EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA VEINTE

Qui non est tentatus, quid scit? Eccl. 34 v.9.
Vexatio intellectum dabit. Isai. 28, v.19.

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El que no padece trabajos, nada sabe.
La vejación o infortunio da entendimiento.

 

En mi vida no he hecho otra cosa que buscar los modos de agradar al mundo, seguir su gusto y su voluntad; pero en el tiempo de la adversidad he comprendido lo poco digno que es de merecer mi estimación y mis obsequios.

La ingratitud de un amigo, o la peligrosa enfermedad en que me vi desamparado de aquellos mismos que tenía por mis mayores amigos, o las palabras injuriosas, cuando yo no las merecía, o también una esperanza lisonjera destruida por el capricho de aquel mismo que había sido su autor, y que podía fácilmente ejecutarla, me dieron a conocer lo que es el mundo, sus amistades y sus juicios, mejor que los más bellos y patéticos discursos.

Retirado dentro de mí mismo, consultando mi corazón y reflexionando mis males, exclamé: ¡Ah, qué falso amigo, y qué tirano es el mundo! Ingrato, injusto y pérfido, nadie puede fiarse de él. ¡Ah mundo, y qué insensato he sido en dar crédito a tus inconstancias!, era necesaria la experiencia para enseñarme. Yo te abandono; ve, busca a otros que se fíen de tú y de tus promesas halagüeñas.

Más ¿a quién daré un corazón que no puede vivir sin entregarse al amor, cuando el mundo es indigno de él? ¿A quién daré la confianza de una amistad que los hombres no merecen? Solamente a Vos, Dios mío, Dios de mi corazón; solo Vos sois hoy el objeto de mi amor, rey amable, amigo sincero, fiel y constante; Vos sois mi apoyo; Vos no permitisteis, como dice San Agustín, que el mundo fuese para mí un torrente de pesares y una inundación de aflicciones, sino para apartarme enteramente de él, y no tener otro soberano, ni otro amigo que Vos; así la paloma, no hallando sobre la tierra lugar donde descansar cuando salió del arca, volvió a buscar su refugio y descanso a la misma arca, para preservarse de las aguas del diluvio.

Las adversidades me han enseñado cuán vanos y frágiles son los bienes del mundo y que tengo necesidad de otros que no puedan serme robados; los bienes de este mundo nos inclinan a la vida temporal, nos hacen olvidar la eterna; Dios, que nos oye y que nos ama, permite que la tierra se haga árida y estéril, que las heredades se arruinen o nos las usurpen, para que las frecuentes pérdidas que padecemos nos disgusten, nos convenzan y hagan ver con más indiferencia los bienes terrenales que nos cuestan tanto cuidado, para que levantemos los ojos al Cielo, acordándonos que es la patria para donde fuimos criados.

San Agustín, hablando con Romanciano su amigo, que había caído de una alta elevación de fortuna y crédito, le decía: Si os vieseis aun en estado de ser admirado del pueblo; si habitaseis aun en soberbios palacios; si vuestra mesa fuese aun servida magníficamente; si todo el mundo os admirase aún como a su protector; si gozaseis todavía de la misma suerte de prosperidades que hasta aquí, ¿quién se atrevería a deciros que había una vida eterna, y que sólo esto os puede hacer feliz? Mas las adversidades os han instruido mejor de lo que podrían instruiros todos los hombres. Vos sabéis, por propia experiencia, que los bienes del mundo son inciertos y sujetos a mil mudanzas, y ahora podemos servirnos de nuestro ejemplo, para persuadir a otros.

Yo tengo, mi Dios y Señor, la misma experiencia que tuvo el amigo de San Agustín. Cuando yo vivía, como él, en medio del mundo y en la prosperidad, decía algunas veces como Salomón, hablando en general de las cosas, que todo era vanidad; mas solamente la aflicción es la que me obligó a hacer este juicio de cada cosa en particular, y la que me obligó a decir de cada objeto: Esto es vanidad.

Era necesario que yo gustase de una hiel más amarga que aquella que abrió los ojos de Tobías, para curar la ceguera de mi alma. Feliz día aquel en que la aflicción quebrantó delante de mis ojos mis propios ídolos: ve ahora, me dice, como Daniel a los de Babilonia; ve ahora, y reconoce si estos objetos eran dignos de tus adoraciones. Yo, semejante a Jonás, no cuidé de cumplir exactamente vuestros designios, sino cuando el día más sereno para mí se cambió en tempestad y en noche oscura.

Agradézcoos, Señor, las instrucciones que me habéis dado por medio de las voces de la aflicción, porque después que me dispusisteis a entrar en vuestro servicio, no ceso de instruirme, ni paso un día sin padecer; sufro desprecios; ya me disputan algunos de mis derechos; cada vez comprendo más, que no debo tener apego a las cosas del mundo; y que contar con los hombres, es pretender afirmarme sobre cañas huecas, que me hieren cuando se quiebran; porque no hay mayor locura que la de los cristianos que prefieren el cautiverio de Babilonia a la santa libertad de Jerusalén. ¡Ah, santa Jerusalén! si yo me olvidase de ti para entregarme a las perversas alegrías del mundo; si yo pusiese en el mundo mi confianza y mi apoyo más que en Dios poderoso y amable, que en ti reina, mi lengua quede antes pegada a mi paladar, y sea inútil mi mano diestra.