Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón en la fiesta de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago

Sermones-Ceriani

SANTOS APÓSTOLES FELIPE Y SANTIAGO

No se turbe vuestro corazón: creéis en Dios, creed también en Mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; y si no, os lo habría dicho, puesto que voy a preparar un lugar para vosotros. Y cuando me haya ido y os haya preparado el lugar, vendré otra vez y os tomaré junto a Mí, a fin de que donde Yo estoy, estéis vosotros también. Y del lugar adonde Yo voy, vosotros sabéis el camino. Le dijo Tomas: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, sabremos el camino? Jesús le replicó: Soy Yo el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí. Si vosotros me conocéis, conoceréis también a mi Padre. Mas aun, desde ahora lo conocéis y lo habéis visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y esto nos basta. Le respondió Jesús: Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y tú no me has conocido, Felipe? El que me ha visto, ha visto a mi Padre. ¿Cómo puedes decir: Muéstranos al Padre? ¿No crees que Yo soy en el Padre, y el Padre en Mí? Las palabras que Yo os digo, no las digo de Mí mismo; sino que el Padre, que mora en Mí, hace Él mismo sus obras. Creedme: Yo soy en el Padre, y el Padre en Mí; al menos, creed a causa de las obras mismas. En verdad, en verdad os digo, quien cree en Mí, hará él también las obras que Yo hago, y aun mayores, porque Yo voy al Padre y haré todo lo que pidiereis en mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Dos buenos testigos de la Resurrección de Nuestro Salvador se presentan hoy a nuestra meditación: San Felipe y Santiago vienen a afirmarnos que su Maestro resucitó verdaderamente de entre los muertos, que le vieron, que le tocaron, que vivieron con Él durante cuarenta días.

San Felipe, según la Tradición, predicó a los escitas; y se cree que murió en Hierápolis de Frigia. Documentos antiguos dan testimonio de que fue martirizado en tiempo de Domiciano o de Trajano.

Santiago fue llamado el “hermano del Señor” por el parentesco que unía a su madre con la de Jesús. Sabemos por el Apóstol San Pablo que el Salvador resucitado favoreció a Santiago con una aparición particular. Tal distinción se debió, sin duda, a una fidelidad especial de este discípulo para con su Maestro. Fue constituido primer Obispo de Jerusalén; y fue tan grande la fama de su santidad que en esa ciudad todos le llamaban el Justo.

Podemos penetrar en el alma pura y tranquila del Santo Apóstol leyendo la admirable Epístola con la que nos sigue instruyendo.

Las reliquias de San Felipe y Santiago descansan en Roma, en la Basílica llamada de los Doce Apóstoles. Constituyen uno de los tesoros más sagrados de la Ciudad Santa.

Las reliquias de San Felipe fueron traídas siendo Papa Pelagio I (560), el 1º de mayo, día en que se celebraba la dedicación de dicha Iglesia; las de Santiago fueron trasladadas poco más tarde.

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La fiesta de hoy se desarrolla totalmente dentro del espíritu del tiempo pascual. De ordinario, nos está preparando la Iglesia durante estos días para la fecha memorable de la Ascensión: Jesús se está despidiendo de nosotros. En ese ambiente nos coloca el Evangelio de la fiesta de hoy.

No se turbe vuestro corazón. Estamos en torno a Jesús, quien con palabras llenas de bondad trata de consolarnos en la persona de sus Apóstoles.

Tal vez ninguno de los pasajes del discurso de despedida del Señor posea un tinte melancólico más marcado que el presente. Pero no menor es el consuelo que sabe suministrar.

No se turbe vuestro corazón —nos dice Jesús—; voy a prepararos un lugar en la Casa de mi Padre, y cuando habré ido y os habré preparado el lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo…

No se turbe vuestro corazón… Confianza… Creéis en Dios y creed en Mí…

¿Podrían inventarse expresiones más tiernas, dulces y consoladoras?

Mientras peregrinamos por este mundo, Nuestro Señor nos está construyendo una mansión en los Cielos.

Y ¿sabemos con qué materiales? Con los que nosotros le prestamos: con nuestros sacrificios.

