Mons. Tihamér Tóth- EL MATRIMONIO

CAPÍTULO VI

OBSTÁCULOS EN EL CAMINO DEL MATRIMONIO

Matrimonio.-Rito-extraordinario2Bien sabe nuestra Santa Madre la Iglesia que cuando dos seres hacen en el sacramento del matrimonio una alianza para toda la vida, con ello dan un paso que tiene influencia decisiva, no solamente para la felicidad terrena; sino también para el destino eterno. Si el matrimonio es feliz, pondrán aspirar con más sosiego a gozar de la vida eterna; en cambio, si dieron un paso desgraciado, las ruinas desoladas de la vida familiar fácilmente sepultarán y ahogarán los anhelos de la vida eterna.

Por esto acompaña la Iglesia con amor solícito todos los pasos de sus hijos, cuando éstos se preparan para el matrimonio, y por esto pone en su camino señales de advertencia: «impedimentos matrimoniales». ¿Qué son los impedimentos matrimoniales? Letreros que advierten —según la experiencia secular de la Iglesia — dónde puede más fácilmente peligrar la nave del matrimonio.

A primera vista podría formarse alguien el concepto de que los impedimentos matrimoniales son cosas superfluas. Pero cuanta más experiencia tengamos en la vida, cuantas más ocasiones se nos presenten para echar una ojeada en las tragedias matrimoniales, más se ven la legitimidad, la sabiduría, el acierto de las prescripciones de la Iglesia.

No en vano estableció la Iglesia estos impedimentos a base de una experiencia milenaria: el caso es que detrás de los impedimentos, aun de los que parecen insignificantes, se ocultan una profunda sabiduría de vida y un amor acendrado: cada impedimento matrimonial preserva de una desgracia matrimonial. Y precisamente por esto la  vida se venga en una forma u otra si los hombres prescinden con frivolidad de estos impedimentos, que propiamente vienen a ser cristalizaciones de la larga experiencia de la Iglesia.

Hay impedimentos que todos consideran muy naturales. Por esto tan sólo los mencionaré con brevedad en la primera parte del capítulo.

Pero los hay también que son recibidos por muchos hombres modernos con crítica e incomprensión, como, por ejemplo:

Los que prohíben el casamiento de los divorciados, y

Los del matrimonio mixto; por este motivo los estudiaremos más detenidamente en la segunda y tercera parte.

I

LOS IMPEDIMENTOS MATRIMONIALES EN GENERAL

A) La Iglesia, a base de su larguísima experiencia, ha descubierto muchos escollos en que puede peligrar la paz del matrimonio, y los reúne en el Código de derecho canónico bajo el nombre de impedimentos matrimoniales. Hay entre ellos algunos que anulan la validez del matrimonio…; éstos son los «impedimentos dirimentes». Y hay otros que prohíben contraer matrimonio, pero de tal modo que si éste se contrae, es solamente ilícito, pero no pierde su validez; éstos son los llamados «impedimentos impedientes».

Impedimento dirimente es, por ejemplo, la próxima consanguinidad entre los novios o también el miedo causado por amenaza grave y que obliga a comparecer contra la propia voluntad ante el altar nupcial.

Juzgo importante llamar la atención sobre este último y suplicar con todo encarecimiento a los padres: Permitid que se casen vuestros hijos, no seáis vosotros quienes los caséis.

El acontecimiento más importante de la vida es el de hacerse entrega mutua para siempre un hombre y una mujer. Es una tarea de una enorme responsabilidad, encontrar al compañero o a la compañera de la vida que Dios me ha destinado.

Esta elección ha de hacerse con la mayor libertad, por voluntad de las dos partes; y nadie más puede tener voto decisivo en este asunto. Sí, los padres han de ayudar a sus hijos a encontrar la solución justa, han de orientarlos con sus consejos amorosos, pero la última palabra —en esta cuestión— no puede ser sino de los jóvenes interesados.

