MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

 

ENTRETENIMIENTO II

Sobre el placer que se experimenta hablando con Dios

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¡Oh qué dulce es, Dios mío! ¡Oh qué agradable el comunicar con Vos! ¡Qué consuelo verse cerca de Vos, que sois el centro de toda perfección y la fuente de todo bien!

Entrar en lo perfecto de vuestro tabernáculo y, como Moisés, hablar con Vos íntima y familiarmente, manifestar su interior a Dios con la libertad y confianza con que se hace a un amigo; en una palabra, gozar de vuestra divina presencia y de vuestra íntima familiaridad.

Esta es la felicidad del hombre sobre la tierra, este su verdadero y soberano placer; placer sólido, que no tiene nada de revés molesto; placer constante, que no se limita a pocos momentos o a algunas horas de recreación, sino que se alarga por todo el tiempo de la vida; placer puro, que no tiene por principio a la pasión, sino a la razón, y aun al mismo Dios; placer perfecto, que no contenta a solos los sentidos, sino que satisface y sacia al espíritu y al corazón; en una palabra, placer, que es superior a todos los gustos de este mundo, y que no tiene sobre sí más que a los gozos de la gloria, de que es prenda, y un anticipado gusto y prueba.

¡Ah, si se conociera y se gustara esta dulzura, qué empeño, Dios mío, y qué ansia no se tendría por vuestra comunicación! Bien lejos de menospreciarla, como se hace comúnmente el día de hoy, ¿no se suspiraría sin cesar por sus dulces atractivos? ¿Y no se lloraría continuamente la desgraciada necesidad en que se vive de darse en este mundo a ocupaciones exteriores, que impiden gozarla?

Más el hombre sensual no comprehende lo que es del espíritu de Dios; siempre encorvado hacia la tierra, no piensa en otra cosa, ni gusta de otra cosa que de las terrenas.

Levántate, hombre, levántate hacia el Señor tu Dios. Gusta su conversación, y verás cuán dulce es para aquellos que quieren comunicar con Él. (Psalm. 33.).

Todos los Santos de la una y de la otra Ley son fiadores de esta verdad.

David asegura que un día en la presencia del Señor es más estimable que mil gastados en la compañía de los hombres.

San Agustín añade que aun las lágrimas derramadas a la vista de los pecados propios son más dulces que los deleites que se gustan en medio de los más divertidos espectáculos.

Job se acuerda con sentimiento de aquel feliz tiempo, cuando en medio de la soledad gozaba de la presencia del todopoderoso.

San Antonio, habiendo gastado toda la noche en oración, se quejaba por la mañana de que el sol viniese con el resplandor de sus rayos a turbarle su dulce Entretenimiento.

El Apóstol de las gentes se recreaba con la abundancia de los celestiales gozos de que estaba colmado, comunicando con el objeto de su amor.

Y aun el día de hoy, ¡cuántas almas fervorosas hay que gozan las mismas delicias, en los frecuentes coloquios que con Dios tienen!

Y no debe admirar ésto; porque si los esclavos del mundo están como transportados de gozo, cuando ellos pueden entretenerse con unas viles criaturas, que juntan a no pocos defectos mucha indiferencia; si las horas y los días enteros les parecen entonces momentos; ¿qué placeres no gustarán los siervos de Dios conversando con Aquél soberano Ser, que no hace sentir su grandeza sino por el exceso de sus favores?

Si en el tiempo que el Verbo Encarnado conversaba con los hombres en un cuerpo pasible y mortal encantaba de tal suerte a los que tenían la dicha de verlo o de oírlo, que transportados fuera de sí mismos se olvidaban hasta de las necesidades más urgentes de la vida, ¿de qué consuelo no llenara Él a un alma, cuando entre las luces de la Fe se descubre a ella con aquel resplandor de gloria de que ahora está revestido, y que da una nueva claridad a su divina Persona y a sus augustas soberanas perfecciones?

¡Oh Dios, cuál ha sido hasta ahora mi ceguedad de no haber entendido como puedo por largo tiempo conversar con Vos!

¡Ah! ¿No podréis Vos, el más amado de todos los objetos, vida de nuestras almas, fuente de los verdaderos bienes, no podréis, Vos, reemplazar el lugar de vuestras criaturas y pagar con ventajas el sacrificio que se hiciere de su compañía por la vuestra?

Yo veo ahora, Señor, y siento con la unción de vuestra gracia, que ninguna dulzura hay parecida a aquella que gusta una alma que familiar y habitualmente comunica con su Dios.

No me admiro, Dios mío; no me admiro de que haya quien no suspire por otra cosa más que por esta felicidad, y que no encuentre placer sino en gozarla.

Mi pasmo es que un sentimiento tan conforme a razón no sea más común.

Participádmelo a mí, Señor, haced que vuestro trato sea, de aquí en adelante, todo mi atractivo; yo os lo pido por aquella amorosa inclinación que Vos tenéis de comunicaros a nosotros. Amén.