COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

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¡Oh Muerte! ¡Cuánto te temo, cuán asustado me pongo al considerarte por medio de las negras tinieblas de la región donde habitas!

¡Cuánto temo aquellos horribles monstruos, que al salir mi alma del cuerpo harán señal para juntarse en una muchedumbre espantosa, y vendrán a arrebatarla y conducirla ante el Tribunal del Soberano Juez para acusarla en su presencia!

¡Cuánto temo la vista de este Juez terrible, cuyos Ángeles no pueden tampoco sin temblar resistir las miradas!

¡Cuánto me temo, en fin, a mí mismo, viéndome tan desprovisto de buenas obras, y cargado de inmundicia e iniquidad!

Nuestro primer padre no se atrevió a presentarse ante el Ángel que ocupaba el lugar del Señor, porque se veía desnudo: Timui eo quod nudus essem. ¡Oh! ¿Cómo, pues, osaré yo comparecer ante el Dios de Majestad, tan desnudo y vacío de buenas obras como estoy? ¿Pero qué digo? ¿Tan cargado de delitos y cubierto de impiedades como me veo? Operti sunt iniquitate et impietate sua.

¡Oh divino Redentor mío, que habéis instituido el adorable Sacramento de la Eucaristía, no solo para anunciar hasta vuestra última venida vuestra muerte, sino también para suministrarnos los socorros que necesitamos, a fin de prepararnos a la nuestra!, llego a los pies de vuestros Altares a pedir todas las gracias y auxilios que me son convenientes para tener una muerte cristiana y santa.

Vos sois aquí, Jesús mío, nuestra Pascua, por cuya virtud salimos dichosamente del Egipto del siglo presente., somos librados de las manos de nuestros crueles enemigos que corren en pos de nosotros para perdernos, y hallamos camino franco para ir por medio de un mar de dificultades, a la tierra que nos habéis prometido en herencia.

Esto es lo que me obliga a venir a implorar humildemente vuestra asistencia en el peligroso paso que estoy a punto de hacer de la vida presente a la futura; y a pediros con instancia, tengáis a bien darme todas las disposiciones remotas y próximas que me son necesarias para morir santamente.

Haced, pues, os ruego, ¡oh Salvador mío!, que fiel imitador del ejemplo que Vos nos dais, lleve, como Vos practicáis sobre nuestros Altares, una vida enteramente separada de las criaturas, oculta y absorta en Dios; una vida de víctima, que toda se pase en una adoración eterna de las grandezas y perfecciones de vuestro Padre, en un profundo aniquilamiento de mí mismo, en una penitencia y humillación continua por causa de mis pecados, en gemidos perpetuos por mis miserias, en oraciones y súplicas que no acaben por mis necesidades, en una obediencia inviolable a las Voluntades de mi Creador por causa de mis obligaciones, en una privación continua de todos los consuelos de esta vida; siempre muerto al mundo, al pecado y a la concupiscencia; siempre vivo para Dios, a las cosas celestiales y eternas; siempre absorto en la contemplación de las perfecciones de Dios, y siempre consumido por los santos ardores de la Caridad.

Haced que yo esté en el mundo, según Vos estáis en este Sacramento, como si no existiera en él; que yo tenga, a imitación vuestra, ojos sin ver nada de lo que en él pasa, oídos sin entender nada de lo que se dice, lengua sin hablar de lo que se ve, manos sin hacer nada de lo que en él se hace, pies sin correr en seguimiento de lo que en él se busca, en fin un corazón sin amar nada de lo que en él se ama.