Pasemos, pues, por este mundo con la vista fija en los Cielos, donde está Nuestro Señor, y con la única preocupación de procurarle aptos materiales para la morada que nos ha de servir de descanso por toda la eternidad.

Si hasta el presente no hemos mirado con estos ojos nuestra existencia, modifiquemos nuestra actitud y volvamos al verdadero concepto de la vida.

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Dice San Agustín: No fuera que sus discípulos, como hombres, temieran la muerte de Cristo y se turbasen, los consuela asegurándoles que Él también es Dios. Y dijo a sus discípulos: No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. Como diciendo: Es consecuente que si creéis en Dios, creáis también en mí; cosa que no sería consecuente, si Cristo no fuese Dios. Teméis la muerte para esta forma del siervo. No se turbe vuestro corazón; la forma de Dios resucitará aquella forma.

Ante su partida Cristo les levanta el optimismo: que no haya turbación. Pues creéis en Dios, creed también en mí; que esa fe en Él se mantenga y aumente en su ausencia, a pesar de que van a presenciar su muerte de Cruz; que crean en Él como en el Hijo de Dios.

Y enseña San Juan Crisóstomo: La fe que tenéis en mí y en mi Padre que me engendró es más potente que todos los acontecimientos que sobrevengan. Ningún trabajo puede nada contra ella. De esta suerte, manifiesta el poder de la divinidad, que ponía en evidencia los pensamientos que estaban latentes en sus almas, diciendo: No se turbe vuestro corazón.

El mandato simultáneo de la creencia en Dios y en Jesucristo, bajo igual condición, implica, pues, la divinidad de Cristo.

Asentado este tema, les hace ver que su partida, que va a ser por la muerte de cruz, no es una catástrofe. Él se va a la casa de su Padre, el Cielo, donde hay muchas moradas.

Esto les hace ver ya la solicitud por ellos, pues va a prepararles el lugar. La razón de esta preparación es que nadie podía ingresar en el Cielo hasta que lo hiciese la humanidad de Cristo resucitado, ya que Él es la primicia de toda la humanidad.

Pero Cristo no sólo va a prepararles el lugar, sino que, después de dejar preparado el Cielo a los hombres con su ingreso en el mismo, anuncia su retorno para venir a llevarlos con Él a su morada.

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Mientras el Divino Maestro hablaba con sencillez admirable de cosas tan elevadas, los discípulos fruncían el ceño. No se atrevían a interrumpirle; el momento era de demasiada gravedad.

Mas al decirles Jesús: Ya sabéis a dónde voy, y sabéis asimismo el camino, Tomás, con su natural impetuosidad, rompe el silencio de los doce y le replica: Señor, si no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

Y Jesús responde: Yo soy el camino, y la verdad y la vida.

San Agustín comenta: Jesús había dicho que sabían ambas cosas. Tomás asegura que las ignora ambas, pero no sabe que falta a la verdad. Luego sabían, e ignoraban que sabían. Jesús los convenció de que sabían esto: “Díjole: Yo soy el camino, y la verdad y la vida“.

Como diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el camino. ¿A dónde quieres ir? Yo soy la verdad. ¿En dónde quieres permanecer? Yo soy la vida.

Todo hombre puede comprender la verdad y la vida, pero no todos encuentran el camino. Mas el Verbo de Dios, que con el Padre es verdad y vida, se hizo el camino tomando la humanidad. Camina por esta humanidad para llegar a Dios, porque preferible es tropezar en este camino, a marchar fuera de la vía recta.

Para consolar en su partida a sus Apóstoles, les dice Jesús adónde va; y, por continuidad lógica, les dice cuál es el camino para ir a donde Él se dirige.

Pero Tomás, en nombre de todos, dice que ignoran el camino. Y Nuestro Señor le hace la gran declaración: Él es el camino, la verdad y la vida.

San Hilario explicita de excelente manera: Aquel que es el camino, no puede llevarnos por lugares extraviados; ni engañarnos con falsas apariencias el que es la verdad; ni abandonarnos en el error de la muerte el que es la vida.

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Jesús es el camino único para ir al Padre.

Él mismo dijo: Nadie viene al Padre sino por Mí.

Es el único Mediador entre el Padre y la humanidad pecadora. Su preciosísima Sangre nos reconcilió con la Divinidad ofendida.

