EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA DIECISÉIS

Multæ tribulationes justorum. Psalm. 33, v. 20.

Abraham… per multas tribulationes probatus, amicus Dei effectus est. Sic Isaac, sic Jacob, sic Moyses, et omnes qui placuerunt Deo, per multas tribulationes transierunt. Judith 8, v. 22-23.

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Son muchas las tribulaciones a que están expuestos los justos.

Abraham, habiendo sido probado por muchos trabajos y aflicciones, vino a ser amigo de Dios; del mismo modo Isaac, Jacob, Moisés y todos los que agradaron a Dios, pasaron por muchas tribulaciones.

La historia santa y los anales de la Iglesia me hacen ver que no ha habido una sola alma justa a quien Dios no experimentase con el fuego de la tribulación.

¿Qué santidad más eminente, después de la santidad de Jesús, que la de María, su Madre? ¿Más con qué espada de dolor no fue herida su alma en toda su vida, y mucho más en la muerte de su Hijo?

Jesucristo decía que San Juan Bautista era el mayor de los hijos de los hombres; sin embargo, gimió y murió entre hierros. Todos los Profetas experimentaron persecuciones; el mundo se alegraba; entretanto que los Apóstoles y el Salvador estaban en medio de la tristeza. El Apóstol de las naciones en la segunda carta que escribió a los de Corinto, hace una larga y penetrante narración de los tormentos que sufrió.

Cuando leo los escritos de la vida de los Santos, los veo expuestos de continuo a la injusticia y a la calumnia, u oprimidos con enfermedades, o combatidos de las más violentas tentaciones; observo que cuando la historia de la vida y de las acciones de algún Santo es más extensa que la de otros, es por ser ordinariamente necesario que el historiador cuente el mayor número de victorias que este Santo alcanzó de sí mismo y de las pasiones de los hombres.

No debe sorprenderme el que Dios me envíe tantas aflicciones. ¿Desearé acaso que me trate de distinto modo de aquel con que trató a su Madre, a sus Profetas, a sus Apóstoles y a sus amigos?

Yo no soy santo, y Dios me envía aflicciones para que lo sea; si tengo la fortuna de estar en algún grado de santidad, me dará más aflicciones para que sea más santo.

En el estado de aflicciones en que me veo, juzgo algunas veces que no se hallará hombre alguno en situación tan triste; más para reanimar mi valor, procuro acordarme de la lectura y vida de los Santos; porque así en ésto, como en cualquiera otra cosa, nada hay de nuevo debajo del sol, y de que no se hallen ejemplos.

Job cayó de la elevación de un palacio y se vio entre la inmundicia, cubierto de llagas, desde los pies hasta la cabeza. San Clemente de Anfira padeció un martirio de diez y ocho años. Santa Clara padeció veinte y dos de enfermedades, y san Francisco de Asís veinte y cinco. Santa Ludovina estuvo en un lecho treinta y ocho años, y San Sérvulo fue paralitico toda su vida.

Jacob padeció mucho con las disensiones de sus hijos. La calumnia puso a José en una cárcel. David fue destronado por su propio hijo. Elías fue muy perseguido por Jesabel. San Atanasio, perseguido por los arrianos, fue obligado a huir a diversas partes, y llegó a estar cuatro años escondido en la sepultura de su padre. Santa Isabel de Turinge fue arrojada de su palacio, despojada de todos sus bienes y llena de ultrajes. Santa Catalina de Génova se vio desampararla hasta de aquellas mismas personas que le eran precisas para las necesidades de su alma.

Las tentaciones contra la pureza obligaron a San Benito a recostarse entre espinos, a San Francisco de Asís revolcarse en la nieve. San Pablo, siendo un Apóstol tan grande, no estuvo exento de estas tentaciones, como él mismo confiesa en una de sus cartas. San Francisco de Sales fue tentado hasta el punto de dudar de su salvación. San Ignacio de Loyola y Santa Juana Francisca de Chantal experimentaran todo el rigor de los escrúpulos. San Jerónimo y San Bernardo hablan de los combates que tuvieron contra las distracciones en los ejercicios de piedad. Santa Teresa estuvo 18 años en los desiertos más áridos de la vida interior.

Vuestros Santos, ¡oh mi Dios!, tenían los mismos pesares, las mismas enfermedades, las mismas tentaciones que yo; mas ellos se aprovecharon mejor de los socorros que Vos ofrecéis a las almas afligidas. Ellos adquirían todos los días nuevos merecimientos por la paciencia y sumisión con que llevaban la cruz de sus trabajos, y yo me condeno más cada día, por no conformarme con la mía.

No permitáis, Señor, os lo pido por sus merecimientos e intercesión; no permitáis que yo me pierda por un camino que a ellos los condujo al feliz término de los escogidos. Concededme por vuestra gracia, que mi sufrimiento en medio de los trabajos se parezca de algún modo a aquella antorcha maravillosa, que ardiendo, jamás se consumía, y a los tres mancebos israelitas, que no pudiendo ser ofendidos en medio del voraz incendio de las llamas del horno, cantaban en medio de ellas vuestras alabanzas.

No envidio los dones de las profecías y de los milagros que concedisteis a algunos de vuestros Santos; pero os suplico me concedáis, como a ellos, los dos dones de la paciencia y de la sumisión, porque en ésto, Señor, me dais más, que si me concedieseis el don de resucitar los muertos.