EL ESPÍRITU CONSOLADOR

O REFLEXIONES SOBRE

ALGUNAS PALABRAS DEL ESPÍRITU SANTO,

MUY PROPIAS PARA CONSOLAR

LAS ALMAS AFLIGIDAS

 

DÍA PRIMERO

Venite ad me, omnes qui laboratis et onerati estis, et ego recifiam vos. Matth. 11, 28 II.

Quomodo si cui mater blandiatur, ita ego consolabor vos. Isai. 66, 13

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¡Oh, vosotros, los que trabajáis y os sentís cargados con el peso de vuestras miserias! venid a mí, que yo os aliviaré.

Así como una madre tierna acaricia a sus hijos, así yo os consolaré.

 

Este mundo es como un grande y vasto calvario, en el que cada uno tiene su cruz. No es sólo el pobre, cubierto de llagas, el que puede decir como el Santo Job, que le es pesada la vida y que mira con tedio el vivir; los grandes de la tierra, los monarcas, el mismo Salomón confiesa en el libro del Eclesiastés las tribulaciones de su alma, pues llegó a decir que aborrecía la vida. Las lágrimas, dice él mismo, anunciaron mi entrada en el mundo, y las he derramado casi sin cesar en todo el tiempo de mis lastimosos años; bien amargas las derramo en este estado, a que Dios fue servido reducirme, y las derramaré hasta dar el último suspiro. En esta necesidad de padecer, inevitable a todos los hombres, ¿quién me dará consolación?

Ciertamente no la hallaré en aquellos que se dicen mis amigos; porque luego que empecé a verme infeliz, casi todos creyeron que tenían derecho a desconocerme. Mi desgracia los separó de mí, y desamparándome, no me dejaron en su abandono más que el vivo sentimiento de haber dado crédito a su amistad, y haberlos tenido por amigos fieles. Ciertamente no me amaban a mí, sino a mi felicidad.

Mas aun aquellos, que en mi triste situación me visitan, ¿qué discursos son los que me hacen? Discursos vagos que dejan en mi corazón todo el peso de amargura que lo oprime; discursos que no sirven sino para renovar las mismas llagas que desean curar, y aun algunas veces son discursos tales que, procurando aliviar mis dolores, sólo sirven para despertar mi cólera contra quien me los causó; discursos, por fin, como el Santo Job oía de la boca de sus amigos, de quienes decía, que hablaban mucho, y no lo consolaban de modo alguno, ni eran más que unos consoladores importunos.

Mas, al menos, ¿hallaré algún socorro en mi propia razón? No. Conozco, como el Santo Job, que no puedo hallar en mí cosa alguna que me alivie y me consuele; los males de esta vida, particularmente cuando son vivos y penetrantes, no los puede aliviar la razón; lo que hace es aumentarlos con sus reflexiones; y conozco que, cuanto más reflexiono, más padezco, y entre todos los infelices, aquel que medita más sobre el grado de su infelicidad, es el más desgraciado.

La razón me dice, que estando las cosas de este mundo sujetas a mil mudanzas, no debo admirarme, ni afligirme de que me huyan; mas con todo este conocimiento, sé que amaba esos bienes, y que los perdí. La propia razón me dicta que el sabio, aun en los más tristes sucesos, debe ser como una roca que no se abate, y que está constante; pero esta bella máxima no arranca de mi corazón sus penas ni sus sentimientos.

Finalmente, ¿procuraré el alivio de mis males en los placeres y divertimientos del mundo? ¡Ah! que estos placeres y diversiones tienen por efecto los remordimientos que aumentan más el dolor y la aflicción. Además, que ellos pasan, y la aflicción, suspendida por algunos instantes, vuelve muy aprisa con la misma y aun con mayor amargura; por otra parte, en este mundo hay muchas penas y tribulaciones, a las cuales aun los divertimientos más agradables no causan la menor complacencia, y lo que divierte a otros, es tal vez para mí una nueva pena, que me priva hasta del desahogo de mis suspiros, y en el mismo instante en que se acaba la diversión, mi dolor reprimido procurara vengarse bien en la soledad de aquellas pocas horas en que no puedo mortificarme.

¿Qué me resta luego? ¿Quedaré sin remedio a mis penas? No. Dios puede ser mi verdadero consolador en las tribulaciones. Él me convida en los libros Santos para que recurra a Él con toda confianza.

En ellos me dice: Venid a mi vosotros todos los que padecéis; venid, decidme vuestras penas, yo las remediaré; yo tendré, con respecto a vosotros, los cuidados de una amorosa madre, que ve llorar su hijo entre sus brazos.

Él se llama el Dios de paz y de toda consolación porque a la verdad, solo en Él puede hallar el alma afligida y atribulada la consolación y la paz.

El profeta David confiesa con agradecimiento que Dios, en sus tribulaciones, había proporcionado su socorro a sus necesidades, y las consolaciones a sus penas; del mismo modo hallaron los Santos en su padecer tan grande consolación que se vieron obligados a manifestarla, cuando nos hicieron en sus escritos la narración honrosa de sus martirios; y esto es, mi Dios, porque viendo Vos que ellos no procuraban en sus males consolaciones humanas, derramabais sobre ellos una unción divina, que hacía infinitamente agradables los mismos males.

¡Ah Señor! dignaos derramar la misma unción sobre los míos, que ella bastara para hacerlos más apreciables. Yo no quiero otro consolador sino a Vos; así es, que aunque padezco mucho, no desahogaré mis penas sino en vuestra presencia, y a vuestros pies. No rehúso la cruz que ponéis sobre mis hombros; mas os pido la gracia por vuestro amor.

Iluminad mi entendimiento, para que conozca bien el beneficio que me hacéis cuando me afligís; llenad mi corazón de aquella santa y divina unción, que en medio de las mayores aflicciones hace gozar de aquella suavidad que no da el mundo, ni jamás la conoció; de aquella unción que hace hallar la bonanza en medio de la tempestad, que hace recoger, sirviéndome de las palabras de San Agustín, hasta en los espinos, aquellas rosas inmortales con que me queréis coronar en la eternidad.