EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA CATORCE

Ubi sunt dii eorum, in quibus habebant fiduciam?Surgant, el opitulentur vobis, et in necessitate vos protegant. Videte quod ego sim solus. Deuteron. 32, v. 37-39.

Jugum enim meum suave est, et onus meum leve. Matt. 11, v. 30.

consolaciones

¿Dónde están sus dioses, en los cuales tenían su confianza? Levántense esos dioses para socorreros ahora, y que os protejan en la necesidad extrema en que estáis. Ved que yo soy el solo y único Dios.

Mi yugo es suave y mi peso es ligero.

 

Muchos motivos me obligan a dejar el servicio del mundo para abrazar el servicio de Dios, principalmente sus perfecciones y sus beneficios. Mas lo que no ha contribuido poco para este feliz efecto, fue la reflexión que hice sobre la diferencia que hay entre Dios y el mundo.

¿Qué socorros me daba el mundo cuando le servía, si me hallaba en alguna aflicción? En cuanto le podía ser útil a sus placeres, se olvidaba de mis servicios; y si algunas veces tomaba mi defensa contra la injusticia, era en cuanto tenía interés en ella. Si veía cualquier peligro que pudiese acontecerme, era como de bronce; no tenía para mí sentimiento alguno de gratitud que le obligase a hablar a mi favor; sí que unía la injusticia a la ingratitud, y, hablando contra sus propios sentimientos, tomaba el partido de mis acusadores.

En los primeros días de vuestra enfermedad, el mundo, a quien servisteis con ardor, y que se contempla aún más a sí mismo que a vuestra amistad, aun cuando os ame, vendrá a visitaros por satisfacer a lo que se llama civilidad y beneficencia; mas si el mal crece o prolonga su duración, luego cesan las contemplaciones; os miran como un hombre indiferente; los tiempos mudan, el hombre es más amable cuando es más digno de lástima; apenas se arruinó su fortuna, ya lo desamparan los amigos y huyen de él para no oír los gemidos que llaman en su socorro una mano bienhechora; tal vez se baila en medio de los divertimientos en la misma hora en que su antiguo amigo va a dar el último suspiro en los brazos de la enfermedad.

¡Qué poco merecedor es el mundo de que lo sirvan, que lo adoren, que pongan en él su esperanza! Debilidad sin inteligencia, sin corazón para sentir, y que sólo tiene manos para maltratar a quien le sacrificó el todo.

Mas Vos, Señor, jamás contempláis con tanta atención a vuestros siervos y a vuestros amigos, como cuando los veis afligidos. Sois el único amigo capaz de oír por mucho tiempo las quejas de un infeliz; no os cansáis de socorrerle y consolarle; estáis con él en medio de la tribulación, como dice vuestro Profeta, o para dar remedio a sus necesidades, o para hacer brillar delante de sus ojos la luz disipando las tinieblas; estáis siempre pronto para recibir sus lágrimas en vuestro seno, para derramar consolaciones en su corazón, y eso cuando veis más abatido su cuerpo por el dolor.

Yo padezco, decía uno de vuestros mayores siervos, mas estoy contento; los trabajos que padezco por amar a mi Dios, están escritos en el libro de la vida, que fructifica en sus manos.

¿Quién puede temer a vuestros enemigos en medio de los mayores peligros? Vos habéis, Señor, confiado a vuestros siervos a la guarda de vuestros Ángeles, a quien ordenasteis que los acompañasen y guiasen continuamente. Siervos de Dios, estad pues sosegados en medio de la mayor tempestad y borrasca; Jesús esta con vosotros dentro de la barca.

Soberano Señor, vos merecéis por Vos mismo que os sirvan, pues sois el poder, la sabiduría, la equidad y la bondad suma; pero como mostráis mas a vuestros siervos que sois poderoso, sabio, lleno de equidad y bueno; cuando están afligidos, jamás están tan contentos de verse unidos con Vos, como entonces.

Por mi parte, imitando al Rey Profeta a quien probasteis bien a costa de tantas adversidades, hago a vuestros pies esta confesión en presencia de vuestros Ángeles: ¡Quién me diera ser oído por todos los hombres! Sí, un solo día en vuestra gracia me es infinitamente más agradable, que mil entre los hombres; quiero antes ser humilde y despreciado en la casa de mi Dios, que ser honrado y distinguido en medio de los pecadores.