razón se debe practicar esto con el más grande y más augusto misterio de nuestra Religión, cual es la adorable Eucaristía. Y también para que todos los fieles procuren en esta fiesta particular y en esta extraordinaria solemnidad reparar por su devoción y por su culto su negligencia, su ingratitud, su falta de respeto y sus irreverencias para con este divino misterio: Tunc attente in humilitate spiritus, et animi puritate restaurent. No podemos olvidar lo que el Señor ha revelado a personas de una virtud eminente, esto es, cuánto desea que esta fiesta se celebre universalmente en toda la Iglesia, como lo hemos sabido antes que fuésemos elevados a la suprema dignidad en que la misericordia de Dios nos ha colocado: Intelleximus olim dum in minori essemus officio constituti, quod fuerat quibusdam catholicis divinitus revelatum, festum hujusmodi generaliter in Ecclesia celebrandum. Y así para que la fe de los fieles sea más viva y fervorosa para con este augusto Sacramento, además del honor que se le tributa todos los días, ordenamos que se le haga todos los años una fiesta particular con toda la celebridad posible y con toda la pompa y magnificencia que es debida al Sagrado Cuerpo de Jesucristo, en quien reside sustancialmente toda la Divinidad: Ut præter quotidianam memoriam, solemnior et specialior annuatim memoria celebretur; designando para esta augusta solemnidad el jueves después de la octava de Pentecostés, para que este día el clero y el pueblo se esmeren a cual más en dar pruebas señaladas de su viva fe y de su tierna devoción al Santísimo Sacramento por medio de un culto público más religioso y por cánticos de alabanzas. Después exhorta a todos los prelados y al clero, a quienes va dirigida la Bula, que celebren todos los años esta fiesta con mucha magnificencia y dignidad; y les encarga exhorten a todos los fieles desde el domingo antecedente que se dispongan con todo género de buenas obras a celebrar esta insigne solemnidad, y sobre todo a ponerse en estado de comulgar dignamente el día de la fiesta: Taliter se studeant præparare, quod hujus pretiosissimi Sacramenti mereantur fieri participes illa die. Por lo que a Nos toca, añade, no queriendo omitir nada para excitar a todos los fieles con dones espirituales a celebrar esta gran fiesta con todo el celo y fervor que pide este Dios escondido, concedemos a todos los que verdaderamente contritos y confesados asistieren a las primeras Vísperas de la fiesta, a Maitines, a Misa y a las segundas Vísperas, cien años de indulgencia por cada vez, y cuarenta años por la asistencia a cada una de las horas menores; y cien días de indulgencia a todos los que asistieren a las Vísperas, a los Maitines, a la Misa y a las horas menores del oficio divino, durante la octava: Centum dies de injunctis sibi pænitentiis relaxamus.

El Papa Clemente V confirmó solemnemente en el concilio el año 1311 la Bula de institución expedida por el papa Urbano IV; lo mismo hizo el Papa Juan XXII, cinco años después; y desde entonces se ha celebrado esta fiesta con más solemnidad que antes en toda la Iglesia universal.

Santo Tomás de Aquino, la admiración de todo el mundo cristiano y una de las más brillantes lumbreras de la Iglesia, compuso el Oficio, el cual se tiene por uno de los más devotos, más completos y más bellos, así por la energía de las expresiones, como por la doctrina que en él expende de todo el misterio eucarístico.

Lo que todavía da más lustre a esta fiesta, y la distingue también de todas las otras, es la procesión solemne en que el Cuerpo de Jesucristo se lleva en triunfo por las calles con mucha ostentación y con una pompa la más magnífica y religiosa que cabe. Esta institución la atribuyen muchos al Papa Juan XXII, no porque no se llevase en procesión el Santísimo Sacramento desde el siglo XI, pero sólo era el Domingo de Ramos para honrar el humilde triunfo de la entrada de Jesucristo en Jerusalén, y sólo se llevaba cerrado en una arca o copón a manera de sepulcro.

La procesión que en este día se hace con tanta pompa y solemnidad es una de las principales partes de esta gran fiesta. Llévase en triunfo a Jesucristo, realmente presente en la adorable Eucaristía; y con este pomposo triunfo intenta la Iglesia celebrar el que Jesucristo ha hecho alcanzar a su Iglesia de los enemigos de este misterio; y repara de algún modo los ignominiosos ultrajes que le hicieron en las calles de Jerusalén y los que recibe aun todos los días de los malos cristianos en los templos.

