Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón en la Fiesta de la Santísima Trinidad

Sermones-Ceriani

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándolas a observar todo cuanto os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos.

Aunque este misterio sea el más elevado y, sin exagerar, el principio de los demás misterios de la religión cristiana, por el hecho de ser demasiado abstracto y muy superior a la inteligencia del común de los fieles, muchas veces no se trata de él en el púlpito o se dirige el discurso a asuntos puramente morales, como la fe, la incredulidad etc.

Pero debemos tratar nuestros misterios; y con tanto más fundamento, cuanto muchos cristianos no saben más que lo que aprendieron en la infancia.

Hablemos, pues, de la Santísima Trinidad, tratando de guardar un medio entre el catequista y el teólogo, es decir, sin bajarnos demasiado, ni remontarnos mucho.

Expongamos aquéllo que la fe y la revelación nos enseñan de este misterio incomprensible, y lo que puede infundir un vivo sentimiento de amor, de respeto y de gratitud a las Tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.

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Hacer bien la Señal de la Cruz, inclinarnos con respeto al Gloria Patri, unirnos de todo corazón al Per Dominum nostrum de las oraciones de la Misa, al Prefacio de los domingos del año y a la doxología del Per Ipsum, meditar las páginas del Evangelio que nos revelan el misterio de tres divinas Personas: el bautismo de Jesús, el discurso después de la última cena, la misión de los Apóstoles…

Todo ésto, ¿no sería suficiente para conocer el misterio de la Santísima Trinidad?

Añadiendo el Catecismo y un poco de buena predicación, ¿tendríamos todavía necesidad de más estudios que nos proporcionen una unión cada vez mayor con las tres Personas, para entrar en su felicidad inefable, de modo que nuestra vida habitual sea con el Padre y su Hijo Jesucristo, y con el Espíritu Santo?

Ciertamente, ésto puede ser suficiente. Ésto basta de hecho a muchos fieles. No es esencial a cada cristiano seguir una reflexión doctrinal.

Sin embargo, es necesario que algunos miembros de la Iglesia, especialmente los sacerdotes de Cristo, se apliquen al estudio de este misterio insondable.

Pero no sólo los sacerdotes, sino también los fieles de élite han de hacerlo. Es necesario para esclarecer y defender no sólo su propia fe, sino también la del prójimo; es necesario para que el culto y la adoración sean rendidos a Dios en espíritu y verdad.

Tengamos cuidado de no desanimarnos antes de comenzar con el pretexto de que este misterio está más allá de nosotros y nos sobrepasa.

Obviamente excede infinitamente las fuerzas naturales de nuestro entendimiento. Aún excede mucho más que otros misterios, en la misma proporción en que la vida ad intra de Dios (al interior de sí mismo) es superior a las obras de Dios ad extra (fuera de sí mismo), como lo son la creación, la gracia, la Encarnación redentora…

Sin embargo, nuestra inteligencia, por débil que sea, es elevada por la fe teologal para captar las verdades sobrenaturales. En virtud de la fe, el misterio de la Trinidad se hace, de alguna manera, accesible a nosotros. Elevada por la fe, nuestra mente es capaz de sostener este misterio como absolutamente cierto, y adquirir un poco de inteligencia muy fructuosa.

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Para ésto, comencemos por hacer humildemente un acto de fe en la verdad que nos es propuesta por la Santa Iglesia: un solo Dios en tres Personas, distintas e iguales, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Creemos esta verdad tal como la han creído la Virgen María y los Apóstoles; la creemos tal como la ven en la visión beatífica, después de haber comenzado por creer, la multitud de innumerables Ángeles y Santos; la creemos tal como Jesús la veía, cara a cara y con toda claridad, desde el primer momento de la existencia de su alma humana.

El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo…

Domine sancte, Pater omnipotens, æterne Deus. Qui cum unigenito Filio tuo, et Spiritu Sancto, unus es Deus, unus es Dominus: non in unius singularitate personæ, sed in unius Trinitate substantiæ. Quod enim de tua gloria, revelante te, credimus, hoc de Filio tuo, hoc de Spiritu Sancto, sine differentia discretionis sentimus. Ut in confessione veræ, sempiternæque Deitatis, et in personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas.

