EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA DIECINUEVE

Quia acceptus eras Deo, necesse fuit ut tentatio probaret te. Tob. 12. v. 13.

Nam virtus in infirmitate perficitur. II Cor. 12, v. 9.

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Porque eras agradable a Dios, fue necesario que la tentación te probase.

La virtud se perfecciona con los trabajos.

 

Tobías era un hombre de bien; que practicaba buenas obras y por ellas se hacía cada vez más digno de las gracias del Señor. Él recibió muchas; mas una tan particular como la de permitir el Señor que perdiera la vista, no la esperaba.

Ésto, en el juicio de los hombres, era un gran mal; con todo Dios, por este medio, le concedió una grande gracia, pues como le dijo el Ángel cuando lo curó, esta aflicción no la habría recibido, si no hubiese sido tan agradable al Señor, queriendo comprendiese en ésto, que si fuese menos virtuoso, no le habría dado Dios aquella ocasión de poder serlo más; y por lo mismo le había sido necesario pasar por alguna grande adversidad para purificarlo y hacerlo más perfecto; pues no siendo bastante servir a Dios en el ejercicio de las virtudes activas, quería el Señor aun recibir señales más fuertes de su fidelidad y de su amor, en el ejercicio de las virtudes que se practican padeciendo.

No debo esperar verme exento de las enfermedades, de los pesares, de los diversos contratiempos de la vida, para resolverme sinceramente al servicio de Dios; pues eso es no conocer los caminos del Señor para con sus escogidos.

En el principio de una conversión considera nuestra flaqueza, y nos sostiene y alivia en los trabajos, porque nos considera recién nacidos en la virtud. Entonces necesitamos del deleite de las consolaciones, y Él nos le da; más como andando el tiempo necesitamos alimento más fuerte, sin el cual nos debilitaríamos, Dios me da el sustento que acostumbra dar a sus amigos; sustento que corresponde a la hiel que le dieron en el Calvario y me le hace beber donde Jesucristo, modelo de los escogidos, bebió el suyo mucho antes de subir a la gloria.

Así debo estar descansado y consolado en medio de tantos combates como he de sufrir por la virtud; mi corazón debe tener ánimo y revestirse de valor, aunque se vea debajo del peso de todas las aflicciones en que el Señor le ponga; pues Dios no lo hace sin usar conmigo de sus grandes designios para mi santificación.

En la flaqueza de espíritu, decía el Apóstol, en medio de las penas y de las adversidades, es cuando la virtud se fortifica y perfecciona. Él mismo, después de habernos hablado de las miserias, de los oprobios, de las persecuciones, de los excesivos disgustos que padeció por Jesucristo, añade: cuando estoy débil, entonces me hallo más fuerte.

Escribiendo San Gregorio a una persona, le decía: Una cosa os afirmo, y no creo engañarme: Si Dios os libra de las aflicciones, no os podéis lisonjear de poseer una gran virtud.

He oído muchos que, no obstante decir la sagrada Escritura que nos preparemos para padecer, si pensamos entrar seriamente en el servicio de Dios, han conocido personas muy virtuosas que vivían tranquilas en el seno de la abundancia, estimadas en todas partes, y que todo les prosperaba; pero yo digo, que ni todos los trabajos que Dios da a sus criaturas se ven exteriormente, ni menos los conocen aquellos que así hablan.

Las cárceles, las atroces calumnias, los sanguinarios ultrajes no persiguen, por lo común, a las almas santas; padecen mucho, pero padecen de otro modo, y Dios les hace llevar otras cruces pesadas y amargas. Algunas veces parece que gozan de una tranquilidad exterior, cuando en lo interior corren las agitaciones de la más grande tormenta.

El cuerpo que goza de la salud más robusta, encierra muchas veces en sí mismo un espíritu muy perturbado y un corazón muy herido. Si las aflicciones no viniesen de los elementos, vendrán de los hombres; y a falta de hombres, los espíritus tentadores nos harán derramar muchas lágrimas; los violentos combates que se dan en el camino de la virtud, ni se ven por lo común, ni se saben; mas lo que se sabe por la doctrina de los Santos y por la experiencia es, según el autor de la Imitación de Jesucristo, que Dios es un soberano que no deja vivir en quietud y reposo a sus soldados, y que los experimenta fuertemente.

Y ¿qué diremos de estos cristianos que llamamos regulados, no siendo capaces sino de sobrellevar pequeños trabajos, y aquellas miserias y aflicciones inseparables de la humanidad? Con ellas, al parecer, reposan tranquilamente, como dice San Agustín, en el seno de sus pacificas familias, y entre sus agradables adquisiciones, mas no exceden los límites de una virtud común, virtud que en circunstancias críticas y delicadas puede fácilmente desmentirse.

Yo, divino Salvador mío, pocos días después que me unisteis con Vos en la cruz, vine a conocer que el mundo empezaba a ser crucificado para mí y que yo empezaba a ser crucificado por el mundo. Practiqué de muy diferente manera que antes las virtudes que en vuestra presencia fijan el carácter de cristiano; y las aguas de la adversidad hicieron poco a poco en mi alma lo que en otro tiempo hicieron las aguas del diluvio a vuestra arca, que la elevaron sobre todo cuanto hay en la tierra.

El amor puro de que me hablaban, y que yo miraba antes de mis aflicciones como una montaña inaccesible, me facilitó su camino; ¡Ah Señor! yo no llegaré a poseerlo enteramente sino en el Cielo; mas con todo, os doy gracias por las adversidades que me habéis enviado, porque ellas despojaron mi alma de las cosas terrenas, y la hicieron superior a todas ellas; y me hallo ahora en el camino más propio y más a propósito para poseer este amor puro. Ojalá que con vuestro socorro pueda alcanzarlo en esta vida, en todo cuanto sea posible a mi flaqueza.