Los impíos errores de Berengario, arcediano de Angers, sobre la realidad del cuerpo de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, fueron sin duda uno de los motivos para esta institución; y por eso esta procesión se hace con tanta magnificencia y solemnidad en Angers, donde Berengario, el primer autor de esta herejía, enseñó el error a principios del siglo XI.

La traslación del arca de Cariatiarim a la casa de Obededom, y la de aquí a Jerusalén hecha con tanta pompa y solemnidad, y a que asistió el rey David seguido de una infinidad de pueblo, era figura de la procesión solemne que hace la Iglesia en este día llevando el Santísimo Sacramento, y del gozo cristiano que acompaña a esta fiesta.

En efecto, ninguna en todo el año se celebra con tanta pompa y solemnidad; ninguna tampoco hay en que la fe y la piedad de los cristianos deban sobresalir más; es el triunfo de Jesucristo, el triunfo de la Religión y el de la Iglesia. El Santísimo Sacramento del altar es el fin de todos los otros, el medio más seguro y eficaz para llegar a la perfección, un manantial fecundo de los dones del Cielo, la prenda y un anticipado gusto de la felicidad de los bienaventurados, la raíz de la inmortalidad, el más ilustre testimonio del amor de Jesucristo, el compendio, por decirlo así, de toda la Religión, y el tesoro de toda la Iglesia.

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Nada tiene nuestra Religión más santo, nada más divino; el mismo Dios no puede hacer cosa más grande ni más respetable que este augusto Sacramento, que el Sacrificio de la Misa. Institución en todo divina, oblación santa, Víctima de infinito precio, inmolación del Cuerpo y de la Sangre adorable del Hombre-Dios, pontífice igual en todo al mismo Dios. ¿Puede imaginarse cosa más divina, más digna de nuestras ansias, de nuestros respetos y de todo nuestro culto? Es esta la obra más perfecta y más cabal de la sabiduría, de la omnipotencia y de la bondad de Dios; veis aquí cuál es el objeto principal de toda esta fiesta. No debe admirarnos el que la Iglesia se agote, por decirlo así, en cánticos de alabanzas, de nacimientos de gracias y de gozo; y que los fieles, penetrados del mismo espíritu, se esmeren en todo el mundo para contribuir con su celo y con su piedad a la magnificencia y a la solemnidad de esta fiesta. El oficio de este día es la cosa más propia que ha podido inventarse para dar una idea la más adecuada de lo que es esta religiosa celebridad.

El introito de la Misa, tomado del salmo LXXX, desenvuelve desde luego todo el misterio: Cibavit eos ex adipe frumenti, alleluia; et de petra melle saturavit eos, alleluia, alleluia, alleluia: Les dio de comer la flor de la harina de trigo, y les hartó de la miel de la piedra. ¿Qué alabanzas, qué gracias, qué bendiciones no debemos dar al Señor por un beneficio tan señalado, por un favor tan insigne? Jesucristo dice que Él mismo es aquel pan exquisito, aquel pan de vida que da la inmortalidad: Ego sum panis vitæ. El que come de este pan, añade, no morirá: Qui manducat hunc panem, vivet in æternum. ¡Qué virtud la de este pan! Pero ¡qué dulzura! ¿Cómo no nos dará miel en abundancia quien nos da a comer su propia carne? Esta es aquella miel que sale de la piedra misteriosa, que no es otra que Jesucristo, como dice san Pablo: Petra autem erat Christus.

Nótese que el Profeta en este salmo exhorta a los judíos a celebrar dignamente las fiestas ordenadas por el Señor en memoria de sus beneficios. En él hace también hablar al mismo Dios, el cual poniéndole delante a su pueblo los beneficios que le ha hecho le empeña a que le sirva con fidelidad, y se queja al mismo tiempo de la ingratitud de este pueblo. Pero después de haber hecho un resumen de todos los prodigios que obró Dios a favor de ellos, acaba David el salmo refiriendo un prodigio, el cual solo iguala y aun excede a todos los otros: Cibavit eos ex adipe frumenti; et de petra melle saturavit eos. Como si dijera en profecía: Después de tantos prodigios como obró el Señor en favor de su pueblo, ha hecho una maravilla que pone el colmo a todos sus beneficios; y es, que les ha como embriagado de dulzuras, y alimentándoles de aquel pan celestial que es pan de vida. Exultate Deo adjutori nostro, jubilate Deo Jacob: Cantad alegres las alabanzas de un Señor que siempre os ha protegido; celebrad festivos las glorias del Dios de Jacob. Salite psalmum, et date typanum; psalterium jucundum cum cithara: Entonad cánticos a honra suya; traed vuestros tamboriles, vuestros salterios y vuestras cítaras. Nada conviene mejor a la celebridad de esta fiesta que estas expresiones.

