DEVOTO TRIDUO EN HONOR DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

ACTO DE CONTRICIÓN

Con que será bien comenzar cada día el Triduo

Dios mío, suma bondad, infinitamente digno del amor de todas tus criaturas. Reconozco y detesto mi ceguedad y mi descaro en haber ofendido a tanta bondad. ¡Oh paciencia infinita! ¿Cómo has podido sufrirme? Me pesa de haberte ofendido a tu propia vista, en tu propio seno, entre tus mismos brazos con tanta desvergüenza. Yo he abusado de tus propios dones y beneficios; yo he despreciado tu inmensa Majestad, Grandeza, Dignidad y Bondad. ¡Qué castigos, qué tormentos, qué infiernos no he merecido!

Mas, ¿qué haré, Dios mío, ni que puedo hacer, sino humillado y contrito recurrir a Ti? Sí, Dios mío, a Ti recurro, postrado en espíritu de profundísima humildad y confusión. Sé propicio, Señor; perdóname mis culpas por los merecimientos de tu Hijo querido, que murió por mí. Propongo firmísimamente enmendarme con tu gracia.

 

 

MEDITACIÓN

PARA EL SEGUNDO DÍA

Trinidad

Punto I. El Padre eterno es la fuente y origen de todas las divinas Procesiones, aunque Él de nadie procede. Conociéndose produce el Hijo, a quien por el mismo acto comunica todas sus perfecciones absolutas. ¡Oh generación incomprensible! Así engendrado, queda eternamente en el seno del Padre este Hijo divino una cosa misma con quien así lo produce.

¡Oh pobre entendimiento mío! ¡Tú te anegas en este piélago sin fondo!

¡Yo no te entiendo; pero te creo, te adoro! En sí mismo no puede engendrar el Padre sino este Hijo consubstancial y en todo igual a sí, en quien como en figura de su substancia, como en esplendor de su gloria, como en vital palabra de cuanto sabe, infinitamente se complace; pero fuera de sí da este Padre, de quien en el cielo y en la tierra toda Paternidad procede, que le sean hijos por gracia adoptivos cuantos le aman y sirven.

¡Oh grandeza inmensa, de quien así adopta! ¡Oh vileza suma la del hombre, a quien adopta! ¡Bien tienes aquí, alma mía, de que vivir agradecida! ¡Bien de que confundirle!

Mas lo que sobre todo admira es, que este tal Padre de un tal Hijo, aun cuando le éramos enemigos; lo entregó a pobreza, a miserias, a afrentas, a azotes, a espinas, a cruz y muerte por el amor que nos tuvo. ¿Quién aquí no se derrite de amor?

¿Quién no se estremece aún a la sola posibilidad de ofender a tal dador? ¿Quién no se confunde y abate hasta el abismo, considerando su pasada ingratitud, su tibieza presente, su indiferencia y descuido en servir a tal benefactor?

¡Bendita sea, oh Padre eterno, tu beneficencia infinita!

Punto II. El Hijo divino, siendo una misma cosa con el Padre, encierra en sí todos los tesoros de la sabiduría, santidad, omnipotencia y demás atributos del Padre; heredero, no por gracia o adopción, sino por su propia naturaleza, del trono, cetro y dominio absoluto, universal y eterno de todas las cosas; por quien no solamente fueron hechas y se conservan todas las criaturas, sino que nada absolutamente se hizo, ni puede hacerse sin Él. ¡Qué grandeza! ¡Qué excelencia!

Yo me alegro y me complazco, oh divino Hijo, de un ser tuyo tan elevado y sublime. ¡Tanto esplendor tuyo me deslumbra, mas no me abate! ¡Soy miserable topo! no te alcanzo; mas puedo confesarte, y te confieso; adorarte, y te adoro; amarte, y te amo; mas poco, Dios mío. ¡Oh si pudiera deshacerme en tu amor!

El mismo seno de tu Padre es aquel tu trono, en que penetras los secretos todos de la Divinidad, y los comprendes; y en que con infinita propensión amando al Padre, y siendo con la misma amado por Él, produces en unión del mismo, indefectiblemente el Divino Espíritu.

¡Alábente eternamente todos tus Ángeles! Mi alma en tu presencia se aniquila; y viéndose en mil maneras manchada tiembla, mas no desespera.

Acordaos, Hijo divino, que hecho hombre por mi amor, abogado mío; hermano y pastor mío, Rey mío, manjar y holocausto para darme vida y borrar mis culpas, dijiste: Quiero, que donde yo estoy, allí esté quien me sirve.

Bendita sea tu bondad, Dios mío, pues tanto llegaste a querer. ¡Oh amable prenda de una esperanza la más dulce y la más segura! ¿Cómo te corresponderé, oh Señor? ¿Cuáles han sido hasta aquí, alma mía, y cuáles deben ser en adelante, tu gratitud, tu correspondencia, tu amor, tu desvelo en servirle, tu fervor? ¡Cuán poco ha bastado a hacerte ingrato! No, Dios mío, no más.

Punto III. El Espíritu Santo es el amor consubstancial y centro de las complacencias divinas del Padre y del Hijo, que eternamente le espiran y producen.

¡Oh perenne y siempre inflamada inspiración! Por ella, este por excelencia Espíritu, recibe del Padre y del Hijo la misma vida, con que ambos viven y la misma naturaleza divina. Dios por eso inmortal y eterno como ellos. Dios creador de todas las cosas, como el Padre y el Hijo, don sobre todo don; fuente viva de todas las gracias, fuego verdadero que vivifica los corazones en que se anida; espiritual unción de los atletas de Cristo. ¡Qué excelencia! ¡Qué suavidad!

