EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTITRÉS

Vasa figuli probat fornax, et homines justos tentatio tribulationis. Eccl. 27, v. 6.

In igne probatur aurum et argentum, homines vero receptibiles in camino humiliationis. Eccl. 2, v. 5.

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El horno prueba las ollas del ollero, y la tribulación prueba los hombres justos.

El fuego prueba el oro y la plata; mas las criaturas que Dios quiere recibir, se prueban en el horno de la humillación.

Cuando yo pasaba los días en el centro de la paz y de las prosperidades, me era fácil alabar al Señor, y decir que lo amaba; acaso no lo amaría entonces sino por sus beneficios, y me parecía a aquellos amigos que no aman sino por interés.

En ciertos momentos de fervor, cuando todo va bien y conforme a nuestros deseos, es fácil cantar con placer el cántico del amor divino. ¡Ah!, se dice entonces, el amor es tan fuerte como la muerte; él desafía los peligros, vence los obstáculos, las aguas más vehementes de la tribulación no serán capaces de apagar sus llamas; más, ¡ay de mí!, apenas Dios nos conduce al huerto de su agonía, y ya dormimos.

Habíamos dicho, como el jefe de los Apóstoles, que estábamos prontos a morir por Él; más si tratamos de darle testimonio de nuestro amor, acompañándolo a la muerte, apenas lo seguimos de lejos.

En el tiempo de la aflicción es cuando mi amor debe ejercitarse más especialmente para con el Señor.

Dios, dice San Gregorio, me da las aflicciones, como para preguntarme si lo amo verdaderamente, si es con sinceridad, como le tengo protestado muchas veces; y si mi amor está dirigido únicamente a Él.

Si en medio de las desgracias murmuro de su Providencia, si vuelvo mal por mal a aquellos de quienes Dios se sirvió para afligirme, si abandono los ejercicios de piedad, porque sólo encuentro en ellos disgusto y amargura; o porque Dios no atiende a las súplicas que le hice de librarme de una aflicción o de una enfermedad, ¿cómo me atreveré a decirle: Sabéis, Señor, que yo os amo?

El amor a Dios se prueba por una sumisión de espíritu y de corazón a su voluntad, por más rigurosa que nos parezca, y por los sentimientos de caridad y paz con los mismos que son causa u origen de nuestros males, y por una fidelidad constante en hacer lo que Dios quiere, a pesar del procedimiento severo con que parece nos trata.

Jamás se manifestó tanto el amor que Abraham tenía a Dios, como cuando se sujetó a hacerle el sacrificio más cruel que puede ofrecer un padre. Isaac ya estaba sobre la leña, y el brazo de Abraham levantado para descargar el golpe mortal. Basta, dice el Señor, no quiero otra prueba de tus sentimientos.

El demonio nada hallaba de maravilloso en la santidad de Job, en cuanto Dios bendecía todos sus proyectos; más en el momento que le dio licencia para afligirlo, ¿a qué horroroso estado no lo redujo? De todos los bienes que Job había poseído, ninguno le habían quedado, sino los labios que circundaban sus dientes; y se sirvió de estos únicos bienes que le restaban para alabar a Dios en la adversidad, del mismo modo que lo había alabado en los tiempos de prosperidad.

Un antiguo Padre del desierto decía a uno de sus discípulos que se hallaba enfermo: Hijo mío, esta enfermedad os quitará la corteza, si sois de hierro, si sois de oro, os experimenta y purifica, y os dará un nuevo lustre en la presencia de Dios; y así alabadle y dadle gracias.

Vuestro divino Hijo, ¡mi Dios!, no tuvo cómo dar al mundo una señal más evidente del amor que os tenía, que la sumisión a los tormentos más duros de la muerte más cruel; y la priesa con que quiso entrar en el huerto de los Olivos fue, según les dice a sus Apóstoles, para principiar a padecer los tormentos de su Pasión. Su ejemplo será desde hoy en adelante la regla de mi procedimiento; y el motivo que lo animó, la consolación de mis trabajos.

¡Oh mi Dios!, y en qué infelicidad permitisteis que yo cayese. Mi pesar es natural y muy justo; más, Señor, amo las aflicciones porque os amo; y si fuese necesario que viva aún mucho tiempo entre los tormentos, si fuese preciso que muera entre ellos, estoy pronto porque os amo, y no apetezco más que aquello que sea de vuestra voluntad.

En medio de la aflicción, consigo la ventaja de rectificaros que mi amor es el más puro. En las obras de piedad y en la práctica de las virtudes austeras, es preciso tener mucho cuidado; porque por lo común, más veces se busca el hombre a sí mismo, que a Dios. En la aflicción me veo como en estado de envidia, en el cual, entregado enteramente a Vos, pondré toda mi felicidad y gloria en vivir y morir solo por Vos.