Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo de Pentecostés

Sermones-Ceriani

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada. El que no me ama no guardará mis palabras; y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he dicho estas cosas durante mi permanencia con vosotros. Pero el intercesor, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará y os recordará todo lo que Yo os he dicho. Os dejo la paz, os doy la paz mía; no os la doy Yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se amedrente. Acabáis de oírme decir: Me voy y volveré a vosotros. Si me amaseis, os alegraríais de que voy al Padre, porque el Padre es más grande que Yo. Os lo he dicho, pues, antes de que acontezca, para que cuando esto se verifique, creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo. No es que tenga derecho contra Mí, pero es para que el mundo conozca que Yo amo al Padre, y que obro según el mandato que me dio el Padre.

Solemnizamos hoy el día de Pentecostés, consagrado a festejar la venida del Espíritu Santo sobre la Reina del Cenáculo, los Apóstoles y demás discípulos del Señor.

La congregación de las personas sobre las cuales se dignó descender el Espíritu Santo, era la más santa a la par que la mas ignorada del mundo, y hubiera sido la más despreciada en el caso de haber sido conocida.

Porque, en fin, ¿cuáles eran las preciosas primicias de la Iglesia? Los Apóstoles ocupaban en ella el primer lugar de potestad y autoridad; y la Bienaventurada Virgen María el primer lugar de gracia y santidad.

Pero, ¿quién los reconocía como tales, y quién los apreciaba?

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Fiesta de Pentecostés, ¿fiesta del Espíritu Santo?

Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre…

Si bien hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza.

Incluso la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí mismo, sino que recuerda su venida o externa misión.

Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas.

Más aún, la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares, y aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos en honor de la Santísima Trinidad.

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¿Cuál es, pues, el centro o núcleo principal de la fiesta de hoy?

Sabemos que aquella divina misión, que Jesucristo había recibido del Padre en beneficio del género humano, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y, como fin inmediato, que durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al final se abre florida en la vida celestial.

Pero, según altísimos decretos, no quiso Él completar por sí sólo dicha misión, sino que, como Él mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Espíritu Santo para que la llevara a perfecto término.

Conviene recordar las consoladoras palabras que Nuestro Señor pronunció ante los Apóstoles: Os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro Abogado, vuestro Consolador; en cambio, si me voy, os lo enviaré.

Y al decir así, dio como razón principal de su separación y de su vuelta al Padre el provecho que sus discípulos habían de recibir de la venida del Espíritu Santo; al mismo tiempo que mostraba cómo Éste era igualmente enviado por Él y, por lo tanto, que de Él procedía como del Padre; y que como Abogado, como Consolador y como Maestro concluiría la obra por Él comenzada durante su vida mortal.

La perfección de la obra redentora estaba, pues, providencialmente reservada a la múltiple virtud del Espíritu Santo.

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En esta solemnidad de Pentecostés, consideremos, pues, la admirable presencia y poder del Espíritu Santo, la acción que Él ejerce en la Iglesia y en las almas, merced a sus gracias y dones.

La Iglesia acostumbra atribuir o apropiar al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor.

Sabemos que todas las perfecciones y todas las obras ad extra son comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia.

Así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente.

Pero, por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter propio de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o se apropian.

De esta manera, el Espíritu Santo, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación.

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La Iglesia, ya concebida y nacida del Corazón mismo de Jesucristo en la Cruz, se manifestó a los hombres por vez primera de modo solemne en el día de Pentecostés con admirable efusión.

En aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el Cuerpo Místico de Cristo, posándose sobre los Apóstoles.

Así, ciertamente se cumplía la última promesa de Cristo a sus Apóstoles, la de enviarles el Espíritu Santo, para que con su inspiración completara y en cierto modo sellase el depósito de la Revelación.

El Espíritu Santo, que es Espíritu de Verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad sustancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás.

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Dos signos se manifestaron claramente ese día.

El primer signo fue un viento impetuoso, venido del Cielo, y que llenó toda la casa donde estaban congregados los discípulos y la Madre de Jesús.

El ruido que se oyó entonces, denotaba que el Cielo estaba ya abierto a los hombres, y que Dios iba a derramar en los discípulos, y había de derramar en la Iglesia hasta el fin de los siglos, la abundancia de sus dones sobrenaturales, habiéndose hecho mutua la comunicación de oraciones y de gracias entre el Cielo y la tierra después de la Ascensión de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo.