Señor santo, Padre todopoderoso y eterno Dios. Quien, con tu Hijo unigénito y el Espíritu Santo, eres un solo Dios, eres un solo Señor: no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia. Porque cuanto creemos, por habérnoslo Tú revelado, acerca de tu gloria, lo creemos igualmente de tu Hijo, y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De modo que, al reconocer una sola verdadera y eterna Divinidad, sea también adorada la propiedad en las personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la majestad.

Al escuchar en el Prefacio este claro enunciado de nuestra fe, antes de cualquier intento de profundizar, nuestra mente se encuentra un poco perdida.

¿Cómo podía ser de otra manera, cuando la atención del hombre se detiene en Aquél que es Espíritu; no solamente espíritu puro como los Ángeles, sino Espíritu infinito, infinitamente perfecto?

Y no sólo ésto, sino que a este Espíritu infinito lo consideramos en lo que tiene de más íntimo, en su vida propia y absolutamente reservada, es decir en esa vida ad intra, incognoscible, y elevándonos a partir de efectos creados, conocible solamente por la Revelación gratuita y por pura gracia…, porque nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce nadie sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Porque a Dios nadie lo ha visto nunca, sino que el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él mismo nos lo ha dado a conocer.

Es cierto que a esta altura de la consideración del Señor Dios en su vida íntima, nos falta el aire del conocimiento natural; pero también es cierto que respiramos el aire de la gracia y de la fe… y con él podemos alcanzar, sin temor a equivocarnos, aunque en la oscuridad de la fe, el misterio delante del cual los mismos Ángeles se regocijan con temblor.

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Por otra parte, respecto de este misterio, los puntos de analogía utilizados son reducidos a un puñado: procesión, paternidad, filiación, naturaleza, persona, relación, majestad, unidad…

Véase, por ejemplo, el símbolo de San Atanasio:

La Fe Católica es que adoremos un Dios en Trinidad, y la Trinidad en Unidad; sin confundir las personas, ni dividir la substancia.

Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo.

Mas la Deidad del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, no es sino una, la Gloria igual, la Majestad Coeterna.

Cual es el Padre, tal es el Hijo, y tal el Espíritu Santo.

El Padre no creado, el Hijo no creado, y el Espíritu Santo no creado.

El Padre inmenso, el Hijo inmenso, y el Espíritu Santo inmenso.

El Padre eterno, el Hijo eterno, y el Espíritu Santo eterno.

Con todo éso no son tres eternos, sino un eterno.

Como no hay tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.

Asimismo, el Padre es omnipotente, el Hijo omnipotente, y el Espíritu Santo omnipotente.

Y con todo éso, no son tres omnipotentes, sino un omnipotente.

Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios.

Y con todo éso, no son tres dioses, sino un solo Dios.

Así también, el Padre es Señor, el Hijo es Señor, y el Espíritu Santo es Señor.

Y con todo eso, no son tres señores, sino un solo Señor.

Porque, así como la verdad cristiana nos obliga a confesar que cada una de las personas de por sí es Dios y Señor, así la religión católica nos prohíbe decir que hay tres dioses o tres señores.

El Padre de nadie es hecho, ni creado, ni engendrado.

El Hijo es de solo el Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado.

El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, ni engendrado, sino procedente.

Hay pues un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos.

Y en esta Trinidad nada hay primero ni postrero, nada es mayor o menor, mas las tres Personas son juntamente coeternas y coiguales.

De manera que en todo, como se ha dicho, es necesario adorar la Unidad en Trinidad y la Trinidad en Unidad.

Cualquiera, pues, que quiere ser salvo, debe así pensar y creer de la Trinidad.

Creemos, pues, en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el Padre perfecto, el Hijo perfecto y el Espíritu Santo perfecto, cada uno único en su género, cada uno único en su orden, y no forman más que una misma esencia soberana, inmensa, eterna y perfectamente una en tres personas subsistentes, distintamente iguales y consustanciales, a quienes es debido un solo y mismo culto, una sola y misma adoración.