Con santo orgullo hemos de destacar en este punto el gran mérito del cristianismo, por proclamar tan vigorosamente la libertad en la elección del cónyuge. Conocemos las lamentables aberraciones de la antigüedad: los padres o familiares vendían, en el sentido estricto de la palabra, a la muchacha, la vendían a quien más ofreciese por ella, y guiados por intereses materiales unían jóvenes que nada querían saber el uno del otro.

El cristianismo siempre levantó su voz en contra de este proceder, y sigue levantándola aun hoy día. Y lo hace con tal vigor que no reconoce como matrimonio válido el que se contrae sin libertad completa de ambas partes.

Esta postura se deriva lógicamente de la doctrina que enseña la Iglesia, según la cual el sacerdote no administra el sacramento del matrimonio; no es más que el testigo oficial; los mismos contrayentes son los que se administran mutuamente el sacramento en el momento de pronunciar ante el altar el «sí» solemne: «Sí», acepto a N. N. que está aquí presente por legítimo marido (o por legítima mujer), y me entrego a él (a ella, respectivamente) por legítima mujer (por legítimo marido).

Y si el «sí» fue pronunciado por una de las partes no con plena libertad, no espontáneamente, sino por efecto de amenaza grave, por violencia, el matrimonio no es válido.

Y aunque vivan juntos durante muchos años, este enlace no será matrimonio, a no ser que más tarde se añada, como a veces ocurre, el consentimiento de la voluntad.

Estos impedimentos son fáciles de comprender; no necesitan explicaciones ulteriores.

Pero hay otros impedimentos que el creyente tibio muchas veces no acepta. Entre ellos figura el impedimento que se opone al nuevo casamiento de los divorciados.

II

MATRIMONIO DE DIVORCIADOS

En tiempos de Malaquías, el pueblo judío sufrió muchas desgracias. Los judíos se lamentaban e invocaban al Señor, mas El no los escuchó. El profeta les echa en rostro el motivo.

Dice el Señor: «Habéis cubierto de lágrimas, de lamentos y de gemidos el altar del Señor; de manera que yo no vuelvo ya mis ojos hacia ningún sacrificio, no recibiré cosa alguna de vuestras manos que pueda aplacarme. Vosotros, sin embargo, dijisteis: ¿Y por qué motivo? Porque el Señor (responde Dios) fue testigo entre ti y la mujer que tomaste en tu primera edad, a la cual despreciaste: siendo ella tu compañera y tu esposa» (Malaquías 2, 13-14).

De modo que el Señor castigó a su pueblo porque hubo entre los judíos quienes abandonaban a sus esposas legítimas y tomaban mujeres paganas. ¿No ha de castigar a la humanidad de hoy, en la que no son ya algunos, sino centenares, millares y decenas de millares, que abandonan y desprecian a su esposo o esposa y quieren celebrar nuevas bodas?

¡Qué casos más caóticos ofrece en este punto en este mundo, moralmente tan relajado!

Una pareja se presenta al párroco con intención de casarse. El párroco dice con tristeza: «No es posible, ya que vive el primer esposo de la señora.»

—Sí, pero estamos divorciados legalmente por vía civil.

—Aunque así sea. El matrimonio perdura. No es posible celebrar segundas nupcias.

—¿No se nos dará la bendición? —dicen ambos, indignados —. Yo ocupo un puesto importante en la administración —prosigue el pretendiente—, queremos contraer un matrimonio religioso. ¡Pero si la Iglesia católica nos lo niega, nos iremos a otra Iglesia!… —y se van indignados.

Y con esto se quedan tan tranquilos.

Pero ¿no es esto engañarse a sí mismos? Reniegan de su fe

y por fuera aparentan honradez, porque es lo que exige el sentir de la sociedad. Dan un paso por el cual la Iglesia los excluye de su seno; en adelante no podrán confesarse.