Por Él tenemos acceso al Todopoderoso. Per ipsum, et cum ipso, et in ipso. Por Él, con Él y en Él sube nuestro cántico de gloria a las alturas, cobran precio nuestras insignificantes obras meritorias.

Jesús es la verdad que ilumina las almas y las adiestra en el camino de la vida espiritual.

No sólo enseña la verdad, sino que Él mismo es la Verdad consubstancial, el Verbo del Padre.

Jesús es la vida.

No hay vida sobrenatural sin Jesús.

Él es quien vivifica con su espíritu nuestras almas. Vivimos como de las sobras de su vida. De cujus plenitudine omnes nos accepimus; de cuya plenitud hemos participado todos nosotros.

Ponderemos estas ideas, porque ellas poseen un poder extraordinario. Nos iluminarán y nos inflamarán en santos afectos.

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San Juan Crisóstomo explica las siguientes palabras de Nuestro Señor: No siendo posible ir por otro camino, y habiendo dicho antes Nadie puede venir a mí, si mi Padre no lo trajere, diciendo ahora que Nadie puede llegar al Padre sino por mí, iguala consigo mismo al que lo engendró. Les dijo Sabéis a dónde voy, y sabéis el camino; y manifiesta la razón que tuvo al decirles Si me conocieseis a mí, conoceríais también a mi Padre. Como diciendo: Si conociereis mi sustancia y mi dignidad, conoceríais también la de mi Padre. Porque, aunque lo conocían, no era como convenía; hasta que después, con la venida del Espíritu Santo, lo conocieron de una manera perfecta. Por esta causa continúa: Ahora le conocéis (se refiere a la cognición intelectual), y le habéis visto (por mí), manifestando que quien a Él ve, ve al Padre. Pero lo vieron no en su esencia pura, sino velada por la carne.

De ese conocer al Padre y al Hijo se sigue que también han de saber que están el uno en el otro.

¿De qué modo?

Podría pensarse que por la unión vital e inmanencia del uno en el otro, por razón de la Persona divina de Cristo. Pero seguramente se refiere al Verbo encarnado, como San Juan lo considera en el Evangelio.

Y así el Padre está presente en Él, aparte de otras presencias, por las obras que le da a hacer.

El mismo Jesús dice en un texto, que es la mejor interpretación de éste: Si no me creéis a mí, creed a las obras (milagros), para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí y Yo en el Padre.

El Padre está en el Hijo por la comunicación que le hace; y el Hijo está en el Padre por la dependencia que su humanidad tiene de Él para realizar los milagros.

Por último, para la garantía de esta mutua presencia y de la verdad de que quien lo ve a Él ve al Padre, remite a las obras que el Padre hace en Él.

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Quien me ve, ve también al Padre.

El Señor ha dicho a Tomás que Él es el camino, y que la meta de dicho camino es el Padre.

Con la intervención del Dídimo en el discurso de Jesús cobró, pues, ánimos Felipe, y le interpeló a su vez: Señor, muéstranos al Padre, y esto nos basta.

La respuesta del Maestro es una frase de aflicción y queja: Tanto tiempo que estoy con vosotros y aun no me habéis conocido. Felipe, quien me ve, ve también al Padre.

El Señor proclama aquí su unidad consubstancial con el Eterno, su divinidad; y se queja de que sus discípulos anden tan a ciegas acerca de un punto tan importante en el Reino de Dios.

San Hilario explica de este modo: La novedad de lo que oía conmovió al apóstol Felipe: es visto como hombre, se proclama Dios, y afirma que, conocido Él, es conocido el Padre, y que habiéndolo visto a Él se ve al Padre. Felipe prorrumpió con la familiaridad propia de los apóstoles: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta. No le dice que no lo haya visto, sino que le pide le sea mostrado; no le pide que lo muestre a la manera de una visión corporal, sino que le explique de qué manera habría de entender lo que ha visto. Había contemplado al Hijo a través de la humanidad, pero ignora cómo ver al Padre por el Hijo. Y así, para demostrar que lo que él quería no era una explicación del modo de ver, sino de cómo entender, dice: Y nos basta.

