EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA CINCO

Videte si est dolor sicut dolor meus. Thren. 1, v.12.

Concilium malignantium obsedit me; foderunt manus meas et pedes meos… Ipsi vero consideraverunt et inspexerunt me. Ps. 21, v.17-19.

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Ved si hay un dolor igual a mi dolor.

Una asamblea de malignos me cercó, me traspasaron las manos y los pies, y con mucha atención se pusieron a mirarme y a considerarme.

 

Con razón me dicen, que en vano buscaré la distracción de mis aflicciones entre los hombres y aun entre mis amigos; la experiencia me ha mostrado que cada uno cuida solamente de sí y de sus placeres, y le importa muy poco el que los demás padezcan.

Los amigos no toman tanta parte en los trabajos de sus amigos, como ordinariamente se cree. ¿Qué partido tomaré, pues, en la aflicción en que me veo, para alcanzar algún alivio, alguna consolación a mi dolor? Lo mejor es retirarme de tiempo en tiempo al lugar más oculto de mi casa, no para imitar a las personas melancólicas y sombrías, que en medio de las aflicciones buscan la soledad para entregarse a tristes y estériles reflexiones; soledad de que salen con el espíritu más perturbado, y con el corazón más herido; solo buscaré la soledad para hallar en ella consolación y fuerza.

Allí, tomando en las manos mi crucifijo, y solo con mi Dios puesto en la cruz, reflexionaré, me instruiré, aprenderé a sufrir con paciencia, con resignación y con la constancia de una alma verdaderamente cristiana.

Me diré a mí mismo: aquí estoy en una soledad total; todo cuanto me cerca es sosiego. Mi puerta está cerrada por algún tiempo a todos los amigos, a todas las visitas; nada puede distraerme; escuchemos en paz lo que me dice el Crucificado, y la gracia que habla por él.

¿Quién es Este que ves sobre la cruz? ¡Ah! que el que ves en ella, es el más despreciado de todos los soberanos, de todos los padres el más desconocido, de todos los amigos el más desamparado, de todos los esposos el más ultrajado, y de todos los justos el más perseguido.

Tú ves un Dios hecho hombre, entregado a toda la maldad de los hombres, a todos los excesos de la envidia y de la perfidia, a toda la violencia de la barbaridad, a todo el furor de los infiernos y a toda la justicia del Cielo; contempla su cabeza coronada de espinas, ese semblante cárdeno y desfigurado de bofetadas, esa boca regada de hiel, esas manos y pies traspasados de clavos, ese cuerpo lleno todo de llagas, y ese costado abierto al cruel impulso de una lanza.

A vista de este espectáculo, ¿de qué te quejas? ¿Qué cosa hay entre tus tormentos capaz de compararse con los suyos? Si los tormentos que ves padecer a tu Dios no hacen pequeños tus trabajos, a lo menos deben hacerlos superables. Sufre con valor y por Él los trabajos que te envía, para que por este medio tengas con Él alguna semejanza, y que a ejemplo del Apóstol y de todos los Santos, seas tú una imagen de su muerte.

Siento renacer mi valor en medio de estas reflexiones; ellas derraman sobre mis males una unción celestial, que dulcifica su rigor. Tengo una extrema repugnancia a todo lo que es padecer; con todo, siento que mi corazón está actualmente alegre, tanto que me sería muy sensible no tener algo que sufrir.

Experimento en este instante, que la virtud de la Cruz es tan poderosa, que une a mi alma el mayor gozo y la mayor sensibilidad. Ahora veo como los Santos podían decir, que sentían un exceso de alegría en medio de sus tribulaciones. Siempre oí decir, que por grande que sea la infelicidad, nada vale para aquel que tiene un crucifijo, y que usa de él como debe; la experiencia me enseña esta verdad.

Yo soy feliz, Salvador mío; soy muy feliz en medio de mis trabajos. Vos me rescatasteis con vuestra Sangre y con vuestra Cruz; y es muy suave para una alma así rescatada participar de la Cruz de su Salvador.

Bien lejos de poder imitaros en las virtudes, tengo una gran consolación de poder imitaros en los tormentos; esto me los hace no sólo soportables, mas aun amables; y así, Jesús mío, quiero padecerlos en contemplación de los vuestros; y para hacerlos más meritorios quiero unirlos a todo lo que padecisteis por mí en vuestra vida y en el monte Calvario.

Llagas sagradas de mi Salvador, consentid que os bese; purificad mis labios de las quejas que os dieron, cuando debían sólo bendeciros porque permitíais mis trabajos.

Corazón adorable de mi Jesús, cuanto más crezcan mis aflicciones, más os uniré a mi pecho, esperando que haréis participar a mi corazón de vuestra fortaleza, y de la generosidad de vuestros sentimientos. Vos seréis mi refugio en las adversidades, y el firme asilo donde aprenderé a soportarlas.

¡Oh Cruz de mi Dios!, vos sois mi salvación; ¿cómo dejaré de abrazaros con placer? y aunque parecéis horrorosa a los ojos de la naturaleza, sois amabilísima mirada con los ojos de la fe. Acaba, a costa de mi salud, de mi reputación, de mis bienes y de mi vida, la grande obra de mi satisfacción. Vos sois el milagro de la fuerza del Omnipotente, el prodigio de su sabiduría y de sus misericordias; Vos seréis mi esperanza, mi amparo y mi gloria; quiero vivir y morir en vuestros brazos como víctima del Señor.

¡Ah! quiera Él purificarla con el fuego de la tribulación, con tal que la consuma al fuego en su amor.