¡Oh amor esencialmente purísimo y santo! ¡Oh manantial inagotable, y río de aguas vivas de toda santidad!

Yo te creo, te adoro, te amo, te invoco, te suspiro. Tú llenas de tus gracias nuestros corazones. Son sin ella nuestros pechos, como tierra estéril y sin riego; son duros e inflexibles; son fríos y puro hielo. Tú nos riegas, nos unges y con tu caridad nos inflamas. Somos flacos, quebradizos, inconstantes, ciegos; vivimos entre peligros: el infernal enemigo, nuestras pasiones, el mundo y carne, nos hacen viva e incansable guerra. Tu nos defiendes y avigoras. Haz con nosotros lo que hiciste con los Apóstoles.

Consolador óptimo, Maestro infatigable, Director de las almas, vivificador de los miembros de Cristo, santificador de su Iglesia, caridad divina, por Ti mismo difundida en nuestros corazones: ven a nosotros, ocúpanos, enciéndenos, llénanos de tu fuego. Seas Tú nuestra luz, nuestra estrella, nuestra guía. Yendo en pos de Ti, y contigo en el alma, no tememos los peligros; es seguro nuestro camino, cierta nuestra victoria, feliz nuestro fin.

Sí, oh Padre de pobres, oh dulce refrigerio, en los llantos consuelo; ven. De tu bondad, y de tu gracia todo lo esperamos.

ACTOS DE FE Y OTRAS

virtudes, y oblación de sí mismo para los tres días del Triduo

 

ACTO DE FE

Yo creo en Ti, Dios incomprensible, Uno en esencia y Trino en Personas; yo creo en Ti, porque Tú, verdad infalible, has revelado a la Santa Madre Iglesia este adorable Misterio. Te ofrezco, ayudado de tu gracia, toda mi sangre y mi vida, mi alma y cuanto soy, en defensa de esta mi fe. Aparejado está mi corazón, Dios mío, aparejado está a tal sacrificio. No temo espadas ni incendios, tormentos los más crueles, penas las más atroces, por mantener ilesa e intacta la verdad de tu revelación. Tú, Dios mío, tienes palabras de vida eterna. Tú no puedes engañarte ni engañarnos.

 

ACTO DE ESPERANZA

Espero en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo, Dios Uno y verdadero, la vida eterna a que aspiro y que creo y deseo alcanzar por la gracia divina, por los méritos de mi Señor Jesucristo, y mediante mi obediencia a los divinos mandamientos, y mi cooperación a los divinos auxilios oportunos y eficaces, que imploro de ti, oh Trinidad sacrosanta, de cuya bondad creo que me quieres salvar, de cuya omnipotencia que puedes, y de cuya infalible promesa que me has de salvar por tu misericordia infinita. Amén.

 

ACTOS DE CARIDAD Y AMOR

Tú sabes, Dios mío, que te amo, porque eres infinitamente bueno y digno de ser amado. Te amo sobre todas las cosas con todo mi corazón. Sí, Dios mío, Santo de los Santos, e infinitamente perfecto. ¡Oh hermosura siempre antigua y siempre nueva, centro y piélago sin suelo de toda bondad y perfección! Quisiera amarte cuanto te aman los Querubines y Serafines, la Virgen de las vírgenes María, la Humanidad sacrosanta de mi Salvador Jesucristo. Quisiera morir de pena de no amarte acaso cuanto puedo. Inflama, Dios mío, mi corazón, que te ofrezco en víctima del amor que Tú me pides, que yo te debo y en que ardo, por ser Vos quien sois. Amén.

 

Oblación De Sí Mismo sin reserva a la Santísima Trinidad para los tres días de este Triduo

Oh Dios omnipotente, Trino y Uno: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo: Dios verdadero; en quien creo, en quien espero, a quien amo sobre todas las cosas, por ser infinitamente santo, sabio, justo, perfectísimo, sumo bien, suma bondad, sumamente digno de todo amor. Dios creador y conservador de todas las cosas; Dios, a quien todo el mundo y yo debemos cuanto somos; yo criatura tuya, vil polvo de la tierra, en quien no obstante Tú, Dios mío eterno e inmenso, te has dignado fijar los ojos de tu misericordia, yo te adoro con mil ansias de que todo el mundo te reconozca y adore; me confieso obra de tus benéficas manos, y te agradezco el haberme sellado con el precioso sello de tu santo y eterno nombre en el Bautismo, el haberme colmado en mil maneras de infinitos e imponderables otros beneficios; yo, Dios mío, desde este momento para siempre te hago de mí mismo, de mis potencias y sentidos, de mi alma y cuerpo, de todos mis miembros y mi vida, un total y plenísimo sacrificio. Él es indigno de tu grandeza; indigno por mi vileza y por mis culpas; pero tú Dios mío, te ruego lo aceptes, pues te lo ofrezco con corazón humillado y contrito. Tu gloria es, Señor, la que busco, tu amor, tu bendición; que todos te conozcan, que todos te crean, que todos te sirvan; que yo me anegue, arda y me consuma en tu amor; que no sepa, ni quiera jamás sino hacer tu voluntad; que finalmente muera yo en tu santa dilección y te vea, te adore, te ame y te goce eternamente en el cielo. Amén.