EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA DIECIOCHO

Omne gaudium existimate, fratres, cum in tentationeses varias incideritis. Jacob. 1, v. 2.

Ibant gaudentes a conspectu ccncilii, quoniam digni habiti sunt pro nomine Jesu contumeliam pati. Act 5. v. 41.

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Hermanos míos, apreciad como un motivo de la mayor alegría, las diversas tribulaciones que os sucedieren.

Salían del consejo bañados de gusto, por la consideración de haber sido juzgados dignos de padecer afrentas por el nombre de Jesucristo.

 

Me gustaba entender lo que me decían sobre la alegría que gozaban los Santos en medio de los tormentos.

Cuando veía salir a los Apóstoles de la asamblea de los judíos como en triunfo, por haber sufrido ultrajes por el nombre de Jesús; cuando oía a San Procopio decir a sus tiranos, que no había cosa para él tan agradable como los tormentos que estaba padeciendo; y a los Santos hermanos Marco y Marcelino publicar que los suplicios eran para ellos un banquete delicioso; me parecía que hablaban de una cosa tan alta, que era absolutamente incapaz de entenderla. Mas ahora conozco que mi yerro nacía de confundir la alegría de los Santos, en medio de los tormentos, con la alegría natural y terrena.

Mas no; ella nada tiene de terreno, ni de natural, porque nosotros somos enemigos del dolor, y debemos comprar esta alegría con el perdón de las injurias. Cuando Dios nos manda que amemos a los que nos insultan y ultrajan, no nos pide que los amemos con un amor lleno de confianza, tal como el con que amaríamos a un amigo; el Señor habla de un amor sobrenatural, que en contemplación de Dios nos obliga, a pesar de toda la repugnancia natural, a orar por un enemigo, a servirle, si fuese necesario.

Así pues, cuando me dicen que debo alegrarme con las desgracias, no se trata de una alegría como la que pudiera tener en la prosperidad; no se trata de recibir una nueva triste con el mismo placer con que la recibiría si fuese agradable, ni de recibir con la misma satisfacción y serenidad verme despojado de mis bienes, que tomar posesión de una rica herencia.

Se trata de una alegría sobrenatural, y del placer que concibe una alma cristiana afligida que, reflexionando sobre las ventajas de las aflicciones y llegando a conocer su valor, no querría, aunque pudiese, mudar de situación; pues siente un sumo gozo al ver que la voluntad de Dios se satisface por medio de los tormentos, y que por medio de estos tiene muchos medios de expiar sus pecados y de manifestar a Dios su fidelidad y su amor, adquiriendo al mismo tiempo merecimientos para el Cielo; se alegra porque ve que sus aflicciones la apartan del mundo y de las ocasiones de pecar, que la conservan en paz y en la amistad de Dios.

Nos es tan natural el amar las riquezas, la salud y las honras, como lo es a un río seguir su curso; pero amar los tormentos, jamás fue un sentimiento natural, y por lo mismo se combaten ambos extremos.

Si yo, en medio de la aflicción, fuese dócil a la gracia del Señor, si entrase en los sentimientos de resignación y de paciencia que ella inspira, hallaría entonces las delicias, como dice Isaías, en la soledad más horrorosa, y allí cantaría cánticos de alabanza.

El placer que hallare en padecer, no será un placer de los sentidos que causa horror a todo aquello que los oprime; será sí un placer superior a todos los sentimientos, y éste ha de consistir en una voluntad sujeta a la voluntad de Dios; en un corazón que participará, de alguna manera, del placer que Dios tiene en que yo padezca por su amor; en un espíritu que reflexionará estar unido a la cruz con Jesucristo, que tiene prometido hacer partícipes de su consolación a aquellos que hubiesen sido partícipes en sus oprobios; será un placer, una alegría y una paz que sólo el Espíritu Santo puede darla, según dice san Pablo. Paz de que él gozaba en todos sus tormentos. Ellos, sí, son de tal manera superiores a mis fuerzas, escribía a los de Corinto, que la vida me es horrorosa; más a pesar de todo eso me siento lleno de alegría.

Dios omnipotente, que obráis todos los días prodigios en el orden de la naturaleza, y que obráis también otros no menores en el orden de la gracia, haciendo amable el yugo más duro y leve la carga más pesada; vuestros Santos nunca se afligían tanto como cuando estaban para acabarse sus aflicciones, o que Vos dejabais de regalarles algún tiempo con ellas. Esto no es porque en ellos o en mí no gima la parte inferior en medio de la tribulación; más sí porque en ellos, más que en mí, se halla la parte superior ilustrada por la divina luz de la fe, y por lo mismo se alegra y triunfa.

Este el efecto de vuestra gracia, con el socorro de la cual la miel, según la expresión de vuestros libros Santos, saldría de las piedras, y el aceite de los más duros peñascos.

Os pido, Señor, fervorosamente estas luces, esos socorros que acostumbráis dar a vuestros siervos afligidos; ellos producirán en mí, a pesar de la sensibilidad y de la repugnancia natural, una paz superior a todo cuanto se puede considerar; aquella paz que el Apóstol deseaba a los filipenses, que es la fortaleza del corazón y del espíritu en medio de los mayores males.