MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

PRIMERA PARTE

LOS MOTIVOS QUE DEBEN OBLIGAR A CONVERSAR CON DIOS

 

INTRODUCCIÓN

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Se engaña quien piensa, que la práctica de hablar con Dios es ocupación solamente de personas separadas del mundo, o adelantadas en la virtud; ella es necesaria a todos, sacerdotes y solitarios, religiosos y seculares, perfectos e imperfectos, justos y pecadores, todos deben aplicarse a ella.

Y a la verdad, ¿qué cosa más justa que hablar y tratar con quien nos da las palabras y la vida; que está siempre cerca de nosotros para escucharnos y asistirnos; y nos asiste en efecto en todas nuestras necesidades?

Como no hay instante alguno en que no dependamos del Señor, y en que no recibamos algunas gracias de Él, así debíamos cada momento elevarnos hacia su bondad para invocarlo, y mostrar nuestro agradecimiento, a lo menos estamos obligados a hacerlo con la mayor frecuencia que podamos; el hombre no solamente vive para tratar con los hombres; vive, y más particularmente, para conversar con Dios, su primer principio, y su ultimo fin, el que sólo es capaz de contentarlo en el tiempo, y en la eternidad.

Se engaña también quien juzga, que esta práctica es muy difícil, y fuera de la esfera de muchos de los hombres. La conversación con Dios no es como aquel reino, de que habla el Evangelio, que es menester ir a buscarlo a una región distante, y conquistarlo con muchas dificultades y combates; es un reino interior, que se tiene en su poder, y se goza de él cuando se quiere; no es un ejercicio violento, que pida salud y fuerzas, ni una ocupación incómoda, que dependa de tiempo o lugar; es un ejercicio dulce y fácil, que se puede hacer, así en tiempo de enfermedad, como cuando hay salud.

Es una ocupación libre y cómoda, la cual se puede ejercitar en todo lugar, y a cualquier hora, en el templo como Ana madre de Samuel, o en su casa como Tobías; en el retiro como Judith, o en medio de acompañamientos como Esther; en la quietud como Magdalena, o en la acción como Marta; de día y de noche como David; con el corazón o con la boca como Daniel, y otros Santos, así del viejo como del nuevo Testamento.

En fin, la conversación con Dios no es una ciencia abstracta, para la cual sea necesario mucho entendimiento y penetración; es una ciencia práctica, en que se ven todos los días muchas personas sencillas, y sin estudios hacer progresos admirables, que llegan hasta causar emulación santa en aquellos que han sido escogidos para sus directores en las sendas de la virtud.

Son menester menos cualidades para esta ciencia, que para la meditación, cuyo uso no obstante es tan común; porque en la meditación se deben hacer reflexiones conformes al punto que se ha propuesto, y sacar de allí conclusiones prácticas; lo que pide alguna facilidad en raciocinar; pero aquí no es necesario el discurso, no es menester sino seguir los movimientos del corazón, y levantar de cuando en cuando el entendimiento hacia Dios, recurrir a Él con confianza en las diferentes necesidades que ocurrieren, comunicarle sencillamente los pensamientos; en una palabra, hablarle como harías al más íntimo de los amigos.

Por fácil, y por importante que sea la práctica de conversar con Dios, ¡cuán pocos, no obstante, hay que se apliquen a ella! Al ver la conducta de la mayor parte de los hombres sobre este punto, se pudiera decir que ellos no creen en Dios, o que ellos no reconocen de Él otra cosa más que los bienes sensibles; pues por esta suerte de bienes se empeñan con ardor, y en estos se ocupan continuamente; pero del autor de todos los bienes se descuidan, se olvidan, y se les pasaran días enteros sin pensar en este soberano benefactor, o si lo hacen alguna vez, es ligeramente con el espíritu distraído, y con el corazón todo ocupado de las criaturas.

¿Se podrá reflexionar sobre una tan monstruosa injusticia, sin quedar tocado, y sin sentirse llevado a no omitir cosa ninguna por repararla?

Estos sentimientos crecerán a la medida que se leyere este Libro, en donde se junta todo lo que es más apto para excitar al alma, y ayudarla para que hable con Dios.

Y a la verdad salió a luz un método acerca de la conversación con Dios; ¿pero es cosa extraordinaria ver diferentes Autores tratar sobre un mismo asunto? ¿Cuántos han escrito sobre la meditación, sobre el amor de Nuestro Señor Jesucristo, y la devoción para con la Santísima Virgen; etc.?

Lo que es admirable o notable es que de la conversación con Dios, siendo tan necesaria, y al mismo tiempo tan útil, no se halle sino un Escritor, que haya emprendido hablar de ella; y aun él lo hizo muy brevemente, bien que con mucha claridad y espíritu.

El Libro que ahora se da al público es diferente del primero, así por la extensión, como por el designio y la forma; al principio se proponen los motivos que obligan a conversar con Dios; después se señalan los medios que es menester tomar, y los modelos, que se deben seguir para adquirir bien este ejercicio; en fin, se ponen muchas suertes de aspiraciones, de que se pueden valer las almas para formar en su espíritu este dichoso hábito; y como el fin de este Libro es no solamente enseñar en la especulación, sino también en la practica el arte de tratar con Dios, se divide en diversos Entretenimientos, que ponen en obra todo lo que se enseña sobre el asunto propuesto.