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La misma sublime doctrina, aunque más explicitada, fue expuesta por el Concilio de Florencia, en 1442, en el Decreto para los Jacobitas:

La sacrosanta Iglesia Romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro, firmemente cree, profesa y predica a un solo verdadero Dios omnipotente, inmutable y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en esencia y trino en personas: el Padre ingénito, el Hijo engendrado del Padre, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Que el Padre no es el Hijo o el Espíritu Santo; el Hijo no es el Padre o el Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es el Padre o el Hijo; sino que el Padre es solamente Padre, y el Hijo solamente Hijo, y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo. Sólo el Padre engendró de su sustancia al Hijo; el Hijo sólo del Padre solo fue engendrado; el Espíritu Santo sólo procede juntamente del Padre y del Hijo. Estas tres personas son un solo Dios, y no tres dioses; porque las tres tienen una misma sustancia, una misma esencia, una misma naturaleza, una misma divinidad, una misma inmensidad, una misma eternidad, y todo es uno, allí donde no obsta la oposición de relación.

Por razón de esta unidad, el Padre está todo entero en el Hijo, todo entero en el Espíritu Santo; el Hijo está todo entero en el Padre, todo entero en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo entero en el Padre, todo entero en el Hijo. Ninguno precede a otro en eternidad, o le excede en grandeza, o le sobrepuja en potestad. Eterno, en efecto, y sin comienzo es que el Hijo existe a partir del Padre; y eterno y sin comienzo es que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

El Padre, cuanto es o tiene, no lo tiene de otro, sino de sí mismo; y es principio sin principio.

El Hijo, cuanto es o tiene, lo tiene del Padre, y es principio a partir de principio.

El Espíritu Santo, cuanto es o tiene, lo tiene juntamente del Padre y del Hijo.

Mas el Padre y el Hijo no son dos principios del Espíritu Santo, sino un solo principio, así como el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de la creación, sino un solo principio.

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Por lo tanto, a pesar de que todo es igual en Dios, que la sabiduría, el amor, la eternidad son los mismos, sin embargo, hay un principio de distinción en el seno de la unidad más íntima.

El Padre, en efecto, que en sí mismo es no engendrado, engendra al Hijo desde toda la eternidad; lo engendra sin ningún cambio en la substancia, no hay diferencia alguna en los atributos divinos que se relacionan con el conocimiento o el amor; lo engendra en virtud de una procesión, de una generación espiritual, un movimiento todo interior y que deja la esencia intacta y sin cambios.

En virtud de esta procesión de origen del Hijo a partir del Padre (y no a la inversa) existe del uno al otro una relación de origen que no es, obviamente, intercambiable: la paternidad no es la filiación.

Ahora bien, estas relaciones son necesariamente subsistentes. Son ellas las que constituyen las Personas. Es imposible que haya lugar en Dios para una paternidad o una filiación que fuese algo agregado a la substancia divina.

Sin embargo, por subsistentes que seas las relaciones de origen, no dejan de ser opuestas entre sí.

Es de aquí de donde se toma el principio de distinción entre el Padre y el Hijo, es decir, el Padre y el Hijo son iguales en todo, pero permanece la relación subsistente de la paternidad, que constituye al Padre, y que no debe confundirse con la relación subsistente de la filiación, que constituye al Hijo.

Decimos lo mismo para la procesión que, por vía de amor entre el Padre y el Hijo, es el principio del Espíritu Santo.

En efecto, no debe confundirse la relación entre el Padre y el Hijo en relación con el Espíritu Santo como principio común e inseparable del Espíritu de amor, por un lado, y, en segundo lugar, la relación entre este Espíritu de amor y el Padre y el Hijo a partir de los cuales procede.

