Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo Infraoctava de la Ascensión

Sermones-Ceriani

DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN

Nota: sólo lo destacado en azul pertenece al texto que trae el Misal para el Evangelio de este Domingo; pero comento todo el contexto, tomado de San Juan 15: 18 a 16: 4.

Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a Mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como vosotros no sois del mundo —porque Yo os he entresacado del mundo— el mundo os odia. Acordaos de esta palabra que os dije: No es el siervo más grande que su Señor. Si me persiguieron a Mí, también os perseguirán a vosotros; si observaron mi palabra, observarán también la vuestra. Pero os harán todo esto a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. Si Yo hubiera venido sin hacerles oír mi palabra, no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa por su pecado. Quien me odia a Mí odia también a mi Padre. Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos las obras que nadie ha hecho, no tendrían pecado, mas ahora han visto, y me han odiado, lo mismo que a mi Padre. Pero es para que se cumpla la palabra escrita en su Ley: “Me odiaron sin causa”. Cuando venga el Consolador, que os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí. Y vosotros también daréis testimonio, pues desde el principio estáis conmigo. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os excluirán de las sinagogas; y aun vendrá tiempo en que cualquiera que os quite la vida, creerá hacer un obsequio a Dios. Y os harán esto porque no han conocido al Padre, ni a Mí. Os he dicho esto para que, cuando el tiempo venga, os acordéis de que Yo os lo había dicho.

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El contexto inmediato al fragmento del Evangelio de este Domingo comienza por indicar que el mundo, que no recibe a Jesús ni a su Espíritu, tampoco recibirá a sus discípulos.

Con toda claridad profetiza el divino Redentor las persecuciones, que prueban el carácter sobrenatural de su Cuerpo Místico.

¿En qué radica el odio del mundo?

El mundo odia lo sobrenatural en los cristianos, así como lo ha odiado en Cristo.

San Juan Crisóstomo explica: Como era difícil sufrir la persecución y los ultrajes de la muchedumbre, les enseñó que no conviene lamentarse, sino alegrarse, y por eso añadió: Si el mundo os aborrece, sabed que primero me aborreció a Mí. Como si dijera: Sé que esto es duro, pero por Mí lo soportaréis.

Por lo tanto, la persecución por causa del Nombre Santo será motivo de gloria para los discípulos, y el odio una ocasión para afirmar su amor al Padre, que nos envió a Jesús.

San Agustín, por su parte, dice: Rehúsas pertenecer al cuerpo, si te niegas a sufrir el odio del mundo para con el que es tu cabeza. Por amor, pues, debemos padecer el aborrecimiento del mundo, pues es necesario que nos aborrezca, a los que ve que no queremos lo que él ama. Por esto dice: Si fuerais del mundo, éste amaría lo que es suyo.

San Juan Crisóstomo completa la explicación: Como el padecer por Cristo no era para ellos bastante consuelo, dejando este motivo añadió otro, enseñándoles que es una prueba de santidad el ser aborrecido del mundo; y es de lamentar el ser amado de él, porque sería prueba de nuestra perversidad. Después dulcifica la pena añadiendo que el Padre sufre desprecio con ellos cuando ellos son injuriados. Y por esto añade: Pero todas estas cosas harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.

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El odio del mundo a Cristo se va a continuar en sus discípulos, precisamente porque son los continuadores de su obra.

La lucha escatológica entre la luz y las tinieblas se continúa por el príncipe de las tinieblas contra los portadores de la luz.

Cristo les recuerda, a propósito de las persecuciones que sufrirán: no es el siervo mayor que su señor.

Todas estas persecuciones se las harán por causa de mi nombre. No el personal, sino a causa de ser el Hijo de Dios; porque no conocen al que me ha enviado, el Padre, en lo que tiene específicamente de divino como Padre.

El mundo persigue a Cristo y a sus discípulos porque no conoció a Cristo.

Pero Cristo alega contra ese mundo tres testificaciones o testimonios de su verdad: de sí mismo, del Espíritu de Verdad y de sus discípulos.