Lo notable aquí es que el viento impetuoso que se levantó entonces llenó solamente el Cenáculo, y que el Espíritu Santo descendió únicamente sobre los ciento y veinte discípulos allí congregados, para dar a entender que no se comunicaría en el transcurso de los siglos sino a la Iglesia y a los miembros que la compondrían, y que por lo tanto sería necesario que todos los que quisieran participar de sus gracias, se uniesen a esa sociedad santa, viviesen y muriesen en ella, porque, como dice San Agustín, sólo el cuerpo de Jesucristo puede vivir del Espíritu de Jesucristo.

El segundo signo fueron las lenguas de fuego.

Las lenguas de fuego fueron otro signo bajo el cual se ocultó el Espíritu Santo y ocultó sus admirables operaciones.

Este símbolo denotaba principalmente que el Espíritu Santo sería el principio de todas las palabras de los discípulos, los cuales hablarían sólo por Él, en Él y como Él les hiciese hablar; porque según la promesa de Jesucristo, no eran ellos los que debían hablar delante de los reyes y los magistrados, sino el Espíritu Santo que había de hablar en ellos y por ellos, esto es, que debía formar sus palabras; de suerte que habían de tener ellos menos parte que el divino Espíritu en la promulgación de la nueva ley y en la defensa de la doctrina de su Maestro.

¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego? pregunta San Bernardo. Para que hablasen las lenguas de todas las naciones, y para que hablasen con palabras de fuego y para que una ley de fuego fuese publicada con lenguas de fuego.

Pero, ¿por qué las lenguas de fuego reposaron sobre cada uno de los discípulos y también sobre las santas mujeres?

Fueron todos llenos del Espíritu Santo, dice la Sagrada Escritura; no sólo los Apóstoles, sino todos los discípulos que estaban allí congregados, hombres y mujeres, como lo advierten San Juan Crisóstomo y San Agustín, cada uno según la medida necesaria para su ministerio: los apóstoles para predicar el Evangelio en todo el mundo, para fundar y gobernar la Iglesia; y los otros para hacer una vida purísima y perfectísima, para dar testimonio de Jesucristo en la ocasión, y para cooperar a la propagación de la religión y a la salvación del mundo según sus dones y en el modo que convenía a su estado.

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Nada confirma tan claramente la divinidad de la Iglesia como el glorioso esplendor de carismas que por todas partes la circundan, corona magnífica que ella recibe del Espíritu Santo.

No menos admirable, aunque en verdad sea más difícil de entender, es la acción del Espíritu Santo en las almas, que se esconde a toda mirada sensible.

Y esta efusión del Espíritu es de tal abundancia que el mismo Cristo, su donante, la asemejó a un río abundantísimo, como lo afirma San Juan: Del seno de quien creyere en Mí, como dice la Escritura, brotarán fuentes de agua viva; testimonio que glosó el mismo evangelista, diciendo: Dijo esto del Espíritu Santo, que los que en Él creyesen habían de recibir.

Él es el Espíritu de adopción de los hijos, en el cual clamamos: Abba, Padre; y da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Para declarar lo cual es muy oportuna aquella observación de Santo Tomás, de que hay cierta semejanza entre las dos obras del Espíritu Santo; puesto que por su virtud Cristo fue concebido en santidad para ser hijo natural de Dios, y los hombres son santificados para ser hijos adoptivos de Dios.

Y así, la espiritual generación es fruto del Amor increado.

Esta regeneración y renovación comienza para cada uno en el Bautismo, sacramento en el que, arrojado del alma el espíritu inmundo, desciende a ella por primera vez el Espíritu Santo, haciéndola semejante a sí.

Con más abundancia se nos da el mismo Espíritu en la Confirmación, por la que se nos infunde fortaleza y constancia para vivir como cristianos: es el mismo Espíritu el que venció en los mártires y triunfó en las vírgenes sobre los halagos y peligros.

San Pablo, cuando llama a los justos templos de Dios, nunca les llama expresamente templos del Padre o del Hijo, sino del Espíritu Santo.

Así, a la inhabitación del Espíritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de los dones celestiales, entre los cuales se hallan aquellos ocultos avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el corazón por la moción del Espíritu Santo; de ellos depende el principio del buen camino, el progreso en él y la salvación eterna.