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¿Qué debemos concluir de todo ésto? Es inconcebible que el Hijo o el Espíritu Santo sean menores que el Padre; que su sabiduría sea menos profunda, su libertad dificultada, su amor menos generoso o menos puro…

¿Cómo expresar esta igualdad total entre los atributos divinos, si no es sirviéndose de los términos de naturaleza o de esencia?

El Prefacio litúrgico está en plena armonía con los recitados inspirados cuando nos hace cantar: in essentia unitas… la unidad en la esencia.

Y es en virtud del mismo acuerdo con los textos de la Sagrada Escritura que cantamos también: in personis proprietas… la propiedad en las personas.

Cuando Jesús, que aparece en su santidad como una persona tan profundamente caracterizada e irreductible, se designa como distinto del Padre y del Espíritu Santo, no lo hace a título de la naturaleza divina. A este respecto, al contrario, reclama los mismos conocimientos y la misma operación. La distinción entre el Hijo y el Padre sólo puede existir a título de Persona.

Sabemos que una persona es el sujeto de atribución de las facultades y de los actos de una naturaleza racional; la sustancia individual de naturaleza racional, según la clásica definición de Boecio.

Si la persona es una sustancia y si, en Dios, el Hijo es una Persona distinta del padre, ¿cómo no concebir que también sea otra sustancia?

La fe cristiana nos prohíbe pensarlo, porque sería absurdo y blasfemo; sería absurdo que Dios sea compuesto de varias sustancias; afirmarlo sería un ultraje a la Majestad infinita.

El Hijo es, pues, de la misma sustancia que el Padre; pero esta sustancia única es en el Hijo como comunicada y procedente, mientras que el Padre la posee como haciéndola proceder en cuanto principio, en virtud de una generación espiritual eterna.

Así, la fe cristiana, lejos de enseñarnos que habría en Dios varias sustancias, enseña al contrario que la misma sustancia, absolutamente sin cambios, pertenece al Hijo como comunicada por el Padre, mediante una procesión del orden del conocimiento; y la misma sustancia, absolutamente sin cambios, pertenece al Espíritu Santo como comunicada por el Padre y el Hijo, como recibida del Padre y del Hijo, mediante una procesión del orden del amor.

La sustancia divina es tan trascendente que ella implica, sin ser para nada modificada, la procesión y la comunicación.

Esto sólo podemos conocerlo por revelación.

En virtud de las procesiones, hay relaciones de origen que, sin tocar para nada a la unidad de sustancia, establecen, sin embargo, la distinción de las Personas.

Debido a que reconocemos en el seno de Dios, tal como la fe nos lo garantiza, la realidad de las procesiones de origen, eso nos lleva a concebir relaciones distintas y vemos cómo es posible hablar de Personas distintas.

Estos términos de Unidad de la naturaleza y de Trinidad de personas que hablamos en la noche de la fe designan un abismo de luz de tal esplendor que no podemos mirarlo de frente antes de la muerte y el Paraíso.

Ésto es cuanto Dios nos ha revelado; todo lo demás lo tiene Dios en sus secretos hasta el día de la plena manifestación de la esencia de Dios y del modo con que es Uno en tres Personas realmente distintas y perfectamente iguales.

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Esta es la Santísima Trinidad que adoramos, la Trinidad a quien servimos y la Trinidad a quien estamos consagrados por nuestro Bautismo.

Tenemos la confianza de que, si vivimos de acuerdo con nuestra fe, este abismo de la Trinidad en la Unidad pronto se convertirá en nuestra felicidad, eterna e inefable.

Ha sido para permitir el acceso a esta dicha que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; que se ofreció por nosotros en sacrificio, que quiso permanecer con nosotros hasta su Segunda Venida, sin dejar de ofrecerse en sacrificio y dándose en la Comunión bajo las especies del pan y del vino.

Así lo dice la antífona de las Segundas Vísperas de la fiesta de Corpus Christi, que nos aprestamos a celebrar el próximo jueves:

O Sacrum Convivium in quo Christus sumitur… et futurae gloriae nobis pignus datur.

Oh Banquete Sagrado en el cual recibimos a Jesucristo… y se nos da la promesa de la gloria futura.