Ahí va otro caso. Una joven pareja se presenta para casarse. La novia dice: «Padre, yo soy católica, mi novio no lo es, pero acepta la educación católica de los hijos; por tanto, no hay impedimento. Con todo… no sé si hay un pero. Porque él, ¿sabe usted, Padre?, ya se ha casado una vez… Pero su primera esposa tenía la misma religión que él, y esta religión ya les ha concedido el divorcio. ¿Verdad que no es obstáculo?» —así termina temerosa la muchacha.

Y entonces oye con espanto que sí, que hay impedimento y que es imposible el matrimonio.

—¿Imposible? Pero ¿por qué?—pregunta airada.

—Porque la religión católica considera santo e intangible este matrimonio contraído en otra religión. Más santo que sus torcidas creencias. Y tiene por válido tal matrimonio.

Dime, lector: ¿no es esto una firmeza de principios que impone respeto? Si dos personas no católicas, pero cristianas, contraen matrimonio, nosotros lo consideramos válido. Más santo que su errónea confesión cristiana. Y aunque esta confesión disuelva el matrimonio, nosotros lo consideramos indisoluble.

Aún más: si un judío y una cristiana no católica contraen matrimonio, este matrimonio es válido. Y aunque su religión lo disuelva, no es posible una nueva boda con una persona católica, porque el primer matrimonio es válido. Lo consideramos más válido nosotros que ellos mismos.

¡Qué intangibles son para la Iglesia católica los lazos matrimoniales!

«Pero yo no entiendo eso —podrá objetar alguno—. Siempre se nos repite: Casaos por la Iglesia. Porque solamente el matrimonio celebrado en una iglesia católica es válido. Y luego no se permite el casamiento de una joven con su novio que se casó en un templo no católico.

Sin embargo, la cosa es clara. La Iglesia católica no manda sino a sus fieles. Y respecto de éstos está en vigor la ley: su matrimonio es inválido aunque no se contraiga en presencia de la Iglesia. Pero el matrimonio de los demás tiene que juzgarse y tratarse conforme a otras leyes. De suerte que, si dos personas contraen matrimonio según su propia religión, la Iglesia le reconoce validez. Para nosotros es santo, válido e indisoluble el matrimonio contraído entre judíos o budistas o japoneses. Y si alguno de éstos quiere contraer segundas nupcias aun en vida del primer consorte, la Iglesia sabe que es válido el primer matrimonio, y así tiene que considerarlo aun en el caso de haberlo declarado disuelto la religión en que fue contraído.

Quizá a algunos de mis lectores les habrá sorprendido lo que acabo de exponer, es decir, que Iglesia no solamente respeta el matrimonio contraído entre personas de otras religiones, sino que hasta lo tiene en más estima que ellas mismas, y lo considera válido cuando su religión lo declaró disuelto. Y, sin embargo, este gran respeto y piedad profunda brota de los principios que tiene la Iglesia católica respecto del matrimonio.

Demos un paso más. Los hombres de buena voluntad comprenden esta postura firme de la Iglesia con respecto a los divorciados; pero hay otra norma del Código de derecho canónico que escandaliza muchas veces aun a estos hombres de buena voluntad. Y ellos la critican con sobrada ligereza. Se trata de la postura de la Iglesia frente al matrimonio mixto.

III

EL IMPEDIMENTO DEL MATRIMONIO MIXTO

Sé que el tema es difícil. Es escabroso y delicado exponer el sentir de la religión católica tocante al matrimonio mixto. Preferiría no tenerlo que tratar. Pero ¿sería prudente el silenciarlo? El matrimonio mixto es —por desgracia— un hecho con que hemos de contar. Digo «por desgracia», porque es triste consecuencia de la división religiosa de la sociedad. No es menester extenderme en ponderar la desgracia que supone para un país la división religiosa, no es necesario registrar los innumerables roces que produce, las energías que malgasta.

