EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTICUATRO

Sicut Domino placuit, ita factum est. Sit nomen Domini benedictum. Job. I, v. 21.

Dominus est: quod bonum est in oculis suis faciat. I Reg.3. v. 18.

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Como fue del agrado del Señor, así sucedió; sea bendito su nombre.

Él es el Señor, haga lo que sea agradable a sus ojos.

 

Nada se hace sobre la tierra sin la voluntad o permisión de Dios. ¿Qué veo yo en el orden de las estaciones y en los diversos acontecimientos de la vida, sino la ejecución de su voluntad divina? Él dice y repite en sus libros Santos, que es el autor de las tinieblas y de la luz, de la felicidad y de la infelicidad.

Un solo cabello de mi cabeza no se cae sin orden suya; mis enemigos nada opondrían contra mí si Él no les diese poder; así, pues, si Dios permite que me quiten los bienes, si quiere que pierda mi tranquilidad, mi reposo, mi libertad, reputación y salud, debo consolarme y decir con Job, que pasó de una grande opulencia a ser el hombre más pobre y miserable, o como Helí, a quien anunciaron grandes desgracias: El Señor sea bendito; yo me sujeto a todo lo que Él permite y a todo lo que Él ordena; Él puede mandar, yo debo obedecerle; adoro su voluntad y su Providencia.

Cuando estoy afligido y la voluntad de Dios se opone a la mía, el espíritu tentador induce a motivos de queja; mas, ¿qué ventajas hallaré en ellas? Las quejas son señal de un espíritu rebelde y de un corazón endurecido. No debo esperar en este estado que Dios me consuele ni que me ampare; Él me abandonará, y sin su socorro, ¿qué será de mí?

A todo pesar mío se ha de cumplir la voluntad de Dios, y a mi pesar he de padecer; más entonces he de padecer como réprobo, como un hombre que se condena en la situación en que tantos otros expían sus pecados y adquieren los mayores merecimientos; los buenos se hacen cada vez más agradables al Señor, y hallan una verdadera consolación en decir: Padre Nuestro que estáis en el Cielo, hágase vuestra voluntad.

Dios, es verdad, me atormenta; mas de la mano de mi Padre no puede venirme sino lo que convenga a mi salvación; pues si esto es así, ¿qué razón tengo para quejarme?

Señor, decía David, Vos me expusisteis a los insultos de los insensatos, pero yo callé; no abría la boca para quejarme, porque Vos erais el autor.

Si yo tuviese una sumisión perfecta, tendría la felicidad de los justos sobre la tierra, la cual consiste en vivir en medio de la justicia, de la paz, de la alegría del Espíritu Santo. Esta sumisión pone nuestro contento y placer en el de Dios; y se reciben las aflicciones como un favor, al considerar la mano que las envía. Una tan santa disposición quita todo lo que podría alterar la paz del alma.

Los justos, dice Santa Catalina de Sena, son como Jesucristo, que en toda su Pasión nunca perdió la serenidad del alma. Del mismo modo, cualquiera adversidad que pueda acontecer al justo, será siempre para él la conformidad en la voluntad de Dios, un motivo de consolación.

A Severo Sulpicio, dice San Martín, que jamás le había visto una señal de aflicción, y que siempre había notado en su semblante una especie de contento y alegría; y es, porque todo cuanto le sucedía, lo recibía como de mano de Dios.

Si el espíritu tentador no me obliga a quejarme, me mueve a lo menos a examinar los motivos de la voluntad de Dios. Me obligará a decir lo mismo que le dijo a Adán cuando quiso tentarle. ¿Por qué quiere Dios de mí esta experiencia? ¿Por qué me pone en esta situación tan triste y tan crítica?

Más no; viviendo debajo de la mano de un Dios que es la misma equidad, sólo debo decir con David, cuando se hallaba ultrajado por Semei: Dios lo quiere, Dios lo permite. No quiere su Majestad el pecado de Semei, solamente lo permite; pero quiere mi aflicción. ¿Y quién será el hombre tan temerario que se atreva a preguntar a Dios la razón de su voluntad?

¡Qué!, si Dios me dijese: Quiero que pierdas las esperanzas que tienes, quiero que tu cuerpo gima debajo del peso de una enfermedad habitual o que intenten contra ti una cruel demanda, ¿me atrevería a preguntarle, por qué razón obraba así? ¿Esperaría para obedecerle, que me dijese los motivos que tenía?

¡Ah!, si un hombre guiado por la sabiduría no puede querer sino lo bueno, ¿qué debo esperar de un Dios infinitamente sabio?

Para saber que una cosa es bien hecha, ¿no basta saber que Dios es su autor? ¿No conservaré una idea de la sabiduría infinita, encerrada en la idea que debo tener de Dios, sino cuando la fortuna, la salud y la reputación fueran proporcionadas a mis deseos?

¿Lo trataré como los paganos trataban a sus dioses, que, según dice Tertuliano, los despojaban de su divinidad cuando los consideraban como autores de sus desgracias?

Los siervos del mundo se sujetan ciegamente a la voluntad del mundo, por más dura que a veces ella sea; ¿y Dios será el único soberano por quien no queremos padecer sin saber la razón?

Acepto, ¡oh mi Dios!, con entera sumisión todas las adversidades que me enviáis; las acepto con reconocimiento y gratitud, persuadido que viniendo de Vos, que sois la misma bondad, son para mí un grande bien; yo respeto vuestros designios, aunque no los comprendo. Sé que cuando me dais aflicciones, queréis mi salvación, mi perfección, y darme vuestra gloria; y esto basta para mi consolación. Que mis aflicciones sean momentáneas, o duren por algún tiempo, no quiero saberlo; contento en el estado que Vos quisiereis, no establezco mi felicidad en los bienes de esta vida, mas sí en cumplir con vuestra divina voluntad.