EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTIDOS

Quem diligit Dominus, corripit. Prov. 3, v. 12.

Flagellat omnem filium quem recipit. Hebr. 12, v.6.

3e8eda9ad184b6a18261c64ffa298c66

El Señor aflige a aquellos a quienes ama.

Hiere con varas a los que recibe en el número de sus hijos.

Es un pensamiento bien capaz de consolarme en mis aflicciones, y que está repetido muchas veces en los libros Santos, el saber que Dios no ejercita los rigores con sus hijos, sino porque los quiere corregir; que los ama, a pesar de sus defectos; y que castiga sus culpas sólo por amor; y que, aunque tengan una vida prudente y regalada, no deja, con todo, algunas veces de usar de severidad con ellos, ya negándoles lo que desean, ya quitándoles lo que más aman; porque ve que el objeto de su deseo y de su inclinación es para ellos un mal, a causa de su poca experiencia, en razón del mal uso que harían de las cosas.

El amor humano lisonjea el objeto amado; es ingenioso en disculpar sus defectos, sólo cuida de procurarle distinciones, riquezas y placeres, sin examinar si las consecuencias son funestas; es un ciego que guía a otro. El amor divino es el único amor sólido y prudente, y bien lejos de lisonjear los defectos del objeto amado y de disculparlos, los examina y procura corregirlos.

Él toma en los tesoros de su misericordia las aflicciones más propias para producir este saludable efecto. En vano el objeto amado gime entregado al dolor, derrama lágrimas, porque el amor divino corta hasta lo sano para hacer la cura perfecta. Ha de llegar el día en que besará con reconocimiento la mano que antes le había parecido cruel.

Dios, cuando nos ama, no nos concede lo que nos es nocivo, antes nos lo niega, y nos quita algunas veces hasta los bienes; mas es porque estos bienes nos perderían. Sus obras nos sorprenden; mas nos son útiles y ésto basta. Nosotros las comprenderemos algún día, y entonces lo alabaremos.

Cuando entre las aflicciones murmuro del procedimiento de Dios para conmigo, soy semejante a un niño que, no pudiendo aún conocer lo que hace mal, llora porque su padre le quita de las manos un instrumento que podría herirlo; echémonos en los brazos de nuestro Padre celestial, a quien importan más nuestros intereses que a nosotros mismos.

Yo soy flaco, tengo además muchas inclinaciones; no tendría valor para resistirlas, si el enemigo me atacase; y mi Padre, lleno de amor, me aparta, por medio de las aflicciones, de los peligros y precipicios a que el enemigo infaliblemente me conduciría. El Señor, como decía la esposa del nuevo Tobías, no tiene placer con nuestros pesares; más los permite, para que por este medio podamos alcanzar la corona inmortal que nos prepara.

¡Oh Padre mío!, cuando vivía en medio de los placeres criminosos del mundo, no me reconocía por hijo vuestro. Yo no conocí mi infelicidad, sino cuando me heristeis con los golpes de misericordia que despiertan las almas adormecidas, y que conducen a la casa paterna un hijo pródigo, indócil e ingrato; dignaos proceder conmigo siempre así. Visitadme, según la expresión del Profeta, con la adversidad, a proporción que se multipliquen mis crímenes; no me castiguéis como castigasteis a los pecadores de que habla el Apóstol, entregándolos a deseos desordenados del corazón. Castigadme como castigáis a vuestros hijos cuando se apartan de lo que deben. Vos os acordáis de vuestra misericordia, aun cuando ejercitáis con ellos vuestras venganzas; y en los castigos que les dais, vuestro corazón amoroso es quien dirige vuestro brazo.

¡Oh mi Dios!, qué terrible sentencia daríais contra mí, si me dijeseis lo que ya dijisteis, por boca de un Profeta, a la insensible Jerusalén: El celo que yo tenía por tu salvación ya desapareció, ya se apagó; tú no serás ya en esta vida objeto de mí justicia.

Esta opresión me hace temblar, como hacía a San Bernardo; si no soy ya objeto de vuestro celo y de vuestra justicia, tampoco lo seré de vuestro amor; si soy indigno de ser castigado, también lo soy de ser amado. Padre de misericordia, yo os pido, yo os ruego, que me castiguéis tantas veces, cuantas lo merezca.

Negadme, ¡oh mi Dios!, quitadme todo lo que pueda disminuir vuestro amor en mi corazón. Para alcanzar el menor grado de aumento en este amor, estoy pronto, con el socorro de vuestra gracia, a hacer los mayores sacrificios.

¡Sabiduría eterna! mis luces son tinieblas delante de Vos; conducidme según vuestros designios, y no según mis deseos.

Sean cuales fueren mis repugnancias y las de la naturaleza, siempre os diré que no las contempléis; es mi Padre el autor de ésto, un buen Padre, el mejor de los padres; yo amo su severidad, yo ignoro las razones de su proceder; pero las adoro, y suplico que no las altere.