Los matrimonios mixtos son un hecho… tanto si hablamos de ellos como si no. Así, pues, a nadie ha de causar sorpresa si planteamos la cuestión, y decimos sin embozo lo que enseña la religión católica respecto del particular.

Pero antes he de hacer una observación. Quiero subrayar que no entra en mi ánimo zaherir a nadie; está muy lejos de mi querer ofender a ninguno de mis lectores, que acaso haya contraído matrimonio mixto —desde luego, válido— con la autorización de la Iglesia.

La Iglesia acompaña con solícito amor el desarrollo espiritual de cada católico desde su infancia; y si bien condena en principio el matrimonio mixto por los peligros que entraña y de que voy a hablar, no obstante en algunos casos se muestra magnánima y propicia hasta el último límite a que puede llegar sin renegar de su doctrina. De ahí que si bien en principio está en contra de los matrimonios mixtos, en casos concretos los permite, aunque sin cantar albricias si se dan garantías de evitar los inconvenientes.

Si la Iglesia dio la dispensa para un matrimonio mixto, entonces, como es obvio, ningún sacerdote puede hacer acusar de algo al fiel que lo contrajo.

Juzgué necesario fijar estos principios. Espero que aun aquellos de mis lectores que viven en matrimonio mixto, autorizado por la Iglesia, no se sentirán ofendidos por lo que voy a exponer, antes al contrario, meditarán los pensamientos que les brindo, para que de esta manera logren de veras evitar los peligros que indico.

Veamos, pues, cuál es la doctrina de la Iglesia respecto del matrimonio mixto. Es cosa sabida que está decididamente en contra, y desearía que todo joven católico se casara con una joven también católica.

Tal sería el ideal de la Iglesia. Mas si los jóvenes —bautizados los dos, pero católico uno y el otro no— se profesan hondo cariño y alegan motivos serios a favor del casamiento, la Iglesia —aunque con el corazón afligido— concede dispensa con la condición de que los hijos que nacieren reciban el bautismo católico y sean educados en la religión católica. Si los interesados no garantizan este punto por escrito, de una manera legal, no alcanzan la dispensa; y, por tanto, no pueden casarse según la Iglesia, no pueden lícitamente contraer matrimonio.

Tal es el criterio de la Iglesia. Por él tuvo que aguantar un sinnúmero de ataques y reproches. «Esto es despreciar a las personas de otras religiones, es ofenderlas, humillarlas…»

Para refutar este aserto, me apoyo en lo que antes dije. Ya vimos que según la doctrina de la Iglesia el matrimonio de otras confesiones cristianas o de otras religiones es verdadero matrimonio, en el supuesto que no haya impedimento. De modo que la Iglesia está muy lejos de despreciar, de rebajar dicho matrimonio.

Si en la cuestión del matrimonio mixto pone condiciones rigurosas, no ha de buscarse el motivo en un sentimiento de desprecio, sino en la solicitud con que atiende a la vida religiosa de sus fieles.

Meditemos con serenidad cuáles son las causas que inspiraron a la Iglesia este severo proceder.

La Iglesia se opone por regla general al matrimonio mixto, porque en él difícilmente se puede realizar la perfecta fusión de espíritus que ha de haber entre los cónyuges.

Las raíces más profundas de la armonía y felicidad de la vida conyugal se alimentan precisamente de la perfecta comunión espiritual. Si la comunión de espíritus no penetra todo el mundo sentimental de las dos partes, si no hay «casamiento espiritual», no puede haber tampoco felicidad en el «casamiento corporal».

Y a nadie se le escapa lo difícil —si no imposible— que resulta este «casamiento espiritual» en el matrimonio mixto. Se excluye ya de antemano toda posibilidad de unión entre los consortes precisamente en el campo más importante y santo de la vida humana: en el campo de la vida espiritual. ¡Y no basta que los cónyuges tengan los mismos criterios en asuntos terrenos! El esposo y la esposa van juntos a hacer visitas, a pasear, al cine; van juntos a todas partes…; es sólo a la Casa del Señor donde no pueden ir juntos; es éste el único punto en que se han de bifurcar sus caminos. Se podría decir mucho del dolor que ello causa al cónyuge católico. Uno y otro sentirán durante la vida entera este muro divisorio, por más que quieran forjarse la ilusión de que no hay separación entre ellos.

