EL ERMITAÑO URBANO: SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT

28 de abril

 1716 – 2016

300º ANIVERSARIO DE SU MUERTE

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SU JUVENTUD

Luis María Grignion nació en Francia, el 31 de enero de 1673, en el pueblito de Montfort, situado al oeste de Rennes, en la Bretaña. Era el mayor de los hijos que sobrevivieron a la numerosa familia de Juan Bautista Grignion y de su esposa Juana Robert.

Luis María pasó casi todos sus primeros años y su primera infancia en Iffendic, a algunos kilómetros de Montfort, en donde su padre había comprado una finca conocida con el nombre de “Le Bois Marquer”. Según las personas que lo conocieron desde pequeño, ya manifestaba una madurez espiritual poco común a su edad.

A la edad de 12 años entró en el colegio de los jesuitas de Santo Tomás Becket, en Rennes; ahí se destacó como buen estudiante y acentuó ciertas líneas de fuerza que más tarde marcaron su vida. Los relatos que hablan de la vida de un sacerdote del lugar, el Padre Julián Bellier, misionero itinerante, encienden su ardor por la predicación de misiones. Guiado por otros sacerdotes, cultivó una viva devoción a la Santísima Virgen. Al mismo tiempo, comenzó a sentir las necesidades de los marginados y a manifestarles cada vez más un afecto y una solicitud, no sólo en teoría sino también de una manera concreta.

Durante los años de estudio, sintió la llamada al sacerdocio. Al terminar sus estudios medios, comenzó los de filosofía y teología, siempre en el colegio de Santo Tomás de Rennes. Entre tanto, gracias a un benefactor, pudo completar sus estudios en el célebre Seminario de San Sulpicio, en París. Se había puesto en camino rumbo a la capital hacia el fin del año 1693.

PREPARACIÓN AL SACERDOCIO

Al partir de Rennes y en el umbral de una nueva vida, Luis María fue autor de un pequeño drama que manifiesta el estilo de vida que en adelante había resuelto abrazar. Su familia le había ofrecido un caballo para ir a París, pero lo rehusó; su madre le dio un vestido nuevo y su padre le hizo un regalo de 10 escudos para los gastos del viaje. Algunos miembros de la familia le acompañaron hasta Cesson, en donde la ruta para París pasa sobre el río de la Vilaine. Aquí le dieron la última despedida. Después de haber franqueado el puente, Luis María aprovecha la primera oportunidad para regalar sus diez escudos, cambiar su vestido nuevo por el de un mendigo. Prosiguió el camino resuelto desde entonces a vivir cerca de los pobres y a contar sólo con la Providencia para subvenir a sus necesidades.

Al llegar a París, constata que su benefactor no había provisto el dinero necesario para permitirle entrar en el colegio llamado el “Pequeño San Sulpicio”. Este colegio, vinculado al seminario pero separado de él, estaba destinado a acoger a los estudiantes pobres. Se hospedó en diversas pensiones de familia dirigidas por los sulpicianos. El alimento era mediocre y el alojamiento exiguo. Seguía los cursos de teología de la Sorbona. Con un ardor quizás exagerado por la penitencia, añadió sus propias mortificaciones a las de una vida austera; pero no habían transcurrido aún dos años cuando tuvo que hospitalizarse en el hospital ‘Hotel de Dios’. Casi de milagro se repuso de la enfermedad y de las sangrías que le hicieron. Pero más milagroso aún fue el hecho que al salir del hospital tuvo la sorpresa de saber que tenía cupo en el Pequeño San Sulpicio. Entró ahí en julio de 1695.

San Sulpicio había sido fundado por Jean-Jacques Olier, uno de los maestros de la llamada “Escuela francesa de espiritualidad”. Ahí se ponía el acento en el misterio de la Encarnación y en el lugar de María Santísima en el designio divino de salvación. Era el lugar ideal para que San Luis María desarrollara los temas de su espiritualidad personal. Había, sin embargo, otros aspectos de la espiritualidad sulpiciana menos atrayentes para él: la tendencia a colocar al clero en un pedestal a tal punto que los sacerdotes corrían el riesgo de “instalarse” y caer en la autosuficiencia. Durante el tiempo que pasó en San Sulpicio tuvo ocasión de estudiar la mayor parte de las obras de espiritualidad entonces disponibles, particularmente las concernientes al lugar de María Santísima en la vida cristiana. Para esto aprovechó muy bien su cargo de bibliotecario. Tuvo también tiempo para perfeccionar su enseñanza del catecismo sobre todo entre los jóvenes marginados de la parroquia de San Sulpicio.