La Epístola de la misa de este día es del capítulo XI de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios, donde este Apóstol narra la institución del Sacramento de la Eucaristía por Jesucristo como el mismo Jesucristo se la reveló.

Ego enim accepi a Domino quod et tradidi vobis: Porque yo supe del mismo Señor lo que os he enseñado, que el Señor Jesús, la misma noche en que fue entregado, tomó el pan, y dando gracias, le partió y dijo: Tomad y comed; este es mi cuerpo que será entregado por vosotros. No he recibido de los hombres, ni tampoco de los demás Apóstoles, dice San Pablo, lo que os he enseñado tocante a la Eucaristía; el mismo Jesucristo es quien me lo ha revelado. No omite el Santo el hacer mención de la circunstancia del tiempo: dice que la misma noche en que el Salvador fue entregado alevosamente a sus enemigos por uno de sus Apóstoles y tratado con la mayor crueldad, en esta noche dice que instituyó el divino Sacramento, la prenda más preciosa de su amor, y el testimonio más visible de su ternura. Fue propiamente este el testamento de este amable Padre, por el cual se dio a sus hijos pocas horas antes de morir, sin reparar en que entonces mismo le trataban sus hijos con la mayor ignominia. Desciende después San Pablo a una descripción muy circunstanciada de todo lo que pasó en la institución de este prodigio. Debe advertirse que este Apóstol y todos los Evangelistas se dedicaron a referir hasta las menores circunstancias de esta institución. Tomó el Salvador el pan. Jesucristo no pudo tomar sino pan sin levadura, que era el solo de que se podía usar cuando se celebraba la Pascua; con razón, pues, en la Iglesia Romana se consagra con pan sin levadura. Da gracias a su Padre por el poder que le ha comunicado; era esta la práctica ordinaria de Jesucristo antes de obrar alguna maravilla de las más estupendas, de las cuales el nacimiento de gracias era siempre como el preludio. Habiendo después partido el pan que tenía en sus manos, les dijo: Tomad y comed; esto es mi cuerpo, el cual se entregará por vosotros. No dice el Señor: Tomad y comed este pan; sino tomad y comed, esto es mi cuerpo; es decir, la sustancia que os presento bajo estas especies es mi cuerpo, ya no es pan. Pues el Verbo eterno, que es la misma verdad, dice: Esto es mi cuerpo; persuadámonos, dice San Crisóstomo, creamos sin duda que es así; mirémosle con los ojos de una fe viva: Quoniam Verbum dicit: Hoc est corpus meum; et assentiamur, et credamus, et intellectualibus ipsum oculis intueamur.

Esto es mi cuerpo; tal es la virtud y la fuerza de las palabras de la consagración, producir en calidad de causa eficiente lo que expresan. Para que esta suerte de proposiciones sea verdadera, no es menester sino que la cosa que designan exista luego que se pronuncian. Lo que Jesucristo tomó en sus manos no era sino pan; pero no bien hubo pronunciado estas palabras: Esto es mi cuerpo, cuando toda la sustancia de pan fue transubstanciada, y no quedó otra sustancia en lo que Jesucristo daba a comer a sus Apóstoles que su propio Cuerpo, el que dentro de algunas horas había de ser entregado a sus enemigos, lleno de oprobios, azotado y crucificado. No quedaba del pan otra cosa que las apariencias: a saber, el color, la figura, el peso y el sabor; lo que comúnmente se llama accidentes o especies.

