EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA DOCE

Merito hœc patimur, quia peccavimus. Genes. 42, v. 21.

Digna factis recipimus. Luc. 23. v. 41.

52d6f21afb5016b2e58f9782e444538c

Padecemos justamente, porque pecamos.

Lo que hemos merecido por nuestras obras, es lo que recibimos.

 

Dios da muchas veces a los pecadores grandes tribulaciones en esta vida; mas entre aquellos a quienes hace esta gracia, hay algunos que se desesperan, no considerando en los males que padecen más que preludios del infierno que tienen merecido, y en Dios, un juez justamente irritado, esperando cuándo abrirá los abismos del infierno, para hacerles sufrir la pena, por los abusos que hicieron de sus dones; mas no es esto lo que las Escrituras y el ejemplo de muchos pecadores, que fueron verdaderos penitentes, nos enseña; ellos fueron, como yo, grandes pecadores; y Dios por medio de las aflicciones, querrá hacer de mí, como hizo de ellos, grandes Santos.

No dejaré de imitar a aquel pecador que murió en la cruz al lado del Salvador, a quien el mismo Salvador prometió el Paraíso, porque confesó con un sincero arrepentimiento, que merecía el suplicio que padecía; imitaré a los hermanos de José, que se acordaron en la adversidad de los malos tratamientos que le hicieron; y adoraron la justicia de Dios que los castigaba.

Manasés reconoció su impiedad y la detestó en el horror de una prisión y Nabucodonosor en la soledad de los bosques, donde fue reducido a la condición de los animales. El hijo pródigo no cuidó seriamente en volver a casa de su padre, sino cuando experimentó trocada en la mayor indigencia la prosperidad que le había parecido inalterable.

David, ultrajado por Semei, pensaba, dice san Jerónimo, en el adulterio que cometió, y nosotros vemos en los salmos los sentimientos de penitencia con que recibía las diferentes aflicciones que Dios le enviaba en castigo de sus iniquidades.

San Gregorio, estando atormentado de la gota, escribía a un obispo de Zaragoza que padecía el mismo mal y le decía: «En nuestros vivísimos dolores, ¿qué hemos de hacer sino acordarnos de nuestros pecados, y agradecer a Dios los males con que nos aflige, pues es señal de que no nos desampara?»

Santa Teresa experimentó muchas enfermedades y aflicciones interiores; mas las soportaba fácilmente, cuando consideraba la vida tibia y floja en que había vivido algunos años.

Todos estos ejemplos me enseñan, y enseñan a todos los pecadores que padecen, el uso que deben hacer de su cruz, y el espíritu con que deben llevarla.

No hay más que una especie de infelices que deban desesperarse; estos son los condenados, que son desgraciados por su culpa, y han de serlo por toda la eternidad; pero, Dios mío, mientras estamos en esta vida, no hay motivo para desesperar. La desesperación sería en presencia de vuestros ojos un crimen mayor que todos los que yo hubiese cometido.

Un cristiano, que cree que Vos no permitisteis que padeciese una horrorosa indigencia, sino porque disipó sus bienes con los desórdenes de sus apetitos, o que no permitisteis que en sus enfermedades corporales hallase remedio, porque vivió muchos años entregado al libertinaje, debe tener todos estos males por un gran bien; porque vuestro designio, permitiéndolos, es, como dice San Gregorio, llamarlo a vuestra amistad y gracia; en los trabajos que dais a los pecadores les advertís que deben evitar los males infinitos y eternos.

Vuestra justicia los persigue; mas no es una justicia inexorable, como la del infierno; es una justicia misericordiosa, que castiga en esta vida para no castigar en la otra; a este intento dice San Agustín: «Ellos pueden aplacar vuestra justicia recurriendo a vuestra misericordia y sirviéndose de los males de esta vida para evitar los de la eternidad.»

Permitid, Señor, que yo os haga la súplica que antes de ahora os hizo el Profeta: ejercitad vuestros juicios sobre la tierra, y sus habitadores serán justos; ellos os buscarán en los males presentes y Vos les enseñaréis que la aflicción los obligara a recurrir a Vos y a orar y pediros.

Lo que yo os pido para los pecadores, de que está lleno el mundo, habéis tenido la bondad de otorgármelo; pido a los Ángeles y a los Santos, que os lo agradezcan en mi nombre.

Sí, mi Dios, os doy gracias por el estado miserable a que redujisteis mi cuerpo; porque mostrasteis en esto, que os compadecisteis de las miserias de mi alma. Detesto las iniquidades que he cometido, y os agradezco la misericordia de perdonármelas por medio de las aflicciones que me han causado; algún tiempo no visteis en mí más que un corazón ingrato y rebelde; pero la adversidad y vuestra gracia le hicieron dócil, contrito y humilde.

Vos, Señor, no queréis los pecados; pero explicáis vuestras misericordias en pretender sus efectos. La taza amarga en que me habéis dado a beber, después de haber bebido tanto tiempo en la de los placeres, es semejante a las que en otro tiempo vio vuestro discípulo amado, que aunque eran de oro, estaban llenas de vuestra indignación.