MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

 

ENTRETENIMIENTO III

Sobre los provechos que se sacan de hablar con Dios

67525f0e3bfd3d4cebea5e87ee318d32

El Espíritu Santo lo afirma, y la razón acompañada de la experiencia lo confirma, que es bueno quien trata con buenos. (Psalm. 17).

Siendo esto así, ¿qué provechos no sacaréis, o vosotras almas devotas, de las frecuentes comunicaciones que con Dios tenéis?

Vosotras alcanzaréis lo que fue vano objeto de la ambición del Ángel y del hombre; vosotras llegaréis a ser semejantes al mismo Dios; y a vosotras es a quienes particularmente se enderezan las palabras del sagrado Texto: Vosotros sois Dioses.

En las personas unidas a Dios se deja con efecto ver el carácter y la imagen de la Divinidad; sus palabras, sus obras y su exterior, como que se reviste de las perfecciones del Altísimo.

¿Y acontecerá, Señor, estar frecuente y familiarmente con Vos sin experimentar los efectos de vuestra presencia? ¿Se puede acercar a la luz, y no quedar iluminado? ¿Al fuego, y no calentarse? ¿A la fuente de los bienes, y no enriquecerse? ¿Al mismo autor de la santidad, y no santificarse?

No, Señor, Dios todo poderoso y todo misericordioso. Vos no admitiréis a vuestros siervos cerca de Vos sin que los instruyáis en vuestras máximas, sin que los animéis de vuestro espíritu, sin que los abraséis de vuestro amor, y sin que los colméis de vuestros favores.

Lo pasado es antecedente de que inferimos lo venidero: ¿por qué Moisés mereció aquellos extraordinarios dones, que lo hicieron la admiración de su siglo? ¿No es por haber conversado frecuente y familiarmente con Dios? Él le hablaba como un amigo habla a su amigo; y no salía de su presencia sino con tal aumento de luz, que algunas veces se manifestó hasta en su mismo rostro.

¿Cómo Abraham llegó a la alta perfección, que lo elevó sobre los sentimientos de la naturaleza? ¿No fue por las frecuentes comunicaciones con el Señor? Andaba siempre en su presencia; y por esto vino a ser hombre tan perfecto.

Asimismo David, por el frecuente trato con el Señor, concibió aquellos grandes sentimientos de religión y de penitencia, que con tanta viveza trasladó en los Salmos. (Psalm. 87.) Él lo invocaba de noche y de día; él lo tenía, sin cesar delante de los ojos, (Psalm. 13.) y manteniéndose así unido a Dios, gozaba de sus más íntimas comunicaciones.

En fin, por este continuo trato con el Señor, los Apóstoles y los primeros fieles adquirieron aquel entero despego del mundo, que hizo que los mirasen como hombres divinos. Su conversación estaba en los Cielos, y por aquel continuo comercio, que ellos tenían con el único objeto de sus deseos, se abrasaban cada día más en su amor.

Nosotros probaríamos los mismos efectos, si tuviéramos el mismo hábito de hablar con Dios, porque en la conversación es en donde un amigo recibe de su amigo, y un privado de su Príncipe los mayores favores.

¿Qué bienes pues no nos haríais Vos, oh Dios mío, Vos que sois el mejor de todos los amigos, y el más liberal de todos los señores, si nosotros tratáramos frecuente y familiarmente con Vos?

No hay cosa alguna, Señor, no hay cosa alguna, que Vos prontamente no nos concedierais; Vos mismo, oh verdad increada, nos lo aseguráis. Si vosotros perseveráis (nos decís) unidos a mí, alcanzaréis todo lo que pidiereis y quisiereis. (Joan. 15).

Vuestro Profeta nos hace la misma promesa de parte vuestra: acercaos al Señor (nos dice) conversando frecuentemente con Él, y seréis iluminados, y, en vuestras esperanzas no seréis confundidos (Palm. 33) Sentiréis en su trato un nuevo fuego, que alumbrará vuestro entendimiento y abrasará vuestro corazón; recibiréis todos los bienes que se pueden esperar de la presencia de Dios y de su íntima familiaridad.

Veo, Señor, que vuestra conversación es un manantial de bienes para cualquiera que quiere gozar de ella; pero no se puede alcanzar sin un especial atractivo vuestro, como Vos mismo nos lo enseñáis. (Joan. 6.) Dadme pues este atractivo, oh Dios de amor; Vos dijisteis que cuando seríais elevado de la tierra, atraeríais hacia Vos todas las cosas (Joan. 12); cumplid vuestra promesa en mí; atraedme a Vos, divino Salvador; correré al olor de vuestros perfumes, y, disgustado de las criaturas, no suspiraré por otra cosa más que por vuestra divina presencia. Así sea.