 Además, los esposos han de educarse mutuamente y ejercerse recíproca influencia.

No te sorprenda, lector, si hablo de la educación de personas adultas…; es así: los esposos ejercen mutuamente una influencia educativa. Los que viven durante decenios en matrimonio compenetrado, y feliz, cuando lleguen a la vejez tendrán muchas afinidades  espirituales.

Pero la primera condición de esta mutua educación espiritual es la concordia en las cuestiones primordiales del alma humana, la concordia en los dogmas de la fe y en las prescripciones de la vida religiosa. Los esposos tendrían que animarse mutuamente también en la vida religiosa. Pero ¿cómo va a animarte para que te confieses, recibas la comunión, participes de la misa dominical…, quien no acepta los sacramentos de la Iglesia católica?

Y si de hecho se logra realizar lo que suelen prometer los prometidos antes del matrimonio mixto —«entre nosotros no habrá choques porque hemos convenido que nunca hablaremos de cuestiones religiosas»—, en tal caso nos encontramos con unas consecuencias harto dolorosas.

Porque la concepción religiosa del mundo no es algo accesorio, de segunda categoría, de lo cual se pueda prescindir impunemente. «Suprimiremos del todo en nuestra vida la cuestión religiosa.» ¿Ah, sí? «Prescindiré en absoluto del uso de mis piernas…»; dentro de unos meses estarás paralítico. «Prescindiré por completo del uso de mis manos»…; dentro de unos años serás hombre inútil.

Algo semejante ocurre si prescindes de las cuestiones religiosas: acabas en la indiferencia, en la tibieza religiosa.

Y es que, prescindiendo de las cuestiones religiosas, se prescinde también de todos los problemas de la vida espiritual, ya que todos están en relación con la religión. Si los consortes prescinden de estos problemas, ¿puede quedar entre ellos otro lazo de unión que la vida meramente sensual? Y no creo necesario insistir en que es imposible edificar sobre esta base una familia feliz, estable y armónica.

Otro motivo. Si los esposos, con una entereza excepcional, logran cumplir lo convenido y no cruzan una sola palabra de cuestiones religiosas, quedan todavía los hijos. Estos son más intransigentes, más rudos, más atrevidos, y defienden su convicción hasta la última tilde. ¿Qué ocurrirá cuando los niños y las niñas vuelvan de la clase de religión — ¡de religiones distintas!— y estalle la guerra religiosa entre padres e hijos?

Y no se vaya a pensar que cuanto escribo sea algo ficticio. Ved si no lo que me escribió no hace mucho esta pobre mujer:

«Le habla a usted, Padre, un alma de mujer que ha sufrido mucho. Hace catorce años que estoy casada; mi esposo es protestante, y además incrédulo, y odia mucho a los católicos… Si voy a la iglesia le duele tanto, que casi llega a ponerse enfermo; ni en casa puedo rezar delante de él, porque esto también le disgusta. No me permite salir, no tengo conocidos, porque odia la sociedad; tengo que rezar a escondidas, en la despensa o mientras trabajo. Muchas veces cojo un libro, pero en vez de leer voy rezando a hurtadillas el santo rosario. Las revistas católicas las tengo que leer en secreto y las quemo inmediatamente o las regalo a alguien. Le suplico que me aconseje usted lo que he de hacer. ¿He de dejar de ir a la iglesia por amor a la paz?, cuando es mi único consuelo y lo que me da fuerzas para perseverar en esa vida tan dura que llevo. ¿Qué he de hacer?…»

¡Qué triste panorama! ¿Se puede decir más en tan pocas líneas?

