EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA QUINCE

Ecce peccatores et abundantes in sæculo obtinuerunt divitias. Psal. 72, v. 12.

Dejecisti eos dum allevarentur… subito defecerunt… velut somnium. Ibid. V. 18-20.

2613828b4abd57fd7a804a535bdea7bf

Veis aquí los pecadores y los que abundan en el mundo, adquieren grandes riquezas.

Porque los echasteis en tierra cuando ellos se levantaban, desaparecieron repentinamente como un sueño.

 

Debo confesarlo; me ha sorprendido muchas veces ver un grande número de pecadores en el seno de la prosperidad, al mismo tiempo que tantos justos pasan su vida en medio de la adversidad.

Pero ¿por qué me ha de sorprender esto? ¿No debo adorar, por ventura, los secretos inapeables de la divina Providencia, sin querer profundizarlos?

Sí; adoro estos secretos que, inútilmente, quise penetrar con mis reflexiones, pues basta, para no admirarme, considerar cuál será el fin de estos pecadores; la fortuna, que parece más bien establecida y brillante, desaparecerá en el momento en que menos se piense. Desaparecerá como un sueño. ¡Y a qué punto de desolación no los veremos reducidos! Su humillación será proporcionada a la elevación y altura que gozaron en el mundo.

Jeremías, manifestando la flaqueza de la razón humana, hace la pregunta que naturalmente hacen todos los hombres. ¿Por qué, dice, los malos y los que ofenden a Dios caminan con tanta prosperidad por el mundo y son tan felices? Luego repara en ellos como en unas víctimas que engordan y se disponen para darles muerte.

La abundancia divierte su lujo, los obsequios que reciben entretienen su orgullo; mas de repente viene la muerte, el infierno se abre y los arrebata sin darles tiempo para arrepentirse.

San Gregorio los compara a unos hombres que, caminando por verdes y frondosos prados, entran en una horrible cárcel. De las prosperidades temporales pasarán a las desgracias eternas; él compara al Señor, que niega a los buenos los bienes de la tierra y los concede abundantemente a los malos, al médico que permite comer de toda clase de manjares a ciertos enfermos a quienes sabe no pueden dañar; al paso que es constantemente austero con otros a quienes son nocivos.

Hijo mío, dice Abraham al rico epulón: Acordaos que habéis tenido muchos bienes, al paso que Lázaro tuvo infinitos males, y que pasaba su vida en medio de aflicciones; y veis aquí porque él ahora se halla en el centro de la consolación y de la alegría, y vos en el de los tormentos.

Guardaos, dice el Espíritu Santo, los que vivís en la mediocridad y también en la escasez, de murmurar contra la Providencia, y de mirar con envidia al pecador, que es feliz en sus proyectos; esperad el momento en que fallezca lleno de bienes y de glorias y veréis que no se hallan vestigios de él en el lugar que habitó. Por el contrario, los que vean la prosperidad del pecador sin quejarse, sin envidiar su suerte, poseerán la tierra que Dios les destina para su herencia y gozarán las dulzuras de una larga paz.

Debo alabaros, mi Dios, por hallarme en un estado que sólo soy infeliz según las ideas del mundo. Acaso tal vez, si me viese en la prosperidad queriendo ser fiel a Dios hasta la muerte, aflojaría poco a poco en la virtud.

Es muy raro, dice san Bernardo, hallar justos que sean constantemente fieles, cuando están en medio de la abundancia, y que no fallezcan en su fervor sin que ellos mismos lo perciban; su alma se evapora y se derrite, por decirlo así, insensiblemente, a manera que la cera se derrite al fuego, o la nieve a los rayos del sol.

¿Qué deberían ser a su vista los bienes de que gozan? Lo mismo que la carga de muchos muebles para hacer un largo viaje, que entretienen y ocupan tanto, que debieran mirarlos como otro tanto peso, que sólo sirve de hacer más dificultoso y más lento el camino. Con todo, si no tienen mucha vigilancia, llegan a cargar con un peso que no pueden soportar.

Salomón fue mucho tiempo el más sabio y más feliz de los hombres; tal vez nunca habría dado el ejemplo de los peligros de la prosperidad, si fuese menos feliz.

¡Oh mi Dios! ¿Por qué he de ser envidioso de la felicidad de los pecadores, si es tan flaca, si pueden destruirla tantos accidentes imprevistos, si acaba en un momento? Si da al cuerpo tantas incomodidades, ¿cuántas penas no da al espíritu? Penas sin merecimiento en vuestra presencia, y por lo mismo las reprobáis.

La pasión que tenemos por estos bienes, por los cuales nos imaginamos felices, se aumenta a medida de los medios que tenemos para satisfacerla, y toda esta pasión es un suplicio para quien se hace su esclavo.

¿Qué felicidad, en fin, es esta vida, que hemos de dejar tan en breve, y que nos distrae de aquella para que fuimos criados? ¿No es mejor el estado de aflicción en que me hallo? Él sirve para separarme del mundo, para conservarme en la felicidad que os debo, y para elevar mis pensamientos al Cielo, para el cual me criasteis.

En la aflicción, ¿a quién buscaré? ¿Quién podrá ser mi esperanza, sino Vos? Jamás fue tan ardiente mi sed, como los movimientos que me elevan hacia Vos. ¡Ah, Señor, que Vos sois el autor de mi salvación! Por lo mismo sois en mis trabajos mi fuerza y mi vida.