En lo demás, los Entretenimientos pueden servir no solamente de lección espiritual, sino también de ocupación delante del Santísimo Sacramento, y de meditación durante el día; no habiendo alguno de ellos que no provea de grandes asuntos para las reflexiones, y de extendida materia para piadosos afectos.

Ellos también pueden ser un gran socorro en los diferentes retiros, que las personas arregladas acostumbran tener todos los años. Como entonces deben apartarse de toda ocasión de distraerse, hay necesidad de algún Libro que dé algún gusto en la soledad, y ayude a entretenerse en ella con Dios; este pues es el efecto propio del presente Libro.

Para que tú, oh alma, te lo hagas útil, léelo con atención; detente en aquellas partes en que sintieres algún provecho; junta a este los movimientos que al Espíritu Santo pluguiere excitar en tu alma; sigue estos movimientos, aun cuando ellos pareciere que te apartan de alguna manera de tu asunto, pero síguelos sin esfuerzo, no buscando con demasía los pensamientos, ni las expresiones, quedando aun algunas veces en silencio para dejar hablar al Señor, y, para escuchar, como el Rey Profeta, lo que Él te dijere interiormente (Psalm.84).

Los Entretenimientos, principalmente los que se tienen con Dios, han de ser libres y fáciles; en ellos ha de tener más parte el corazón, que el entendimiento; y la confianza, más que el temor.

Se ha guardado esta regla en el discurso de los Entretenimientos que se siguen ya, imitando en esto al admirable autor de la Imitación de Jesucristo, que haciendo hablar al Señor y hablándole él mismo, no se aliga a su asiento de tal manera, que no dé algunas veces libre curso al movimiento de su corazón.

Hasta aquí el Autor en el Prefacio que puso a su Libro, la que me ha parecido poner aquí con el título de Introducción a los Entretenimientos; porque lo juzgo muy conveniente para entrar con alguna luz a la más provechosa lección de ellos.

 

ENTRETENIMIENTO I

Sobre la felicidad del alma que tiene sus delicias en conversar con Dios

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Bienaventurado el hombre que constituye su deleite en hablar con Dios. Él tendrá siempre sus ojos puestos en Vos, oh Señor, y Vos en él siempre los vuestros; él os llamará, y Vos le responderéis; él os hablará, y Vos lo escucharéis; él os invocará, y Vos lo escucharéis; él os descubrirá sus aflicciones, y Vos se las endulzaréis; él comunicará con Vos, y Vos, Señor, os comunicaréis a él…

Vos, oh Dios de majestad, ¿os comunicaréis a él? ¡Oh qué gracia! ¡Oh, y cuántas vendrán con ella! Luces extraordinarias, con que ilustraran su alma; secretos inefables, que descubriréis a su corazón; consuelos celestiales, con que embriagaréis su espíritu; soberanas familiaridades, de que lo haréis testigo; y otras mil señales de ternura, que le daréis, que lo arrebatarán en tales transportes y deliquios que le será no poco difícil volver en sí.

Cayendo el celestial rocío tan continuamente sobre esta preparada tierra, ¿de qué dichosa abundancia no será enriquecida? Se verán en ella frutos cada día más preciosos, de suerte que será la admiración de los hombres, y el objeto de las delicias de Dios.

Cuando, por el contrario, el alma ocupada toda del mundo no se levanta jamás, o casi nunca hacia el soberano ser, tendrá la suerte de aquellos infelices montes, que seguidos de la maldición fulminada por el Profeta estarán, siempre secos e incultos, sin lluvias y sin rocíos.

¡Desdichado, pues, el hombre que se descuida en conversar con Dios! ¡Pero felices aquellas almas, que unidas siempre a su celestial esposo tienen sus delicias en la comunicación y habla interior con Él!

Si la Reyna del mediodía, testigo de la gloria de Salomón, y de sus raras cualidades, juzgó por muy privilegiados a los domésticos de aquel Príncipe, porque estaban cerca de su persona y escuchaban sus oráculos; ¿qué se deberá pensar de una alma, que goza de la presencia del Señor y de sus divinas comunicaciones?

La sabiduría de Salomón, su poder, su bondad, y todas las demás prerrogativas eminentes que lo adornaban, ¿son, por ventura, comparables con las perfecciones de Dios? El palacio de aquel Príncipe, su trono, su corte, sus ricos adornos, ¿pueden cotejarse con aquella augusta morada que el Señor erigió en el Cielo? ¿Con aquel magnifico trono en que Él ha fijado su asiento, y desde donde rige el universo? ¿Con aquella escuadra innumerable de Espíritus bienaventurados, que le asisten y le rinden homenaje? En fin, ¿con aquella riquísima gala de gloria, de que Él se viste, cuyo esplendor ilustra a toda la Ciudad Santa?

No, gran Dios, no hay cosa comparable a Vos, y por consiguiente nada hay que iguale a la felicidad de los que habitualmente tratan con Vos. Ellos encontrarán en este santo ejercicio un maná secreto que les llene el gusto; un tesoro escondido que los enriquezca; una luz celestial que los ilustre; un fuego divino que los abrase; una fuente de aguas vivas y un manantial de paz y de gozo, que los inundará, y que saltará hasta la vida eterna (Joan. 4.).