EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA NUEVE

A tristitia enim festinat mors. Ecel. 38. v. 19.
Ecce Salvator tuus venit; ecce merces ejus cum eo. Isai. 62, v. 11.

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La tristeza conduce a la muerte.
Mira que viene tu Salvador: mira que consigo trae su paga.

Las aflicciones que Dios me envía, han hecho en mí una impresión tan viva, que conozco que mis días se abrevian, y va acercándose mi muerte. ¡Gracias a Dios!

Este pensamiento, en vez de abatir mi valor, lo reanima; en vez de dar nuevo peso a mi tristeza, la consuela; y mis aflicciones, abreviando mi vida, me hacen llegar a aquella morada donde jamás tendré hambre ni sed que me incomode; donde gozaré de la sólida y verdadera felicidad.

Mi muerte va llegando, esto es, va llegando el día en que veré a mi Salvador, y me dará lo que promete por su Evangelio a los que lloraron, y a los que padecieron persecuciones por amar la virtud.

Aquel que se aflige porque llega el fin de su vida, hace lo mismo que si se afligiese porque se acaban los males que está padeciendo.

San Agustín decía, que desear vivir mucho tiempo, es lo mismo que desear padecer mucho. La muerte, según san Ambrosio, no es una nueva pena, es el remedio de todas las penas, porque las termina y acaba; los que la miran como un mal, deberían a lo menos considerar, que es el último; y que un mal necesario para poder gozar de los bienes eternos, es fácil de soportar.

Leí, no me acuerdo dónde, que un cazador halló en un bosque a un pobre leproso, cantando muy placentero y observándolo cubierto de llagas, admirado y sorprendido de su alegría en medio de un estado tan horroroso, le preguntó la causa de su contento; y le respondió: “El estado en que me ves, me aproxima a la muerte, y ella es la que pondrá término a mis males; lo que me impide ver a mi Salvador, es esta pared térrea del cuerpo, pero veo que se va desmoronando poco a poco y deshaciendo por instantes; y me alegro, porque así podré en breve ver a mi Dios.”

Es verdad que hasta el cristiano más justo tiene un horror natural a la muerte; mas, ¿por ventura lo que sigue a ella no debe disminuir este horror?

Por lo menos yo, que siento que mis placeres alteran mi salud, y que, poco a poco, me van llevando a la sepultura, no quiero ocuparme en otro pensamiento, pues aunque no venza enteramente la repugnancia de la naturaleza, contribuirá mucho a dulcificarla. Yo gozaré presto de la vista de mi Salvador; está muy cerca el día en que apareceré en su presencia.

¡Oh mi Salvador! ¡Y qué formidable es este día a quien tiene cometidos tantos pecados como yo! Mas espero, Señor, que mis aflicciones hayan servido y sirvan aún para expiarlos, ayudado de vuestra gracia; y además de eso, espero muy principalmente en vuestra misericordia, y en los merecimientos de lo que padecisteis por mí.

Lleno de esta confianza, no formo otros deseos, sino los que formaba San Pablo; esto es, de acabar ya esta vida para ir a vivir con Vos, pues para mí, como lo era para él, lo mejor es morir.

Mi alma, a imitación de la esposa de los Cantares, está inquieta en este mundo, no tanto por las aflicciones que la oprimen, como por los deseos de ver a su Dios. ¡Ah! que no tengo alas como la paloma; pues a tenerlas, yo volaría, e iría a descansar de mis trabajos en vuestro amoroso seno.

“Venid, Señor Jesús”, es la oración que os hacía en otro tiempo el discípulo que Vos más amabais, y de quien experimentasteis mucho tiempo el amor dilatándole la vida. Yo os hago la misma oración con toda sinceridad.

¡Ah! ¡Y si pudiesen los deseos ardientes que tengo de veros, a quien sólo conozco por el poder y por las virtudes, por los beneficios y bondades, si pudiesen, digo, acabar más de priesa de lo que pueden mis aflicciones!

Mas en cuanto espero este feliz momento, me ocuparé con los deseos del Profeta rey, cuando apetecía con tanto ardor ver vuestro trono. Me regocijaré muchas veces en la consideración de cuán amables son vuestros tabernáculos.

¡Oh, mi Dios! Mi alma no puede soportar la tristeza con que suspira por vuestra compañía. Mi corazón, traspasado hasta ahora de tristeza, mi cuerpo oprimido por los dolores, se llenan de alegría cuando considero en mi Dios y en los bienes que me prepara.

Si el pardal y la rola saben buscar un sitio para abrigar sus hijos de las injurias del tiempo, ¿por qué no buscaré, ¡oh, mi Dios!, en medio de mis aflicciones un lugar junto a Vos?

Feliz el que en sus tribulaciones busca vuestro amparo, pues con él se hace en este valle de lágrimas superior a todos los trabajos; lleno de una viva esperanza, espero en Vos, Señor, y me haréis conocer los efectos de vuestra misericordia. Vos aumentareis mis fuerzas para que pueda tener paciencia hasta el día en que, llegando a la santa Sion, goce de vuestra divina presencia. Amen.