Y Jesús reprende al apóstol que está ignorante en el conocimiento. Las cosas que Él obró eran propias de Dios: caminar sobre las olas, mandar a los vientos, perdonar pecados, resucitar a los muertos… De ésto nace toda la reprensión, porque aún no había sido conocida la naturaleza divina en la carne humana. Por esto, cuando le pide que le muestre al Padre, responde: Felipe, el que a mí me ve, ve también al Padre.

San Agustín completa la explicación: Así solemos hablar de dos cosas muy semejantes: ¿Has visto aquéllo? Pues también has visto ésto. Y en la misma forma se dice: Quien me ve a mí, ve a mi Padre. No porque Él sea a la vez Hijo y Padre, sino porque el Hijo no podía diferenciarse en nada de la semejanza de su Padre.

El Padre es conocido por medio del Hijo a causa de la unidad de la esencia.

Mas si el Señor reprendía al discípulo, es porque veía la intención del que pedía, dado que Felipe quería conocer al Padre porque lo suponía superior al Hijo; y de esta manera desconocía al Hijo, creyendo que hubiese algo mejor que Él. Para poner un correctivo a esta sospecha, dijo: ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Como diciendo: Si para ti es demasiado entender ésto, por lo menos cree lo que no entiendes.

El Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre por la generación de una naturaleza viviente a partir de otra viviente.

Así pues, Dios no es engendrado de otro sino de Dios mismo. Y no desmiente su naturaleza el que de un Dios inmutable sea engendrado un Dios inmutable.

Concebimos en Él la naturaleza subsistente de Dios, cuando Dios está en Dios sin que haya fuera de Dios otro Dios.

San Juan Crisóstomo termina de explicar: Felipe quería contemplar aquí con los ojos carnales al Padre, porque de la misma forma creía ver al Hijo, y por esta causa dice: Muéstranos al Padre. El Señor no le contesta: es imposible lo que pides, sino que demuestra que no ha visto ni al Hijo, porque, si hubiera podido ver a Éste, hubiera visto a Aquél. De aquí que diga: ¿Tanto tiempo he estado con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve, ve también a mi Padre, etc.

No dice: no me habéis visto, sino no me habéis conocido, bajo el concepto de que el Hijo, permaneciendo igual al Padre, manifiesta muy convenientemente en sí mismo a Aquél que lo engendró.

Después, distinguiendo las personas, dijo: El que me ve, ve a mi Padre, para que nadie diga que el mismo Hijo es también el Padre.

Quiso representar la unidad de esencia de esta manera: Quien ve mi sustancia, ve la que es del Padre.

Por donde claramente se deduce que no es creatura, porque al ver la creatura, no todos ven a Dios.

Mas Felipe quería ver la sustancia del Padre, y si Jesús hubiera sido de distinta sustancia, no hubiera dicho: El que me ve a mí, ve a mi Padre, porque ninguna esencia aparece en otra esencia diferente.

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Para terminar, oigamos las quejas que Jesús nos dirige:

Tantas veces he descendido a morar en ti, ¿y aún no me conoces?

¿Aún no conoces los secretos de mi gobierno en las almas?

¿Aún no has logrado desaparecer tú, para que viva Yo en ti?

Quien me ve a Mí, ve a mi Padre. Tienes en tu corazón el camino que conduce al Padre; y ¿cómo andas aún envuelto en tinieblas?

Soy la vida, y, no obstante, tu vida se mueve tan mísera y tan lánguida…

Escuchemos tan justas quejas, y procuremos consolar al Corazón amante que las pronuncia.

Incomprensible es, a la verdad, la ceguera de los Apóstoles…

Sin embargo, ¿no merecemos, nosotros, en muchísimas ocasiones igual reprensión que la que el Señor dirigió a Felipe?

Tanto tiempo que estás conmigo —podría decirnos Jesús—, y ¡cuán poco entiendes el Reino de Dios!

Una pequeña tribulación te acobarda, si no te subleva. ¿No estás dando con ello prueba de tu desconocimiento de los secretos de mi Corazón?

¡Y cuántas reprensiones semejantes oiríamos de labios de Jesús, si nos acercásemos al Sagrario y escuchásemos en silencio su voz!

Resolvámonos a consolar el Corazón afligido de Nuestro bondadoso Señor…

No le demos más motivos de queja…