No tenemos en el Nuevo Testamento otra cosa más formal, más precisa, más clara que la realidad del Cuerpo y Sangre de Jesucristo en la adorable Eucaristía. Cuantas veces se habla de este divino misterio, ya en el capítulo VI de San Juan, ya en los otros tres Evangelistas, ya en san Pablo, siempre se habla de una presencia y de una manducación real y corporal del Cuerpo y Sangre de Jesucristo. En ninguna parte se expresa el sentido figurado, antes bien se excluye positivamente; pues el cuerpo que Jesucristo da a comer a sus Apóstoles era, según su palabra, el mismo que entregó a las ignominias de su pasión y a la cruz para redimirnos: Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Y nadie que no sea maniqueo osará decir que el Cuerpo del Hijo de Dios no fue entregado a la muerte sino en figura. Desde los Apóstoles hasta nosotros toda la Iglesia ha creído siempre que el Cuerpo de Jesucristo se ofrece real y verdaderamente en sacrificio, se distribuye a los fieles en la comunión, y está realmente presente en la Eucaristía; y nosotros no somos capaces de hablar de la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento de un modo más claro, más formal y más preciso que hablaron los Padres de los primeros siglos.

Me diréis quizá, dice san Ambrosio, el pan que se nos da a comer en la comunión es pan usual y ordinario: Forte dicis, meus panis est usitatus. Es verdad que antes de las palabras sacramentales este pan era pan: Panis iste, panis est ante verba sacramentorum; pero después de la Consagración, en lugar del pan se halla el cuerpo de Jesucristo: Ubi accesserit consecratio, de pane fit caro Christi. Y esto debe ser indubitable entre nosotros: Hoc igitur astruamus. Pero ¿cómo puede suceder, continúa el mismo Padre, que lo que es pan sea el Cuerpo de Jesucristo? Y responde: Consecratione; por la consagración; la que no contiene sino las propias palabras de Nuestro Señor Jesucristo: Consecratio quibus verbis est? Domini Jesu. Pues en todo lo que precede a la consagración, añade el Santo, habla el sacerdote en su nombre cuando alaba y bendice al Señor, o cuando ora por el rey y por el pueblo; pero cuando llega a la Consagración, ya no habla en su nombre, sino, que es el mismo Jesucristo quien habla por la boca del sacerdote: Jam non suis sacerdos, sed utitur sermonibus Christi. Y así, hablando en rigor, quien obra este Sacramento es la palabra del mismo Jesucristo, aquella palabra que crió de nada todas las cosas: Nempe is sermo quo facta sunt omnia. Habló el Señor, continúa el mismo Padre, y fueron hechas todas las cosas; mandó el Señor, y todas salieron de la nada. Para responder, pues, a tu pregunta, digo que antes de la Consagración no estaba allí el Cuerpo de Jesucristo; aquello era solo pan común; pero después de la Consagración te digo y le repito que ya no hay allí pan, sino que lo que allí hay es el Cuerpo de Jesucristo: Non erat corpus Christi ante consecrationem; sed post consecrationem, dico tibi quod jam corpus est Christi.

Si San Ambrosio hubiera tenido que responder a los protestantes de nuestros días, ¿hubiera podido hablar de una manera más precisa y más clara?

San Cirilo, Patriarca de Jerusalén, que vivía en el siglo IV, explicando a su pueblo las principales verdades de la Religión, dice: La doctrina de San Pablo sobre el misterio de la Eucaristía debe bastar para afirmar vuestra creencia por lo tocante a este augusto Sacramento: Ipsa beati Pauli doctrina abunde sufficere videtur. Decíanos este grande Apóstol en la lección que acabáis de oír, que la misma noche en que el Salvador había de ser entregado, tomó el pan, y dando gracias, le repartió y dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando asimismo el cáliz, dijo: Bebed, esta es mi sangre. Y pues Jesucristo dijo del pan que tomó: Esto es mi cuerpo; ¿quién se atreverá después de esto a ponerlo en duda? Cum ipse de pane dixerit: Hoc est corpus meum; quis audevit deinceps ambigere? Y pues el mismo Jesucristo dijo tan afirmadamente: Esta es mi sangre; ¿quién osará jamás dudar de una verdad tan clara, y decir que no es realmente su Sangre? Quis umquam dubitaverit, ut dicat non esse ejus sanguinem? Y qué, dice el Santo, el que trocó el agua en vino en las bodas de Caná, ¿no merecerá que creamos que convierte el vino en su preciosa Sangre?

