EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA TRECE

Immunditia tua execrabilis, quia mundare te volui, et non es mundata. Ezech. 24, v. 13.

Inimici tui coangustabunt te undique, eo quod non cognoveris tempus visitationis tuæ. Luc. 19 v. 43-44.

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Quiso purificarte y no quisiste; por eso tus pecados te lucieron abominable.

Tus enemigos te afligirán por todas partes, porque no conociste el tiempo en que fuiste visitada.

Paréceme, gracias a Dios, que no estoy metido en la adversidad ni comprendido en el número de los pecadores endurecidos, semejantes a los habitadores de aquella Jerusalén de que habla la Escritura, que fueron siempre insensibles a los medios que la providencia y la misericordia de Dios buscó para llamarlos; del número de aquellos pecadores, que lejos de aprovechar el tiempo de la adversidad para buscar al Señor, solo sienten no poder, como antes, satisfacer sus pasiones, y se hacen cada vez más dignos y merecedores de los golpes de la justicia de Dios, en vez de procurar con todo conato y cuidado en aplacarla; ellos se juzgan dignos de lástima y de compasión, y lo son en efecto; pero mucho menos por los males que padecen, que por la dureza en que perseveran a pesar de los gritos de la adversidad.

La adversidad es, tal vez, el último medio que la misericordia de Dios se digna emplear para su conversión. Es, según San Agustín, una voz que hace oír la esperanza a los que dóciles a las instrucciones que ella misma les da, entran a obrar según deben.

Si me hallase con alguno de estos pecadores, que tienen la desgracia de consumar su reprobación en las mismas desgracias, a imitación de aquel hombre infeliz y criminoso que murió en el Calvario y junto al Salvador, blasfemando sobre la cruz, y bajó de ella a los infiernos, le recordaría en medio de su aflicción las reflexiones que la gracia de Dios me ayudó a hacer en los primeros días de la mía.

Respondedme, hermano mío: antes que estuvieseis en el estado deplorable en que estáis, ¿qué podía hacer la gracia del Señor para llamaros, que no lo hiciese? Vos nunca quisisteis concederle la entrada libre en vuestro corazón. En vano la conciencia os perturbaba con remordimientos, pues vos buscabais cómo apagarlos en medio de los placeres, sin reconocimiento a los beneficios de Dios; sólo os importaban las ventajas que podíais sacar de vuestras iniquidades; la vergüenza del pecado nada influía sobre vos, porque el hábito os lo había hecho familiar; si algunas veces el temor de los castigos de la otra vida os horrorizaba, luego buscabais medios de distraeros para gozar de los mundanos placeres de esta. Acaso habréis dicho muchas veces como el impío: Yo pequé, ¿y qué mal me ha sobrevenido? No había, pues, otros medios que los de la tribulación para poder convertiros de alma criminosa en alma penitente, y la misericordia de Dios os la envió.

¡Qué, siendo vos mi hermano, estáis tan endurecido para no aprovecharos de este tiempo de salvación! ¡Ah! concedo que Dios, por más irritado que esté, no es implacable; que si es un Juez severo y terrible, es también un Padre amabilísimo, que abraza con placer un hijo rebelde, cuando se reconoce culpado, y viene a llorar sus yerros entre los brazos de su Padre.

¡Ah! temed y temblad que no vengáis a ser delante de sus ojos uno de estos objetos de horror y de execración, para quienes reserva su cólera castigos horrorosos y eternos, tanto más merecidos, cuanta más paciencia tuvo con vos; semejante a la insensible Jerusalén, que no quiso aprovecharse del tiempo en que Dios la visitaba, no os veáis después, como ella, entregado a los crueles y tiranos enemigos, que ha mucho tiempo que desean vuestra pérdida; semejante a Faraón, endurecido a pesar de las amenazas del Profeta, mirad no se abran los abismos para sumergiros cuando menos lo esperéis.

¡Oh, mi Dios! ¡Qué estado horroroso es el de los pecadores, a quienes la adversidad no ilumina el espíritu, ni muda el corazón! Ellos padecen sin merecimiento, y sin consolación comienzan su condenación en las penas que ya sufren; son infelices en este mundo, para serlo también en el otro.

Más, ¡qué grande felicidad es no haber sido indócil como ellos! Era necesario para mí este tiempo de larga y dolorosa enfermedad; este tiempo de ver manchada mi reputación; este tiempo de verme abandonado de las criaturas, a fin de que vuestra gracia me hiciese entrar en mis deberes.

Estimo las aflicciones que de esclavo del pecado me hicieron convertir a vuestra gracia. Yo las adoro, según el pensamiento de un Padre de la Iglesia, como otros tantos sacramentos. No es la materia de los mismos sacramentos la que las hace venerables, es la excelencia de los bienes que ellas me confieren; no son los tormentos de esta vida quien me las hace estimables. ¡Ah, Señor! ellas son repugnantes, más las amo, por el fruto que hicieron en mí.

Después de haber caminado mucho tiempo por el largo camino de la iniquidad, entré con la luz, que las mismas aflicciones me ofrecieron, en el camino estrecho dela salvación, por donde espero caminar, guiado de vuestra gracia, hasta el último instante de mi vida.