EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTICINCO

Calicem quem dedit mihi Pater, non bibam illum ? Joan. 48. v. 11.

Pater, non mea voluntas, sed tua fiat. Luc. 22. v. 42.

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Por ventura, ¿no he de beber el cáliz que mi Padre me dio?

Padre, no se haga mi voluntad, mas hágase la vuestra.

 

Un Apóstol parece quiere persuadir a Cristo que no beba el cáliz de la pasión; y le dice Jesús: Es mi Padre quien lo manda, ¿y he de rehusar beberlo? Ahora es cuando debo manifestar, más que nunca, mi amor y la sumisión a su voluntad.

Él no habla de Judas, que lo entrega a sus enemigos después de haber sido del número de sus íntimos amigos; ni de los fariseos envidiosos, que tanto maquinaron contra Él; ni de los judíos ingratos a quienes curó de sus enfermedades, dio vista a los ciegos, resucitó los muertos y que, a pesar de todo ésto, quieren su muerte.

Él sabe que no son más que unos ejecutores de la voluntad de su Padre; y que lo que ellos hacen por envidia y rabia, el eterno Padre lo ordenó y permitió para redención de los hombres; y por lo mismo, venera su adorable voluntad; y quiere que su Padre ordene el género de suplicio, de ignominias y de muerte, que sea más de su agrado, y a pesar de lo mucho que había de padecer, sólo le pide que se cumpla en Él su voluntad.

Veis aquí el modelo que debo seguir en mis aflicciones. ¿De qué sirven, pues, las reflexiones que tengo hechas acerca de la inconstancia, de la ingratitud y de la injusticia de los hombres que me abandonaron cuando los necesitaba, y parece como que se empeñaban en hacerme mayores males, cuando más procuraba servirlos?

Acerca de la diferencia que hay entre el estado de aflicción en que ahora me veo, y el floreciente, en que me he visto, como a la proximidad de un mal tan cruel, que parece no tener remedio ni fin, debo levantar los ojos al Cielo y decir: Este cáliz me vino de la mano de mi Padre celestial; si Él quisiera librarme de esta aflicción, lo podría hacer; si no lo hace, es cierto que la quiere; y, si la quiere, ¿qué debo hacer sino resignarme con su voluntad?

¿Le diré que es injusta; que ignora lo que me es necesario y útil; que me hace padecer tormentos que no puedo sobrellevar? ¡Osaré decírselo! ¡Me atreveré a considerarlo!

Dios es mi Padre, que me ama tiernísimamente. Yo no lo dudo, pues me tiene dado grandes pruebas de su amor. Él me dice: Soy yo, Hijo mío, quien te envía las enfermedades, los trabajos, la pérdida de bienes, y quiero que padezcas todo ésto por mi amor.

Si tú fueses el árbitro de tu conducta, te perderías; entrégate a la mía, pues te amo más de lo que juzgas; y cuando padecieres más, entonces es cuando más te amo.

Por ventura, ¿Dios no me habla así por la voz de la fe y de la gracia? ¡Ah!, cuando lo que Él exigiese de mí fuese la cosa más difícil del mundo, debería sujetarme enteramente y juzgarme feliz; porque me ponía en un estado que era de su agrado, y en el cual podía merecer muchos bienes celestiales.

Mi Dios, hágase vuestra voluntad y no la mía; estoy dispuesto y pronto a padecer todo cuanto quisiereis, y por todo el tiempo que sea más de vuestro agrado y voluntad. Vos me habíais dado los bienes; paréceme que no abusé de ellos; con todo, os servisteis de mis enemigos para que me los quitasen; llamadlos a vuestra gracia por vuestro amor; y Vos, Dios mío, seáis eternamente bendito.

Cuando pienso en la crueldad de las injusticias que me han hecho, la naturaleza habla dentro de mí, y digo con David, perseguido por su propio hijo, y traído por Aquitofel: Si fuese a lo menos un enemigo declarado, que buscase semejantes medios para perderme, hallaría mi infelicidad algo más soportable. Mas no; yo aparto de mi espíritu esta reflexión, para no reconocer otro autor de mis males, que no seáis Vos. Por mayores que sean, veo, adoro y amo en ellos vuestra voluntad; y siguiendo al mismo santo Rey, cantaré vuestras alabanzas a la mañana, al medio día, a la tarde y a todas las horas; yo me entrego todo a vuestros cuidados, y nada me faltara. Si algunas veces abandonáis el justo a la tempestad, luego le colocáis en medio de la bonanza y de la alegría.

Permitid, ¡oh mi Dios!, que yo no sepa hacer otra cosa, que lo que sea de vuestra santísima voluntad; porque me conviene unirme de tal suerte a Vos, que sólo funde en ésto mi esperanza. ¡Ah!, si la necesidad que tengo de padecer los tormentos fuese a mi elección, escogería siempre los más pequeños; pero como sea la mano de mi Padre quien me los envía, aunque sean a mis ojos los más horrorosos, y una cruz la más amarga, callaré, creyendo y confesando que será la más conveniente a mis necesidades, para mi perfección y salvación.

Si yo consultase a mí mismo, apetecería más bien los trabajos del cuerpo, que los del espíritu: desearía más bien una enfermedad violenta de algunos días que enfermedades habituales; querría que para conducirme al Calvario y unirme a Vos en la Cruz, os sirvieseis antes de aquellas personas que amo menos, que de aquellas con quien he tenido más amistad, y a quienes he hecho mayores servicios. Mas, Señor, hágase lo que Vos queréis, y no lo que yo quiero, pues no sólo quiero lo que Vos queréis, con el socorro de vuestra gracia, sino que lo quiero según vuestra voluntad fuere servida enviármela.