EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA SIETE

Si tamen compatimur, ut et conglorificemur. Rom. 8, v. 17.

Si sustinebimus, et conregnabimus. 2. Tim. 2, v.12.

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Si padecemos con él, con él seremos glorificados.
Si con él padecemos, con él reinaremos.

 

El Hijo de Dios nos adquirió el Cielo con su Cruz, mas fue con la condición de que llevásemos la nuestra. Dejando la tierra, nos prometió la herencia del Cielo; más para gozar de esta herencia en la eternidad, es necesario aceptar otra herencia en esta vida, que es la Cruz que nos dejó espirando. A todos nos llama a la gloria de los Cielos, único fin a que debemos aspirar; más para conseguirla, es necesario buscar los medios; uno de los más poderosos, es subir con Él a la Cruz, para subir desde ella al Cielo.

El Cielo es un país prometido que solo podré conquistar con muchos trabajos y victorias; el Rey, de quien soy vasallo, no entró en él de otro modo; si quiero reinar con Él, debo primero trabajar, padecer, combatir y vencer como Él.

La corona del Cielo no se pondrá, dice Tertuliano, sobre la cabeza de los felices del mundo, que viven en medio de los placeres, y se coronan de flores; ella será puesta sobre las cabezas que el mundo ha cubierto de ignominia; ceñirá la cabeza de los cristianos, a quienes la calumnia hubiese llegado a esconder de la vista de los hombres; será dada a los cristianos que crucificaban el cuerpo por la penitencia, y tienen un corazón lleno de heroica paciencia, un corazón maltratado por la ingratitud, por la injusticia y por la maldad de los hombres.

¿Por ventura no fue necesario que padeciese así Cristo para entrar en su gloria? Él trajo una corona de espinas, primero que trajese la de la eternidad.

Es para admirar, que después de ser necesario que el Hijo de Dios se humillase para ser glorificado, yo me queje de lo que padezco, sin considerar en lo que debo esperar. Él quiere reinar conmigo, y yo lo deseo y lo pido todos los días; mas ¿por ventura el reino que me quiere dar, puedo conseguirlo gratuitamente? ¿No es justo que me cueste lo mismo que a Él le costó?

Un cortesano, a quien el rey quiere dar ocasión de merecer su favor, ¿se queja por ventura cuando le confía algunas empresas penosas? Si lo expone a los peligros de la guerra; si pone a su cargo negociaciones que piden grandes cuidados, ¿no obedece con alegría, reconocimiento y valor? ¿Cuánto mayor valor no tendrá, si fuese animado por el mismo Rey, que con su ejemplo le dice cuál debe ser su procedimiento, marchando delante de él, y asegurándole, que si lo imita, conseguirá la recompensa que le promete?

Pues ahora bien, yo soy siervo de un Rey que quiere hacerme feliz, y en sus ejemplos veo los medios que debo escoger para ser elevado a las honras que me prepara; Él me trazó con su propia Sangre el camino que debo seguir; y con todo me falta el valor, como si sus ejemplos no hablasen bastantemente, como si sus recompensas no fuesen suficientes para despertar mi emulación.

¡Oh, mi Redentor! ¡Oh, mi Rey! ¿Y puedo yo persuadirme, que es grande la parte que me dais de vuestro cáliz, cuando observo que lo bebéis todo para dulcificar mi amargura? ¿Puedo quejarme de que me conduzcáis con Vos al Calvario, y que de este modo hagáis mi vida semejante a vuestra vida? ¿Por ventura mis aflicciones no me dan motivo de esperar que participaré de la gloria de vuestra vida triunfante?

Mas, ¿cuándo llegara el día en que he de triunfar con Vos en vuestro Reino? Ahora, cargado con la cruz que me enviasteis, contemplo el Cielo y veo que aún no se abre a mis deseos.

¡Ah, y cuando llegara aquel feliz momento en que después de este doloroso destierro apareceré delante del Señor! ¡Ah! consuélate, sufre un poco más; el que ha de venir no tarda, y este momento pondrá fin a tus trabajos; así como el venado sediento busca la fuente para saciar su sed, así mi alma, abrasada de las miserias a que está sujeta en el mundo, suspira, ¡oh mi Dios!, por estar junto a Vos.