En junio de 1700 fue ordenado sacerdote. Algunos días después celebró su primera Misa en el altar de la Santísima Virgen en San Sulpicio. Permaneció aún en París algunos meses antes de lanzarse al ministerio sacerdotal.

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Ordenado sacerdote, se le encomendó primero ejercer su ministerio en la Comunidad de San Clemente, en Nantes. Como lo aseveran sus cartas de esta época, se sintió frustrado porque no encontró ahí suficiente ocasión de predicar como se sentía llamado a hacerlo. Examina varias opciones, incluso la de hacerse eremita, pero se convencía cada vez más que Dios le llamaba a “predicar misiones a los pobres”. Soñaba ya, en ese entonces, fundar para esta finalidad “una pequeña compañía de sacerdotes agrupados bajo el estandarte de la Santísima Virgen”. Al cabo de algunos meses, la Sra. de Montespan, antigua favorita, convertida, del Rey Luis XIV que había encontrado en París, le persuadió de irse a Poitiers. Aunque no muy a gusto, puesto que no se creía llamado a “encerrarse en un hospital”, aceptó el cargo de capellán del llamado “Hospital General”. Este era una especie de asilo en donde se encerraba a los indigentes para sustraerlos de la mirada del público. Luis María se entregó con todo entusiasmo y generosidad al servicio de estos pobres. Parece que las reformas que quiso promover en el establecimiento le atrajeron dificultades con las autoridades. Partió entonces para París hacia la Pascua de 1703.

El año siguiente fue muy penoso para él. Se juntó al equipo de capellanes de la Salpétrière, el primer “Hospital General” fundado por san Vicente de Paúl. Pero, al cabo de pocas semanas, por razones que desconocemos, le obligaron a partir. Comienza entonces para él un período en el cual es rechazado por casi todos sus amigos y conocidos. Como ha acontecido con otros santos, parece que su extraordinaria santidad era un reproche para quienes no se sentían capaces de tomar el Evangelio al pie de la letra. Se le acusaba de orgullo y ceguera. Durante casi un año vivió en un alojamiento muy pobre de la Rue du Pot de Fer, sin amigos y sin ministerio preciso. Esta permanencia le brindó, sin embargo, la ocasión de meditar más profundamente en Jesucristo, manifestación de la Sabiduría de Dios. En esta época probablemente escribió el “Amor de la Sabiduría Eterna”.

Los pobres de Poitiers, sin embargo, no le habían rechazado. Le escribieron para pedirle que retornara. De acuerdo con el obispo, regresa a Poitiers como Director del “Hospital General”. De nuevo emprendió la reforma del establecimiento. Para este propósito fue ayudado por una joven, María Luisa Trichet, que se sentía llamada a ser religiosa y a entregarse al servicio de los pobres. Luis María la persuade que venga a trabajar con él en el “Hospital General”, en donde más tarde se le juntará otra joven: Catherine Brunet. Después de varios años de espera, estas dos jóvenes llegaron a ser las primeras Hijas de la Sabiduría.

Luis María continuaba suscitando la oposición por sus reformas. Después de algunos meses, el obispo y María Luisa le persuaden de abandonar el Hospital por segunda vez. Comenzó a predicar misiones en Poitiers y sus alrededores. Sentía así estar haciendo el trabajo que Dios le requería. Una de sus primeras misiones la predicó en los suburbios de Montbernage. El procedimiento empleado ahí caracterizaría después muchas de sus misiones: la invitación a renovar las promesas del Bautismo, las procesiones y liturgias animadas que atraían a los cristianos de los cuales nadie se había ocupado en el pasado. Pero sus éxitos parece que suscitaron la envidia de los que gozaban de la confianza del obispo. Al inicio de la cuaresma de 1706 le prohibieron predicar más misiones en la diócesis de Poitiers.

¿Qué haría? Pues se convencía cada vez más que su vocación era predicar misiones y, no obstante, el obispo le impide hacerlo. Entonces sueña con orientarse hacia las Misiones en el Extranjero, pero antes requería pedir consejo a quien correspondía. Se pone entonces en camino a Roma para hacer una peregrinación y pedir el parecer del Papa Clemente XI. El Papa reconoció su auténtica vocación y, después de decirle que en Francia tenía un campo de apostolado suficientemente vasto, le envía a su país natal con el título de Misionero Apostólico. De regreso a Francia, Luis María se dirige primero al Monte San Miguel para hacer ahí un retiro antes de buscar en la Bretaña un campo de apostolado en donde desplegar su celo misionero.

