EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTIUNO

Infirmitas gravis sobriam facit animan. Eccl 31, v. 2.

Bonum mihi, quia humiliasti me. Ps. 118. v. 71.

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La enfermedad violenta templa nuestra alma.

Todo mi bien consiste en que Vos, Señor, me hayáis humillado.

Contando un día mis aflicciones a una persona de piedad, y que parecía interesarse en ellas, me escuchaba con paciencia; y como al fin yo dijese: Si Dios me diera bienes, empleos honoríficos, y me conservase la salud que había perdido, haría ciertamente mejor uso de todas estas cosas, que muchos que las poseen. ¡Ah!, me respondió, esos son frívolos proyectos de vuestra imaginación, y una ilusión de vuestro espíritu. El Padre celestial sabe cuáles son los verdaderos medios de conservar sus hijos en la inocencia, y usa de ellos como conviene.

Él os conoce bien, y sabe mejor que vos mismo lo que os es útil y provechoso y lo que os daña; Él ha previsto, en la combinación de las diversas utilidades que deseáis y las diversas inclinaciones que tenéis, que esas ventajas os harían caer; y como os quiere y os ama, no os las concede; con las diferentes aflicciones que os da de continuo, os libra de muchos pecados y de la pérdida de vuestra alma; y para evitar los malos efectos, aleja de vos las causas. Sólo debéis desear riquezas, honras y salud para servir a Dios; más creed, que no sería este el uso que haríais de ellas.

Reflexionando entonces un poco sobre lo que acababa de decirme, conocí por mis inclinaciones, y por el modo con que me había realmente portado muchas veces, que aquello que nos parece, a nuestro modo de entender, una desgracia es, como dice Tertuliano, una gracia muy singular y muy grande que Dios nos hace.

Con efecto, una buena salud me haría olvidar, en medio de las diversiones, de la posibilidad de verme de un instante a otro en la sepultura. Son tales mis inclinaciones, que excedería los límites de la templanza y de la moderación; y la autoridad me haría poco a poco soberbio y cruel.

Cuando yo me viese en medio de grandes honores, ¿cuántos combates me vería obligado a sostener contra la vanidad y el orgullo? Tal vez habría caído; más el estado de humillación en que me veo, es para mí el preservativo del pecado.

Si entre tantos medios de salvación como me ofrece la adversidad; si no obstante estar tan apartado de las ocasiones peligrosas que ofrece el mundo, tengo tan poca virtud y algunas veces menos consideración para exponerme al riesgo de pecar, ¿qué sería de mí, si Dios me dejase en medio de aquellos peligros, en que la virtud más firme naufraga muchas veces?

La penitencia es semejante a la sal: ella conserva el alma en la gracia de Dios, los trabajos hacen lo mismo. Si yo fuese feliz en el mundo, me interesarían las cosas terrenas, y sería semejante a aquel pueblo amado que abandonó a un Dios, su Creador, y se apartó de Dios, su Salvador, porque había sido nutrido y engordado, como dice la Escritura, en la prosperidad. Los trabajos nos ponen en la feliz servidumbre a que debemos reducirnos con el Apóstol para ser algún día glorificados; ellos hacen de nuestro cuerpo una hostia viva, que debemos de continuo, según el mismo Santo, ofrecer a Dios.

Una vida de tormentos, es una vida de sacrificios; así debe ser la de un cristiano; estos sacrificios suelen por lo común ser forzados; más la sumisión y el reconocimiento los trueca en voluntarios; Dios no dejaría de pedírmelos, y si yo me detuviese a adquirirlos en medio de la aflicción, no podría ofrecérselos.

Un hombre, a quien una fiebre lenta va aniquilando insensiblemente, no tiene interés ni apego a las riquezas. ¿Qué ambición tiene una persona que se ve abandonada de todos los hombres? Cuando la carne esta subyugada por el dolor, no hay que temer su rebelión; y cuando el espíritu se halla acometido y acosado de pensamientos tristes y sombríos, puede esperarse que sean menos criminosos.

Los frecuentes y violentos asaltos del tentador, hacen que el alma vele sobre sí, a la manera que una plaza atacada por un enemigo poderoso redobla sus cuidados y vigilancia para defenderse.

Los Santos desconfiaban de su perseverancia, cuando pasaban algún tiempo sin aflicciones, y se quejaban tiernamente a Dios. “¡Ah mi Dios!, exclamaba como dice Rufino, un virtuoso anacoreta: ¡qué infeliz soy! Hace más de un año que no sé lo que es estar enfermo. ¿Acaso me habéis abandonado?”

Ellos sabían que la santidad no es muy conveniente a la buena salud y a la prosperidad, y que las aflicciones nos ponen el alma al abrigo de las tempestades de las pasiones. El hombre, dice San Agustín, que es perverso con salud, sería un santo si estuviese enfermo.

Un ciego pedía a san Ubaldo que le diese vista. No, hijo mío, respondió el Santo, vos, recuperando la vista del cuerpo, perderéis la del alma. San Jerónimo dice que un solitario, atormentado por una fiebre lenta, instaba al abad Juan el Egipciano lo sanase, y le respondió: ¿Vos queréis libraros de una cosa que os es necesaria? Del mismo modo que un cuerpo se limpia por los remedios purgativos, el alma se limpia y purifica por las aflicciones.

¡Ah Señor! Ahora veo que los trabajos que me dais, producen en mí, contra los espíritus de las tinieblas, los dos efectos que produjo contra ellos la Cruz en que Vos mismo espirasteis; ellas confunden las esperanzas y las ahuyentan.

¿Cómo pueden los demonios esperar que un corazón afligido se franquee a las afecciones perversas que ellos inspiran; y que ame aún el mundo, quien sólo ha experimentado en él ingratitudes e injusticias? Disponen desde luego sus baterías contra los felices, que son tan fáciles de vencer.

Armado con la cruz con que me honrasteis, y con que me protegéis, bien lejos de temer sus ataques, me atrevo a desafiarlos. Cuanto más pesada sea mi cruz, tanto más afianzaré el socorro que en ella me dais contra los enemigos que buscan mi perdición; y según el consejo dado a Heliodoro, herido por vuestros Ángeles, yo miraré siempre mis aflicciones como otros tantos motivos de cantar vuestras alabanzas y de acción de gracias.