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Testimonio de Cristo mismo

Cristo alega contra el mundo su propio testimonio. No sólo habló exponiendo el mensaje del Padre, sino que lo rubricó con milagros que ninguno otro hizo.

La superioridad de Jesucristo sobre todo otro taumaturgo no está en que uno hizo tal o cual milagro, sino en el complejo de los milagros de Nuestro Señor, que lo sitúan en una esfera totalmente excepcional, divina, y la finalidad por la cual los hizo.

Y como todos estos milagros se los daba a hacer el Padre, el pecado era contra Cristo y contra el Padre. Es el pecado contra la luz.

Esta conducta de odio del mundo contra Él, Jesús la ve prefigurada en la Escritura: es para que se cumpla la palabra escrita en su Ley: “Me odiaron sin causa”.

Es una cita de dos salmos (Sal 34: 19 y 68: 5) en los que se habla del justo perseguido.

La cita está hecha libremente; pero como la Escritura era el argumento definitivo para el judío, constituía aportar un argumento decisivo a su causa. Esto corroboraba su testimonio.

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Testimonio del Paráclito o Consolador

San Juan Crisóstomo introduce esta parte de este modo: Podrían los discípulos decirle al Señor: Si oyeron de Ti palabras que nadie dijo, si vieron en Ti milagros que ningún otro hizo, y sin embargo no creyeron; si aborrecieron a tu Padre y a Ti con Él, ¿cómo nos envías y cómo nos han de creer? Para que, pues, no se turben con este pensamiento, los consuela diciéndoles: Cuando viniere el Paráclito que Yo enviaré, Él dará testimonio de Mí.

Se conserva así su nombre, por el rico contenido etimológico que puede tener según los contextos.

Se trata, claramente, de una persona divina.

Además, Cristo dice que Él lo enviará. Por eso tiene un valor especial.

En el Antiguo Testamento, sólo Yahvé podía enviar este Espíritu. Jesucristo se está, pues, poniendo en la misma esfera divina.

Al Paráclito, por la función que va a desempeñar de testimoniar a Cristo, se lo llama, como en el capítulo anterior, Espíritu de Verdad.

No dijo Espíritu Santo, sino Espíritu de Verdad, para demostrar que es digno de fe.

Va a testificar que el mensaje que Jesucristo traía del Padre es verdadero. Y lo va a testimoniar con las maravillas que realizará a favor de Nuestro Señor y de su obra.

Y esto será, fundamentalmente, en Pentecostés, con el cumplimiento de la promesa que hizo Jesús de enviarlo desde el Cielo; como así también por los carismas en la primitiva Iglesia, y, en general, por los milagros de todo tipo que, hechos por el Espíritu Santo, testifican la verdad del mensaje de Nuestro Señor.

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Testimonio de los Apóstoles

El capítulo 16º se entronca conceptualmente con el anterior, en que se anuncian las persecuciones a los discípulos.

No os escandalicéis, al ver que la persecución viene a veces de donde menos podía esperarse.

Jesús nos previene para que no incurramos en el escándalo ante las pruebas.

Cristo les anuncia la persecución por causa suya.

El horizonte de estas persecuciones es judío: os echarán de la sinagoga, no en sentido local, sino de la congregación de Israel.

Y como llega la hora de Dios para la expansión mesiánica, llegará también la persecución al máximum: la muerte.

Creerá hacer un obsequio a Dios: es decir, que se llegan a cometer los más grandes males creyendo obrar bien.

Esto significa que, por falta de conocimiento de la verdad revelada, se cae en los lazos del padre de la mentira.

Por eso dice: porque no han conocido al Padre ni a Mí; esto es, no los conocían, aunque presuntuosamente creían conocerlos para no inquietarse por su indiferencia.

San Juan Crisóstomo explica: Procura consolarles, diciendo: Esto harán con vosotros, porque no conocieron al Padre ni a Mí; como si dijera: Basta para vuestro consuelo el saber que padecéis esto por Mí y por mi Padre.

Directamente las palabras son dirigidas a los Apóstoles para la hora de su ausencia, pero el contenido doctrinal tiene mayor amplitud.