Nuestra Santa Madre la Iglesia está también en contra del matrimonio mixto para salvaguardar la recta educación de los hijos. Es cierto que si una obligación legal, aceptada por escrito y firmada, garantiza que todos los hijos serán bautizados y educados en la religión católica; la Iglesia no niega su consentimiento. Pero aun esta dispensa no la otorga con gusto la Iglesia, sino por necesidad. Porque sabe que aun en este caso faltará un valioso factor pedagógico en la educación de los hijos: faltará el ejemplo religioso del padre o de la madre. ¿Quién no ve el grave deber que pesa hoy sobre los educadores cuando tantas influencias perniciosas trabajan por destruir en el alma del niño la buena semilla de la fe? ¡Qué necesario es el ejemplo de los padres para formar en el niño robustas convicciones religiosas!

Además, en el matrimonio mixto, aun en el caso de que la parte no católica haya consentido que todos los hijos se eduquen en la religión católica y ella misma nada haga contra la educación católica de los mismos…, hay el peligro de que se entrometan los abuelos en este punto. Estos procuran sin tapujos, en muchísimos casos, conquistar a los nietos para su religión. No es raro tampoco el caso de que muera el cónyuge católico, y así los niños legalmente católicos sean educados por el cónyuge no católico…

Quien medite con detención estas cosas, verá la razón que tiene la Iglesia para que se cumplan sus deseos: una persona católica cásese con otra también católica.

En el matrimonio mixto, aun con la mejor voluntad del mundo, son graves los peligros que amenazan la religiosidad de la parte católica; y se necesita una inmensa fuerza espiritual, unas fuertes convicciones religiosas para sortear estos peligros. Por desgracia, se verifican en muchos casos los temores de la Iglesia; es, a saber, que el matrimonio mixto quien sale perdiendo es regularmente el cónyuge católico: pierde su fervor, y algunas veces hasta su misma fe católica.

* * *

Esta es la doctrina —tantas veces atacada— de la Iglesia, en punto al matrimonio mixto

No hay acaso ley eclesiástica que tantos reproches y sospechas y ataques y calumnias haya ocasionado a la Iglesia como su proceder en la cuestión del matrimonio mixto, y principalmente de las condiciones que impone para la dispensa. «Esto es no tener entrañas de misericordia…», «es una forma de tiranía…», «es querer esclavizar las conciencias…», «es una imposición absurda…» Todo un diluvio de juicios parciales y sin fundamento se nos echa encima.

Y es que de fuera no se puede comprender el sentir de la Iglesia; no puede comprenderlo quien no la sienta como Madre que vela por sus hijos. A la Iglesia católica Jesucristo le confió la plenitud sin merma de la Redención y le dejó a su cuidado las almas rescatadas con Su muerte redentora. A ella le toca, pues, procurar que ni un solo de sus hijos fieles se aparte de la grey del Divino Pastor.

Esta es la clave para comprender la cuestión del matrimonio mixto. La Iglesia no busca dominar ni tiranizar las conciencias. Se trata de la salvación de las almas de sus hijos, un asunto sagrado, de enorme responsabilidad. Si la Iglesia católica está convencida de que solamente ella posee sin merma la plenitud de la fe de Cristo y de los medios de la gracia, es lógico que no consienta —en cuanto está de su parte— que un solo hijo de un creyente sea arrancado de su seno.

No podría resumir más gráfica y brevemente el último pensamiento del presente capítulo que citando el testimonio de un católico convencido, que encierra una profunda sabiduría de la vida. Este fiel católico pasó largos años, llenos de dicha, con su esposa no católica. No cabe duda que su señora era una mujer excelente. Y con todo… cuando ya entrado en años hablaba del matrimonio, decía: «Si tuviera que casarme hoy, volvería a escoger a esta incomparable mujer, pero le exigiría antes que se hiciese católica