EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA DIECISIETE

Non contristabit justum quidquid ei acciderit. Prov. 12, v.21.

Lætati sumus pro diebus quibus nos humiliasti, annis quibus vidimus mala. Psalm. 89, v. 15.

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Suceda lo que sucediese, el justo no se entristecerá.

Nos alegramos a proporción de los días que nos has humillado y de los años en que experimentábamos los males.

Si la fe de mi corazón fuese viva, no solamente me consolaría en mis aflicciones, sino que me alegraría en medio de ellas.

La historia de la vida de los Santos nos hace ver que los tormentos parecían y tenían para ellos un no sé qué de gustoso deleite. Les sucedían como a nosotros, y acaso con más frecuencia, accidentes horrorosos; más con todo, tenían siempre la alegría de su corazón representada en el semblante, como si todos los días fuesen para ellos días de fiesta y de contento; estos ejemplares se han notado muy particularmente en un San Martín, en San Francisco, en Santo Domingo y otros; y aun puede juzgarse del gusto que tenían en padecer, por algunas de sus palabras y de sus acciones.

Veo en los Salmos un Profeta que gime debajo del peso de las adversidades; mas que parece no habla de ellas, sino para enseñar a los que las padecen como él, a alabar la majestad de Dios, y bendecirlo.

Tobías, nos dice la Escritura, cuando cegó, ni se entristeció ni murmuró contra Dios; antes bien se manifestó firme e inmóvil en el temor del Señor, dándole gracias todos los días de su vida.

San Andrés, viendo la cruz en que había de ser atado, exclama con transporte: ¡Oh cruz! ¡Oh cruz!, mi esperanza y mi amor. ¡Oh cruz santa, benditísima cruz, mucho tiempo ha que te deseo! Yo te busqué con todo mi cuidado y diligencia, y sin descanso por toda la Judea, en medio de las naciones más bárbaras; pero al fin mis deseos están satisfechos, pues tendré la felicidad de morir en tus brazos.

San Ignacio, obispo de Antioquía, estando para partir de Siria a Roma, donde había de ser expuesto a las fieras en el anfiteatro, escribía a los romanos: «Permita Dios que sea yo la presa de las fieras que me esperan, y que estén llenas de furor para asaltarme; yo las provocaré para que me devoren más presto, y para que no me traten como a algunos mártires a quienes no se atrevieron a ofender; si ellas no me devorasen, yo las incitaré para obligarlas. El fuego, las cruces, las fieras, los malos tratos, las fracturas, la pérdida de los miembros, los tormentos más crueles, y todo cuanto es más capaz de saciar la rabia de los demonios, caiga sobre mí, mientras yo goce a Jesucristo; pues me considero mil veces más feliz en morir por Él, que reinar en todo el mundo; ¡piérdase todo, para poseer este único tesoro de mi alma!»

La primera palabra que salió de la boca de San Cipriano, cuando oyó pronunciar la sentencia de su muerte, fue la que emplea frecuentemente la Iglesia en sus oficios: Deo gratias: Demos gracias a Dios, y alargando su mano se entregó al ministro ejecutor, que había de cortarle la cabeza.

El Venerable Beda cantaba en medio de la mayor sensibilidad de sus dolores, el cántico de las alabanzas que la Iglesia canta al fin de cada salmo.

San Remán, despedazado con garfios de hierro y lleno de llagas, agradecía a Dios verse en aquel estado, y le decía de qué modo podría alabarlo, si le concediese muchas más heridas.

El Salvador pregunta a San Juan de la Cruz, ¿Qué recompensa desea por todos los trabajos que padeció en su servicio? «Señor, dice el santo, verme despreciado, y padecer por vuestro amor.»

Dios derrama sus bendiciones sobre el alma del Apóstol de las Indias, y el Santo le pide las suspenda; mas hallándose en medio de los oprobios, exclama: Señor, aún más, aún más.

La vida pasada sin tormentos, habría sido para Santa Teresa un suplicio; y así decía la Santa: «O padecer, o morir.»

Santa Magdalena de Pazzis pedía a Dios que, prolongando su vida, prolongase su martirio.

Tres especies de tormentos se presentan a la Bienaventurada Magdalena de Saboya, y la es permitido escoger uno de ellos; pero no se contenta sino con padecerlos todos tres.

Santa Catalina de Sena fue árbitra en escoger una corona de oro o una de espinas; pero esta última fue el objeto de su elección y de su alegría.

Solo Vos, mi Jesús, nos podéis hacer hallar suavidad en aquello en que sólo vemos amarguras. Vos dijisteis que vuestro yugo es suave; y con efecto lo es, pues que en vuestro servicio cuanto más se padece, más se desea padecer.

Después que, por el más admirable de todos los prodigios, os hicisteis hombre de dolores, y manifestasteis el placer que teníais en padecer por los hombres, mudaron los tormentos de naturaleza, y se trocaron en placeres divinos.

Cuando el corazón se abrasa todo en vuestro amor, suspira, no con las penas que padece, sino con el deseo de que se aumenten.

Fuera de Vos nadie hay, como decía San Luis entre los hierros, que sea más grande para hacerse amar y alabar, hasta con lo que otros soberanos se hacen temer.

Divino Señor, yo os seguiré por todas partes, aunque sea necesario ir al Calvario con Vos. ¡Ah! ¿Qué puedo yo desear, o qué puedo buscar en la tierra, sino a Vos? Vos sois el Dios de mi corazón, y todo cuanto deseo.