Merced a esos dones, el Espíritu Santo nos mueve a desear y conseguir las evangélicas bienaventuranzas, indicio y presagio de la eterna bienaventuranza.

Y muy importantes son, finalmente, los frutos enumerados por el Apóstol que el Espíritu Santo produce y comunica a los hombres justos, aun durante la vida mortal, llenos de toda dulzura y gozo.

Y así el Divino Espíritu, que procede del Padre y del Hijo en la eterna luz de santidad como amor y como don, derrama la abundancia de sus dones en Cristo y en su Cuerpo Místico, la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia alza a los hombres de los caminos del mal, cambiándoles de terrenales y pecadores en criaturas espirituales.

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Todo lo dicho nos lleva a profundizar sobre las diversas causas de la venida del Espíritu Santo.

La primera causa que movió a Dios a enviarnos el Espíritu Santo, fue su bondad, porque es propio de la bondad comunicarse, y de una bondad infinita comunicarse infinitamente.

Dios lo había hecho ya enviándonos y dándonos su Hijo, y nosotros debíamos estar satisfechos; pero Dios todavía no lo estaba, y después de habernos colmado de sus dones quiso darnos el principio de todos ellos, esto es, su Santo Espíritu.

La segunda causa fue la misericordia de Dios unida a nuestra miseria: cuanto mayor es ésta, más materia proporciona a la misericordia divina.

El Espíritu Santo es la misma caridad y misericordia, y por eso nos le envía el Padre eterno, dándosenos Él mismo para consuelo de nuestras aflicciones y alivio de nuestros infortunios.

La tercera causa fueron los ruegos y los méritos de Jesucristo, que nos alcanzó por su intercesión como medianero el envío del Espíritu Santo, nos le mereció por su Pasión como Redentor y le envió en fin juntamente con el Padre, de quienes el Espíritu Santo procede.

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Otras cosas que se han de meditar son las semejanzas y diferencias de la Antigua y de la Nueva Ley.

Las semejanzas que hay entre las dos Leyes son:

* que ambas tienen a Dios por autor;

* que así como la Antigua Ley fue dada cincuenta días después de sacar Dios de Egipto a su pueblo y celebrar éste la Pascua comiendo el Cordero Pascual, la Ley Nueva fue dada a los cincuenta días de haber sido inmolado Jesucristo, el Verdadero Cordero sin mancilla, y de haber sacado su pueblo de las sombras de la muerte y del pecado por la virtud de su Pasión y Resurrección;

* que así como la Ley Antigua fue grabada en tablas de piedra por el dedo de Dios, es decir, por el Espíritu Santo, a quien la Escritura da este nombre, así la Nueva fue grabada por el mismo Espíritu Santo;

* que así como Dios dio la Ley Antigua entre relámpagos y truenos que denotaban su presencia y majestad, asimismo cuando dio la Ley Nueva, hubo un gran ruido como de un viento impetuoso que venía del Cielo.

Pero, para comprender perfectamente el misterio que celebra en este día la Iglesia, conviene notar las diferencias que hay entre la Alianza Antigua y la Nueva y que hacen a ésta tan superior a aquélla, y hacen ver con distinción que Dios amó infinitamente más al pueblo cristiano que al judío.

Primera diferencia: el medianero de la primera fue Moisés, que no es más que siervo, y el Mediador de la segunda es Jesucristo, Hijo de Dios.

Segunda diferencia: Dios hizo resplandecer en la primera una grandeza terrible que dejó aterrados a los israelitas; y así deseaban que no les hablase el mismo Dios; en la segunda el Señor manifiesta únicamente su bondad y misericordia; y aunque se sintió un gran ruido como de un viento impetuoso, los fieles congregados no se espantan, ni amedrentan, antes bien conciben mayor confianza en Dios y desean al Espíritu Santo con más ardor y anhelo.

Tercera diferencia: en la primera mandó Dios a Moisés que prohibiese de su parte al pueblo bajo pena de la vida que se acercara al monte donde se apareció su majestad; en la segunda se comunica el Señor mismo a los hombres, y descendiendo a su corazón los colma de gozo y consuelo con su presencia.

Cuarta diferencia: la Ley Antigua prometía recompensas temporales y amenazaba a los infractores con castigos transitorios; por el contrario, la Nueva inspira el desprecio de todos los bienes terrenos, y no promete sino recompensas eternas y amenaza a los transgresores con las penas del infierno que no tendrán fin.