Son las persecuciones que, por falso celo, hizo Saulo de Tarso…

Es el motivo de falso celo por el que se mata a San Esteban y a Santiago el Mayor…

Y con este falso celo creerán prestar un servicio a Dios. El término usado significa ofrecer un acto de culto litúrgico.

En la literatura rabínica se lee: “Al que derrama la sangre de los impíos se le ha de considerar como si hubiese ofrecido un sacrificio”.

Tal es la paradoja del fanatismo de Israel contra los seguidores del Hijo de Dios.

El motivo de hacer ésto es la ceguera culpable, tantas veces expuesta o aludida por San Juan: por no haber conocido ni al Hijo ni al Padre, que le envió.

Es esta la “operación del error” de que habla con tan tremenda elocuencia San Pablo en II Tesalonicenses, a la cual Dios abandona por no haber recibido con amor la verdad que está en su Palabra, y deja que “creamos a la mentira”.

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Llegamos ya al párrafo final, y San Agustín dice: Para que estos males no sorprendieran su ánimo desprevenido y de improviso, pues aunque habían de pasar pronto podrían ser causa de desaliento, continuó diciendo para prevenirles: Os he dicho esto, para que, cuando llegare la hora de ellos, etc… La hora de ellos tenebrosa y nocturna. Pero la noche de los judíos, separada del día, no oscureció el de los cristianos.

San Juan Crisóstomo completa la idea: También predijo esto por otro motivo, a saber, para que no dijeran que no había previsto el porvenir. Y esto significan las palabras Acordaos que os lo dije. Y por qué no lo había dicho desde el principio, les da esta razón: Estabais bajo mi protección y podíais preguntarme cuanto quisierais, y sostenía Yo toda la lucha, por lo que era superfluo el deciros esto al principio, y si lo callé no es porque me fuera desconocido.

La advertencia —profética— que les hace, tiene para ellos un sentido apologético: que no se escandalicen a la hora de su cumplimiento.

Cuando los poderes de la tierra los persigan, que sepan que Cristo se lo anunció; no es fracaso en su doctrina, es la permisión del plan del Padre.

Así les anuncia la persecución y el triunfo, o mejor, el triunfo por la persecución.

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Por todo esto, no debe asombrarnos que los Santos Mártires, los testigos, los que han dado testimonio por la sangre, sean particularmente venerados durante el tiempo pascual.

Es que forman ellos forman el cortejo del Rey que entra victorioso en su gloria.

Han tomado parte en su Pasión, y por eso la tienen también en la glorificación.

Vislumbramos la gloria del cándido ejército de los Santos mártires, porque sabemos que ellos son para el Cuerpo Místico de Cristo lo que las cinco llagas representan para su Cuerpo real.

Y así como el Padre quiso distinguir con especialísima gloria y resplandor los sagrados estigmas de su Hijo, así también los santos mártires brillan con fulgores particularísimos, merecidos por su amplia participación en los dolores de la Pasión del Señor, conforme a la sentencia de San Pablo: Si somos compañeros de Cristo en su Pasión, lo seremos igualmente en su Resurrección.

Por esto la Santa Madre Iglesia, embriagada de luz y de gloria ante el cuadro esplendoroso de esos sus predilectos hijos, multiplica sus invitaciones al júbilo y regocijo: Regocijaos en el Señor, aleluya; vosotros a quienes el Señor ha escogido por herencia.

Sean ésos nuestros sentimientos al contemplar la gloria de los Santos Mártires, los testigos…

Felicitémosle calurosamente; pero no dejemos de aplicarnos la lección tan sabida que su triunfo nos proporciona.

Asociémonos ahora a la Cruz de Cristo, si queremos un día participar en su gloria.

No temamos las heridas que se abran en nuestras carnes o en nuestra alma, conscientes de que un día brillarán esas mismas heridas con indescriptible fulgor.

Alimentemos en nuestro corazón un santo entusiasmo de martirio, de pertenecer al ejército candidísimo de los mártires.

A la vista de los cuadros brillantes que la Iglesia nos deja entrever, comprendemos cuánto queda por hacer en nuestras almas mezquinas y nada nobles…

Animémonos, pues, a trabajar con nuevo ardor en tan santo empeño.