EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA SEIS

Quod in prœsenti est momentaneum et leve tribulationis nostræ, supra modum in sublimitate æternum gloriæ pondus operatur in nobis. II Cor. 4. v.17.

Non sunt condignæ pasiones hujus temporis ad futuram gloriam quæ revelabitur in nobis. Rom. 8, v. 18.

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Las momentáneas y ligeras tribulaciones que padecemos en esta vida, producen en nosotros el peso eterno de una soberana e incomparable gloria.

Las penalidades que se sufren en la vida presente no tienen proporción alguna con la gloria que algún día nos será manifiesta.

San Pablo, en el tiempo de sus tribulaciones, fue arrebatado hasta el tercer cielo, y tuvo como un ensayo de la bienaventuranza: ¿quién mejor que él podrá instruirme de lo mucho que debo estimar mis aflicciones, cuando pienso en la futura bienaventuranza?

Es verdad que mis males me afligen mucho, y duran mucho; mas dice el mismo Santo que, si los comparamos con una felicidad eterna y con las delicias de la gloria, no hallaremos entre estos bienes y males ninguna proporción; y seremos obligados a confesar que nuestros males son pequeños y ligeros.

Si la fe no me afianzase estos motivos tan poderosos, para fortalecerme en medio de los tormentos, sería digno de lastima. A la verdad, no hay estado más horroroso que el de un hombre sin religión, o de un libertino atacado por una violenta molestia, o que se halla en una grande aflicción; por cuanto en lo primero no encuentra alguna consolación exterior para sus males; sus compañeros, a quienes el libertinaje del espíritu o del corazón le tenía unido, lo desampararon y entregaron a pocas personas, que por interés o mera política lo rodearon. Además de eso, se ve privado de la consolación interior, que no puede tener porque no posee la virtud.

Mas yo, que quiero vivir en la gracia de Dios, me entretengo en la dulce esperanza de que he de ocupar un lugar en el Reino de los Cielos, que esta prometido a los que padecen y lloran.

Cuando en mi triste estado considero la claridad que derrama la luz de la fe, veo la agradable antorcha que vio San Esteban, muriendo en las crueles manos de sus enemigos: esto es, un Dios que es testigo de mis tormentos, y que me muestra en los Cielos el valor inmenso de la gloria que me está destinada.

En lugar de ponerme a considerar mis mortificaciones, y de hacer acerca de ellas mis reflexiones, que sólo sirven de hacer más pesada la cruz de mi adversidad, consideraré desde ahora para fortificarme lo que algún día contemplaré en el Cielo.

Uno de los suplicios de los condenados será el pensar que placeres de un momento les produjeron una eternidad de horribles penas; y uno de los placeres de los Santos será el pensar que, en premio de algunas aflicciones momentáneas, gozan una felicidad eterna.

Cuando se considera la gloria de los Santos, parece muy poca cosa lo que ellos hicieron y padecieron para alcanzarla. Los tormentos de los mártires parecen horrorosos; con todo el Espíritu Santo los llama pequeños, en comparación de los bienes infinitos que por ellos consiguieron.

¿Qué concepto haría yo de un hombre que se entregase a la tristeza y a la desolación porque una persona le falta al respeto, o porque le robaron un poco de terreno en una punta del universo, al mismo tiempo que se halla convidado para tomar la posesión de un imperio? La idea que de él formaría, es la que me compete, pues cada instante que corre es un paso que doy para el reino del cielo, que me pertenece.

Luego, ¿por qué me aflijo y pierdo la paciencia por una mera falta de atención, o por la pérdida de algunos bienes que, considerándolos algún día dentro de los resplandores de la eternidad, los veré como un poco de polvo que lleva el viento?

¡Ah! que Vos, mi Dios, sois un Señor amable, y muy digno de ser servido. Yo reparo que servimos al mundo a costa de los bienes, del reposo y de la salud, siendo un ingrato; y que muchas veces se está riendo de las infelicidades que padecemos por él: promete mucho, mas ¿qué recompensas da?

¿Y puede acaso dar algunas que tengan proporción con lo que se le sacrifica? Y si pudiese darlas, ¿qué sería? Mas Vos, Señor, cuando llamáis algunos de vuestros siervos para entrar en la penosa carrera de los trabajos, lo estáis animando y esperando al fin de ella con la corona en la mano.

Espectador de sus trabajos, contáis todos los instantes, y todos los merecimientos, que la resignación y la paciencia produjeron, hasta que llegue el momento en que todo el rigor y toda la crueldad de sus males desaparezcan delante de una felicidad sin fin.

Sí, mi Dios, por más duras y largas que sean las experiencias que exigiereis de mí, ya os serviré siempre por Vos mismo, y por las recompensas que me preparáis.