Quinta diferencia: la primera fue sellada y confirmada con la sangre de los animales, y la otra con la Sangre adorable del mismo Hijo de Dios.

Sexta diferencia: la primera Ley fue escrita en tablas de piedra, y la segunda grabada en el corazón mismo de los hombres; y esta es la principal diferencia y la más esencial que hay entre las dos leyes, porque, como dice San Agustín, eso nos enseña que la Ley Antigua fue una ley exterior impuesta por Dios a un pueblo duro, a quien intimidó con sus amenazas y que permaneció siempre carnal y siempre rebelde; en vez de que la Nueva es una ley interior que ha penetrado hasta lo íntimo del corazón de los hombres, les ha infundido el amor de la justicia y los ha hecho verdaderamente justos.

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También debemos tener en cuenta que, por más que hizo el Salvador del mundo para formar discípulos ilustrados y fervorosos, no hallando en su entendimiento sino una fe débil y vacilante y no reconociendo en su corazón más que un amor tibio y tímido, les envió un espíritu de inteligencia para perfeccionar su fe, y un espíritu de fervor para perfeccionar su caridad

Como todos nosotros adolecemos de los mismos defectos, necesitamos de los mismos auxilios: así que nos ha sido dado el Espíritu Santo:

* 1º como un maestro para que nos comunique un cabal conocimiento de las verdades cristianas;

* 2º como una guía que nos conduzca a la perfección de las virtudes evangélicas.

Como el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego, fijémonos en las propiedades de este elemento para explicar cuáles son los dones que el Espíritu Santo derrama sobre los Apóstoles, y para aprender qué es lo que debemos hacer nosotros a fin de recibirlos.

Ahora bien, ¿cuáles son las principales propiedades del fuego?

Las siguientes: 1ª alumbra, y alumbrando ilumina; 2ª purifica, y purificando eleva; 3ª calienta, y calentando anima.

Esto fue lo que el Espíritu Santo produjo en los Apóstoles y lo que quiere obrar en los cristianos.

El Espíritu Santo es espíritu de verdad que nos alumbra; es espíritu de santidad que nos purifica; es espíritu de fortaleza que nos anima.

Esta es la esencia del gran misterio de Pentecostés, misterio de plenitud y consumación, magnifica manifestación de los dos triunfos del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y por los Apóstoles: primeramente, lo que hizo en ellos y luego lo que hizo con ellos:

1° los Apóstoles mudados y renovados por el Espíritu Santo

2° el mundo mudado y renovado por el ministerio de los Apóstoles

Hombres nuevos y mundo nuevo. Estas dos maravillas merecen llamar nuestra atención.

¡Qué asombroso espectáculo! Doce hombres salen de pronto del Cenáculo, penetran por entre la muchedumbre, congregan a su rededor los habitantes de la ciudad y anuncian públicamente una Ley Nueva, proscrita y contradicha ya generalmente, sin avergonzarse de reconocer por su caudillo y maestro a un hombre crucificado hacía pocos días.

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Acaso no falten en nuestros días algunos que, de ser interrogados como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo si habían recibido el Espíritu Santo, contestarían: Nosotros, ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo.

Que si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte de ellos es muy escaso su conocimiento sobre Él; tal vez hasta con frecuencia tienen su nombre en los labios, mientras su fe está llena de crasas tinieblas.

Insistimos en esto no sólo por tratarse de un misterio, que directamente nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino también porque cuanto más clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le quiere y se le ama.

Este amor tiene una doble utilidad.

Primeramente, nos obliga a tener en esta vida un conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo: El que ama, dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente.

En segundo lugar, que será mayor aún la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse.

Que dicho amor no se limite a externos actos religiosos; porque debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el Espíritu Santo.

Añádase que, pues el Espíritu Santo es espíritu de verdad, si alguno falta por debilidad o ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas el que por malicia se opone a la verdad o la rehúye, comete gravísimo pecado contra el Espíritu Santo.

Pecado tan frecuente en nuestra época que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al príncipe de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad.

Por cuanto el Espíritu Santo habita en nosotros como en su templo, no contristemos al Espíritu Santo de Dios.

Para ello no basta huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar a huésped tan grande.