EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA OCHO

Qui parce seminat, parce et metet: et qui seminat in benedictionibus, de benedictionibus et metet. II Cor.9, v.6.

Qui seminant in lacrymis, in exultatione metent. Euntes ibant et flebant, mittentes semina sua. Venientes autem venient cum exsultatione, portantes manipulos suos. Ps. 125, v, 5-7.

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Aquel que siembre poco, segará poco; y el que siembre en abundancia, segará en abundancia.

Los que siembren con lágrimas, harán el haz con alegría; lloraban cuando derramaban sobre la tierra la semilla; mas luego se hallaran trasportados de gusto, conduciendo los haces de espigas.

 

Se siembra en la vida para recoger después de la muerte; cuanto más se trabaje en la siembra, tanto más se recogerá después; en cuanto se siembra, es triste el tiempo y tenebroso; mas llega la hora en que se ve que el mal tiempo era necesario para tener una buena cosecha; si en razón del mal tiempo se disminuyese el trabajo, la cosecha sería pequeña; las mismas lágrimas que se derramaron servirán para multiplicar el buen grano; esto es, si en este mundo sufro mucho, puedo esperar mucho en el otro.

Según el juicio de todos los Santos, y conforme a su misma experiencia, el tiempo de la adversidad es el más propio de recoger frutos para la eternidad.

Si se adquieren muchos merecimientos con las obras buenas, nos dice San Buenaventura, se adquieren muchos mayores sufriendo con paciencia las adversidades.

El bienaventurado Enrique Suzo, hablando a una santa mujer, atacada de una violenta enfermedad, y que de antemano había tenido grandes deseos de hacer penitencias corporales, la decía: La penitencia que hacéis ahora, vale mucho más ante la presencia de Dios, que todas las que teníais deseo de hacer.

¿Cuántos merecimientos no puedo yo adquirir en medio de mis aflicciones? Puedo tener el merecimiento de la fe, adorando con sumisión al Ente Supremo, que es el Señor de todo; y el que únicamente tiene derecho a pedirnos cuanto sea de su agrado, sin que le preguntemos la razón.

Además de eso, Él sólo nos aflige por nuestro bien, y dispone de todo para que se haga lo mejor.

Puedo tener el merecimiento de la esperanza, despreciando los bienes del mundo por los bienes eternos, y por la posesión que espero gozar de mi Dios.

Puedo tener el merecimiento de la caridad, haciendo a Dios sacrificio de mi corazón; sacrificio cada vez más generoso, por ser cuanto tengo de más querido en el mundo; contento de perderlo todo, con tal que conserve en mi corazón los sentimientos debidos a mi Dios.

Puedo tener el merecimiento de la humildad, juzgándome digno de todos los castigos, y bendiciendo la misericordia infinita de Dios, aun cuando recibo los mayores golpes de su justicia.

Puedo tener el merecimiento de la fidelidad, mostrándome cada vez más exacto en hacer lo que agrada a Dios, huyendo de lo que puede desagradarle, a pesar del abatimiento que ordinariamente causa la aflicción.

Puedo tener el merecimiento de la paciencia, sofocando con un ardor siempre nuevo los movimientos involuntarios de rebelión que se levantan en mi alma, besando rendido con suavidad, y sin murmurar, la mano de Dios que me hiere por la de un enemigo.

En una palabra, puedo tener el merecimiento de todas las virtudes, que yo llamo a mi socorro, cuyo ejercicio reiterado a proporción de los trabajos que padezca, me procura en la casa de mi Padre celestial, donde hay muchas habitaciones, un lugar muy distinguido.

Miro, Señor, mis adversidades como un terreno, del cual, si sé aprovecharme, me fructificará continuamente. Ellas, cada día, y a todas horas, me sirven para formar un tesoro, de que Vos sois el depositario. Tesoro, del cual Vos conserváis con cuidado hasta la más pequeña parte.

Algunas veces hacéis que mis adversidades aflojen y me den algún descanso, y entonces casi me olvido de las lágrimas que me han hecho derramar. Mas a Vos, Señor, jamás se os olvidan las que he derramado a vuestros pies, y algún día espero hallar entre vuestras manos todas las riquezas espirituales que ellas me han adquirido; riquezas con que compraré grandes bienes; bienes infinitos en la eternidad.

No, Señor, Vos nunca dejáis sin recompensa el más pequeño merecimiento, adquirido por vuestros siervos en medio de la tribulación.

Vos los veis sufrir con gusto algunas penas, y ofrecerlas en memoria de cuanto padeció vuestro Hijo por nosotros.

Vos gustáis de oírlos, cuando os alaban en medio de sus males, y cuando os lo agradecen, y os piden aún más y mayores, si son de vuestro agrado.

Vos veis que se hacen por este medio más digno de la gloria que les preparáis, y con que premiáis su valor.

Este pensamiento me llena de consolación, como llenaba al Profeta en sus adversidades. A su imitación hallo en esta esperanza un manantial abundante con qué fortificarme en las contradicciones.