EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA TRES

Gloriamur in tribulationibus. Rom. 5, 3

Mihi absit gloriari, nisi in cruce Domini nostri Jesu-Christi. Gálatas 6, 14

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Os alabamos y glorificamos en medio de nuestras tribulaciones.

No permitáis Señor, que yo me gloríe de otra cosa, que de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

 

La cruz que Dios me ha enviado es un don precioso de su mano, y el único que me da motivo de gloriarme. ¡Qué gloria en efecto!

En el instante en que el Padre celestial me hace entrar en participación de la Cruz de su Hijo, si acierto a llevarla con resignación y humildad, me encuentro hecho a sus ojos un objeto de ternura y complacencia.

Este divino Hijo fue su Hijo amado: Filius dilectus, porque se sujetó a nacer en la pobreza, a vivir en la ignominia, y a morir con aquel género de muerte que fuere más del agrado de su Eterno Padre.

Si participo de sus sufrimientos, me hago del número de aquellos bienaventurados de que habla San Pablo, que ha predestinado el Eterno Padre, para que sean conformes con la imagen de su Hijo; y entonces soy también del número de aquellos que deben regocijarse, como dice San Pedro, porque teniendo parte en los tormentos de Jesucristo, reposa en ellos todo lo que hay de honor, de gloria, de virtud divina, y aun el mismo espíritu de Dios.

Se tiene por un grande honor el poseer alguna parte de las reliquias de los Santos; pero la cruz que yo llevo, cuando me han robado mis bienes, o herido mi reputación, cuando sufro y padezco los males del cuerpo o las penas del espíritu, ¿qué otra cosa es, sino una parte de la cruz del Hijo de Dios, que el mismo Dios se ha dignado enviarme, como un testimonio de su amor, y una señal de predilección?

Esta es la razón por qué San Pablo parece que no se gloría en sus escritos sino de la Cruz del Señor, que tuvo la dicha de llevar; apenas se atreve a hablar de las maravillas que Dios ha obrado en su favor, o por ministerio suyo; y si alguna vez habla del asunto, no es sino para humillarse y confundirse; ¿pero qué extremos de alegría no manifiesta, cuando trata de sus sufrimientos, y de los trabajos que padeció por Jesucristo?

Jamás conquistador alguno se ha gloriado tanto de las palmas que ha merecido por sus victorias, como San Pablo de las cadenas que había sido cargado. Es verdad que Pablo es el Apóstol de las Gentes, el vaso de elección, y una de las fuertes columnas de la Iglesia; pero nada encuentra en esto que le dé motivo de elogiarse, antes bien se admira de que Dios se haya servido de un instrumento tan flaco para repartir por el universo los tesoros de su gracia; pero Pablo es hecho prisionero por el Señor, prisionero por Jesús.

¡Y qué objetos tan viles son a sus ojos todas las riquezas y todos los honores de la tierra! Bajo el peso de las cadenas que le agobian San Pablo es rico, es Rey, y es todo la que quiere ser; mira el estado en que se halla, como más dichoso y digno de preferencia que la posesión de todos los Imperios.

Yo veo que todos los Santos han puesto su felicidad y su gloria en llevar la Cruz de Jesucristo, y que a imitación de su Maestro hubieran preferido una corona de espinas a todas las coronas de este mundo.

San Paulino no hubiera trocado el estado de esclavitud, a que se había reducido voluntariamente por el del señor a quien servía; y Santa Rosa de Lima no hubiera dado por una diadema la corona punteada que llevaba debajo de su velo.

Ha sido tan grande y excesivo en algunos Santos el amor de padecer y sufrir por Jesucristo, que llegó hasta desear que se les dilatase la dicha de ir al Cielo, sólo por gozar más largo tiempo en esta vida de la gloria de un cristiano, que participa de la cruz del Señor.

Si alguno, decía San Juan Crisóstomo, si alguno me diere a escoger entre todo el Cielo y la cadena con que fue ligado San Pablo, juzgaría la cadena digna de preferencia.

Por lo que a mí toca, Señor, bien conozco que hasta aquí he sido semejante a Simón Cireneo, a quien los Judíos obligaron por fuerza a llevar vuestra cruz. ¡Ah! si él hubiera conocido su dicha, ¿hubiera sido necesario violentarle? Y si yo conociese la mía, ¿encontraría alguna cosa en este mundo más digna que ella?

Por vuestra gracia, Señor, sostened mi debilidad y mi flaqueza; es verdad que no he tenido valor para ofrecerme voluntariamente a llevar vuestra cruz; pero puesto que queréis que yo la lleve, estoy conforme, y me someto humildemente a vuestra santa voluntad, y como me exhorta el Apóstol San Pedro, me doy el parabién, porque tengo parte en vuestros sufrimientos (I. Petr. 4).

Cuanto más gozo tenga en esta vida en llevar vuestra cruz, tanto más participaré, como dice vuestro Apóstol, de aquel cúmulo de alegría que experimentaran vuestros siervos, cuando se les manifieste vuestra gloria.

No quiero ni deseo otra ambición que la de llegar cuanto antes a aquel glorioso campo, en el que vuestros combates, vuestras victorias y vuestros infinitos méritos os elevaron en la eternidad.

¡Oh ejemplar adorable! Sostenido con vuestro socorro, yo también quiero combatir, vencer; subir al calvario, y ser crucificado como Vos.

La naturaleza, es verdad, tiene horror al sufrimiento, y esta resolución que yo abrazo me hace naturalmente estremecer, pero espero que vuestra Cruz renovara en mí el prodigio que se obró por la virtud milagrosa de aquel madero que arrojó Moisés en las aguas del Mara, haciéndolas en un instante por este medio dulces y agradables.