 MISIONES EN LA BRETAÑA

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El Calvario de Pontchâteau, antiguo grabado

Después de su retiro en el Monte San Miguel, Luis María se puso a buscar un equipo de misioneros dirigido por uno de los más célebres misioneros bretones, el Padre Leuduger. Los encontró en Dinan y fue aceptado como miembro del equipo. Durante algunos meses predicó con el equipo varias misiones en las Diócesis de Saint-Malo y Saint-Brieuc. Una de ellas fue en Montfort, su pueblo natal; otras en Plumieux y en la Chèze en donde renovó una antigua capilla en ruinas dedicada a Nuestra Señora de la Piedad. En las ciudades en donde se hacían las misiones, había siempre preferencia por los barrios más pobres. Ahí lanzaba siempre iniciativas para socorrer a los pobres, como por ejemplo la sopa popular en Dinan.

Pero, parece que no podía lograr su plena medida como miembro de un equipo. Pocos meses después dejará el equipo misionero para ir un año a San Lázaro, a la salida de Montfort, en compañía de dos hermanos que se le habían unido. Se dedicó a enseñar el catecismo a las personas que visitaban el antiguo oratorio, y formó a los dos hermanos en la vida comunitaria. Al cabo de un año, probablemente se dio cuenta de que en otras partes encontraría más ocasiones de predicar misiones. Entonces, se fue a trabajar a la diócesis de Nantes.

Durante dos años predicó misiones en Nantes y sus alrededores. En casi todas tuvo éxito con un buen número de conversiones. Su fama de gran misionero se propagó. La gente sencilla comenzó a llamarlo “el buen Padre de Montfort”. Trataba de prolongar los resultados espirituales de sus misiones con la fundación de cofradías y asociaciones que estimulaban a la gente a permanecer fieles a la renovación de sus promesas bautismales. También erigía calvarios como recuerdos tangibles de las misiones. En Pontchâteau logra la ayuda de miles de personas para erigir un gigantesco calvario como impresionante recuerdo del amor de Dios.

El calvario de Pontchâteau, no obstante, le causaría no pocas decepciones. La víspera de su bendición, el obispo la impidió puesto que había recibido una orden del rey de demolerlo. Este triste acontecimiento de la demolición por orden real era fruto de la envidia y del desquite mezquino. Pero parece también que el obispo no podía hacer otra cosa que refrenar los “excesos” de este sacerdote extraordinario. Pocos días más tarde le impide predicar en su diócesis. Este no fue el único caso, pero fue el más impresionante de todos. Allí Montfort fue invitado a compartir la Cruz de Cristo. Pero él no se deja abatir por esta prueba que más bien le conduce a la reflexión y meditación. El compartirá sus reflexiones en un corto escrito: la “Carta a los Amigos de la Cruz”.

Aunque no le impidieron realizar todo el ministerio en la diócesis de Nantes, para él fue claro que si quería continuar con la predicación, debería emigrar. Invitado por el obispo de La Rochelle, deja Nantes en 1711 y comienza el último período de su vida en el cual predica misiones en toda la diócesis de la Rochelle y Luçon, en la región llamada “Vendée Militaire”.

ÚLTIMOS AÑOS

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Pequeña estatua, que habría sido esculpida por san Luis María, y que llevaba en su bastón

Los cinco últimos años antes de su muerte, en 1716, fueron para Luis María, años de intensa actividad. Estaba constantemente ocupado en predicar misiones. Siempre iba a pie de una misión a otra. Sin embargo, sacó tiempo para escribir el “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”, el “Secreto de María”, las “Reglas de los Sacerdotes Misioneros de la Compañía de María” y las de las Hijas de la Sabiduría, numerosos Cánticos que empleaba en las misiones y hacía cantar con aires populares de la época. Emprendió dos largos viajes, uno a París y el otro a Rouen, para tratar de reclutar miembros para su Compañía de María, con la que soñaba cada vez más cuando se acercaba el término de sus días. De tiempo en tiempo sentía la necesidad de retirarse a un lugar tranquilo y solitario, como el Bosque de Mervent o su pequeña “ermita” de Saint-Eloi cerca de La Rochelle.

