EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA DIEZ

Non exies inde, donec reddas novissimum quadrantem. Math. 5, v. 26.

Non intrabit in eam aliquod coinquinatum. Apocal. 21, v. 27.

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No saldrás de ella, hasta que pagues el último cuadrante.

No entrará en ella cosa alguna manchada.

La religión me enseña que, si a la hora de la muerte tuviese aun que satisfacer a la justicia divina, pagaré mis deudas en el Purgatorio; prisión que tiene término; mas de la cual no se sale sin pagar allí hasta el último quilate; donde para dar una satisfacción completa, reglada por la justicia de Dios, se padecen los mayores tormentos.

San Cesario de Arlés dice que la menor pena que allí se padece, es más terrible que todas las que se puedan sentir e imaginar en esta vida.

Es raro el que después de la muerte no entre en este lugar de expiación; con todo, hay medios para evitar ir a él, o a lo menos para estar en él poco tiempo; entre estos medios, es uno el de las aflicciones; porque la religión me enseña que, sobrellevándolas con paciencia y con un espíritu penitente, satisfacen la pena del pecado.

Dios no castiga dos veces el mismo pecado; me envía aflicciones para que las acepte con humildad y resignación, y como castigo de mis iniquidades; si yo aquí me conformo con los designios de su misericordia, me disminuirá allá los tormentos.

Sacad las manchas de la plata, dice el sabio, y haréis un vaso purísimo; así, pues, mi alma debe ser purificada de sus manchas, antes de aparecer en el banquete eterno del Rey de los Cielos; si hoy me purificase por el fuego de la tribulación, no tendré necesidad de purificarme entonces por las llamas del Purgatorio.

Cuando se nos ponen a la vista dos males, debemos siempre escoger el menor; si decís que no podéis soportar aquí tanto, ¿cómo podréis soportar allá las penas del Purgatorio?

Es verdad que yo padezco hace muchos años; mas, si sé aprovecharme, estos años de tribulaciones aquí valen por los siglos de tormentos que tendría que pasar allá. Porque ahora Dios usa siempre de clemencia conmigo, y fácilmente perdona; mas ha de llegar el día en que ha de ser necesario satisfacerlo exactamente, además de que el pagar mucho con poco, depende sólo de mí en cuanto estoy en el mundo.

Dignaos, pues, ¡oh Señor!, diré como San Agustín: dignaos extinguir en mí las manchas de mi alma, a fin de que después de la muerte no le reste qué expiar.

Si yo estoy lleno del espíritu de cristianismo, mi alma, semejante a la esposa sagrada, debe tener una santa impaciencia por ver a su amado; ahora bien , para saber si tengo fundamento de esperar verle luego, o a lo menos poco después del último suspiro, debo preguntarlo a mis aflicciones, y ellas me dirán que, sirviendo para purificar cada vez más mis pecados, contribuyen a procurarme la felicidad de ver a Dios mucho más presto que si pasase la vida en el centro del sosiego y de la tranquilidad.

Y ¿en qué aflicción no está en esta vida una alma, viendo que se le dilata gozar de un bien que hace todas sus felicidades? ¿Y que este bien es el único a que aspiran sus deseos, y al que tienden todas sus miras? ¿Un bien, que nada vale un trono en la tierra en su comparación?

Yo debo juzgar por esta aflicción, cuán penetrante será el dolor que sienta mi alma en el Purgatorio, si tuviese el desconsuelo de detenerme mucho en él, viéndose privada del único bien que merece el nombre de bien, de la posesión de Vos mismo, ¡oh mi Dios!, soberana felicidad, para que fui criado.

Un solo instante en el Purgatorio parecerá un siglo; esta sola pena será mil veces más dura que todas las otras.

Vuestros Santos, cuando estaban en esta vida, hubiesen comprado, a costa de todos los suplicios, la felicidad que concedisteis a algunos de gozar por algunos momentos de vuestra presencia.

¡Oh, mi Salvador!, enviadme antes todos los tormentos que soy capaz de sufrir, que suspenderme después de la muerte la felicidad de veros. Yo los recibiré con placer y con reconocimiento; mas os pido la gracia de padecerlos y sufrirlos con un espíritu de sumisión y de penitencia, que los haga meritorios a la presencia de vuestros ojos.