Bajo las especies de pan y vino, continúa el mismo Padre, nos da el Salvador su Cuerpo y su Sangre: In specie panis dat nobis corpus, et in specie vini dat nobis sanguinem. De suerte que nosotros llevamos verdaderamente a Jesucristo en nuestro propio cuerpo cuando recibimos el suyo: Sic enim efficimur Christiferi, cum corpus ejus, et sanguinem in membra nostra recipimus. Los panes de la proposición del Antiguo Testamento quedan abolidos. No tenemos en el Nuevo otros panes que este pan celestial y este cáliz saludable, que santifican el alma y el cuerpo. Por esto, concluye, guardaos bien de imaginaros que lo que veis no es otra cosa que pan y vino; es realmente el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo: Corpus enim sunt, et sanguis Christi. Es menester que la fe corrija la idea que los sentidos le dan. Guárdate bien de juzgar sobre esto por los ojos o por el gusto: Ne judices rem ex gustu: haz que tu fe te haga esta verdad cierta e indubitable; cree que lo que recibes es el Cuerpo y Sangre de Jesucristo.

Hasta aquí son palabras de san Cirilo. Tal era la fe de los primeros siglos por lo que toca a la Eucaristía. ¿De qué espíritu ha venido la creencia de los herejes de estos últimos tiempos?

En la Iglesia desde los primeros días de su nacimiento hasta nosotros siempre se ha creído que la sustancia de pan y la de vino se convierte en la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo. Esto es lo que la Iglesia llama transustanciación; es decir, mutación o conversión de sustancia; este prodigio se hace por la virtud omnipotente de las palabras de Jesucristo, que pronuncia el sacerdote en nombre del Salvador. Si Dios pudo convertir a la mujer de Lot en estatua de sal, la vara de Aarón en serpiente, el agua en vino en las bodas de Caná, decían los Padres cuando instruían a los recién bautizados para la primera comunión; ¿por qué no podrá este mismo Dios convertir el pan y el vino en su sagrado Cuerpo y en su preciosa Sangre en el Sacramento de la Eucaristía?

Hoc facite in meam commemorationem: Haced esto en memoria de mí. Al decir estas palabras ordenó el Salvador de presbíteros a sus Apóstoles, dicen los Padres. Siempre que comiereis este pan, dice Jesucristo, y bebiereis este cáliz; es decir, lo que se contiene en este cáliz, pues no es el mismo cáliz lo que se bebe, anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga. El Sacrificio incruento de Jesucristo, no diferenciándose sino en cuanto al modo del Sacrificio cruento del mismo Salvador, debe excitar en el espíritu de los que participan de Él la memoria de Jesucristo en particular.

Itaque quicumque manducaverit panem hunc, vel biberit calicem Domini indigne, reus erit corporis et sanguinis Domini: Cualquiera que comiere de este pan, o bebiere de este cáliz indignamente, dice el Apóstol, será reo de delito contra el Cuerpo y Sangre de Jesucristo; es decir, que el que comulgare sacrílegamente no será menos culpable que si hubiere hecho morir a Jesucristo, y hubiere derramado su Sangre. Ninguna cosa prueba más demostrativamente la presencia real del cuerpo y sangre de Jesucristo que esta expresión del Apóstol; y además de esto muestra que, según el mismo San Pablo, es lícito comulgar bajo una especie solamente.

Si el delito de los judíos que derramaron la Sangre de Jesucristo nos causa horror, no debe horrorizarnos menos el de los cristianos que la profanan con comuniones sacrílegas. No ofrecen un sacrificio, dice san Crisóstomo, sino que hacen una muerte; lo que toman no es un alimento, sino un veneno: Qui enim manducat et bibit indigne, judicium sibi manducat et bibit, non dijudicans corpus Domini: porque el que le come y bebe indignamente, se come y bebe su condenación, no discerniendo el cuerpo del Señor; es decir, que en sí mismo tiene la prueba visible de su delito, que su proceso está acabado por decirlo así. Este divino Salvador es su juez, este pan de vida es su sentencia de muerte. Sacrilegio, traición, negra ingratitud, hipocresía enorme; ¡cuántos delitos, buen Dios, en una sola comunión indigna! ¿Y qué efectos se pueden seguir de aquí? El endurecimiento sin duda, y regularmente la impenitencia final.