Sus misiones ejercieron gran influencia particularmente en la Vendée. Se dice que una de las razones por las cuales los habitantes de esta región, 80 años más tarde, se opusieron fuertemente a las tendencias antirreligiosas y anticatólicas de la Revolución Francesa, fue porque su fe se había consolidado con la predicación de San Luis María. Tuvo, no obstante, dificultad de persuadir a otros Padres para juntársele y trabajar con él como miembros de la Compañía de María. Finalmente en el transcurso de su último año en la tierra, dos sacerdotes, los Padres René Mulot y Adrien Vatel, se le juntaron; también reunió a su alrededor algunos Hermanos que le ayudaban en su labor misionera.

El obispo de la Rochelle, Mons. Etienne de Champflour, fue un gran amigo suyo, aunque había quienes continuaban oponiéndosele e incluso hasta atentar contra su vida. Con el apoyo del obispo fundó escuelas de caridad para los niños pobres de la Rochelle e invitó a María Luisa Trichet y Catherine Brunet, que servían pacientemente en el hospital de Poitiers, a que vinieran a ayudarle. Hicieron por fin su primera profesión religiosa. Así nació la Congregación de las Hijas de la Sabiduría. Pronto otras jóvenes se les juntaron.

En abril de 1716, agotado por el trabajo y la enfermedad, Luis María se va finalmente a San Lorenzo para comenzar a predicar la misión que sería la última. En el transcurso de la misión cayó enfermo y murió el 28 de abril. Miles de personas asistieron a sus funerales en la iglesia parroquial. Poco tiempo después se propagó la noticia de los milagros que acontecían junto a su tumba. Los dos sacerdotes de la Compañía de María, los Padres Mulot y Vatel, se retiraron a Saint-Pompain con algunos Hermanos. Sólo dos años después emprenderían la obra tan querida al corazón de Luis María: la predicación de Misiones.

En 1888 Luis María fue beatificado, y en 1947 fue canonizado por el Papa Pío XII. Las Congregaciones que dio a la Iglesia, la Compañía de María, las Hijas de la Sabiduría y los Hermanos de San Gabriel (congregación que se desarrolló a partir del grupo de Hermanos reunidos por San Luis María), se desarrollaron y propagaron, primero en Francia y después en el mundo entero. Ellas testimoniaron y  prolongaron el carisma de San Luis María y su misión: establecer el Reinado de Dios, el Reinado de Jesús por María.

COFRADÍA DE MARÍA REINA DE LOS CORAZONES

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San Luis María de Montfort escribió el libro intitulado: Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen. En este libro, en el número 227, describe la preparación a la devoción mariana conocida con el nombre de “Consagración total a Jesucristo por las manos de María”, y dice:

Aquellos y aquellas que quieran ingresar en esta devoción particular, no erigida en cofradía, aunque es de desear que lo sea, dedicarán, como he dicho en la primera parte de esta preparación al reinado de Jesucristo, doce días, por lo menos…

En efecto, la primera cofradía que respondía al deseo de San Luis María, fue erigida en 1899 en Ottawa, Canadá, y tenía como nombre: Cofradía de María Reina de los Corazones. El 28 de abril de 1913, el Papa San Pío X confería a la filial de la Cofradía en Roma el título de “Archicofradía” y a ella, desde entonces, debían vincularse todas las demás. En 1955 la Santa Sede estableció una forma especial de Cofradía para los sacerdotes. Hoy en día hay 140 centros de la Archicofradía en el mundo y su sede está en la Casa General de la Compañía de María, en Roma.

Actualmente la Cofradía tiene diversos nombres según los países. En Francia, por ejemplo, se llama, “Fraternité Montfortaine” (Fraternidad Monfortiana), y en Estados Unidos se le conoce con el nombre de “Association of Mary Queen of All Hearts” (Asociación de María Reina de los Corazones). No importa el lugar en donde esté o el nombre que lleve, es reconocida como “verdadera Asociación de los Misioneros de la Compañía de María (Monfortianos)… una ampliación de la comunidad. Alimentados de su espíritu (de la Compañía de María), sus miembros se esfuerzan por mantener y extender su acción apostólica en su situación y según su vocación, para establecer el reinado de Cristo por medio del reinado de María”.

La asociación (Confraternidad) no tiene una estructura jerárquica. Se pide a sus miembros que vivan la consagración, sobre todo las prácticas interiores, como lo indica San Luis María en sus obras.

En estos tiempos difíciles de apostasía y confusión, nada mejor que confiarse a la Santísima Virgen.

Yo ya lo hice y soy todo de Ella.

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