Para darme las disposiciones próximas a una santa muerte, concededme, Divino Redentor mío, los socorros por los cuales instituisteis este augusto Sacramento; dignaos venir a mí en Viático antes que salga de este mundo, a fin de alimentar y fortalecer mi alma para el largo viaje de la eternidad, y ser mi guía para conducirla, mi luz para alumbrarla, mi fuerza para sostenerla, mi Protector para protegerla, mi Abogado para defender su causa ante vuestro Padre y conseguirla el perdón; no la dejéis sola y desprovista de auxilios en el espantoso abandono en que se hallará por parte de las criaturas cuando deje esta vida; lavadla de sus pecados con vuestra Sangre, revestidla de vuestra justicia, adornadla de vuestras virtudes, enriquecedla con vuestros méritos, dadla la gracia de una perfecta reconciliación, y entrada en el Reino del Cielo.

Tened mi alma a cubierto, cuando salga de su cuerpo, bajo la sombra de vuestras alas; ocultadla en vuestras sagradas llagas, y retiradla, como hacéis con los que han puesto su esperanza en Vos, en el secreto de Vuestro rostro; metedla, como una de vuestras ovejas, en vuestro seno, para que nadie os la arrebate; llevadla, como uno de vuestros hijos, en el fondo de vuestras entrañas.

Que yo tenga el consuelo de entrar en la vida futura, y pasar por medio del ejercito innumerable de mis enemigos, que encontraré en el camino, revestido de mi Jesús, oculto en mi Jesús, mudado y transformado en mi Jesús, mi viejo hombre, mi concupiscencia y mis pecados sepultados en la Sangre de mi Jesús; ya he tenido la dicha de ser sepultado en ella una vez en mi nacimiento, quiero decir en mi Bautismo; que yo tenga, os pido, la ventaja de ser también sepultado segunda vez en mi muerte, cuando abandone la tierra para ir a comparecer ante mi Juez.

Pero para contribuir en algún modo por mi parte a estas disposiciones con el socorro de vuestra gracia, vengo, Divino Redentor mío, a este Misterio de Fe, a confesar que creo muy firmemente todo lo que Vos y vuestra Iglesia mandáis creer; a este sacrificio de acción de gracias, a agradeceros humildemente todos los bienes y favores de naturaleza y gracia que habéis tenido la bondad de concederme en todo el discurso de mi vida; a este sacrificio de propiciación, a confesaros todas mis iniquidades, a protestaros que tengo el más vivo dolor por amor de Vos, y a pediros con humildad perdón de todas ellas; a esta hostia pacífica, a cuyo mérito nada puede negar vuestro Padre, a aseguraros que sólo en su omnipotente virtud pongo toda mi esperanza; a este divino holocausto, a rendir al Señor todos los homenajes, todas las adoraciones, todo el culto del Cielo y de la tierra, del tiempo y de la eternidad que se haya reunido en Él; a este misterio de amor, a ofrecer a Dios, con el de mi Jesús, de sus Ángeles, de sus Santos y de sus Justos, todo el de mi corazón, y consagrarle mi ser y todo lo que poseo en el mundo; a este cáliz amargo, en que mi Salvador quiso morir místicamente con anticipación la víspera de su Pasión, para prepararme a la muerte; a esta fuente de vida, en la cual se da la vida eterna a los que reciben dignamente este Sacramento, a buscar el principio y el origen de mi eterna felicidad.

¡Oh Salvador mío!, puede que sea hoy el día en que termine mi vida; será cuando fuere de vuestro agrado. Acepto con humilde sumisión la muerte al tiempo, hora y modo que vuestra Providencia ha resuelto; vengo aquí de antemano a hacer un sacrificio a vuestro Padre en unión de la vuestra; vengo a protestarle que el mundo por quien he estado en otro tiempo tan apasionado, ya no me es nada, y que le dejo con gozo por ir con mi Dios; que mis inclinaciones y deseos no son de ninguna manera por la tierra; y que en adelante no quiero tener ardor ni apresuramiento sino por ir a verle, y poseerle para siempre en el Cielo.

Vos sois, ¡oh Jesús mío!, quien tenéis las llaves de la muerte, y el que dais a los hombres la que os agrada; dadme, os ruego, una muerte santa y preciosa a vuestros ojos, para que ponga el sello al negocio de mi salvación.

Pontífice eterno de los bienes futuros, que ofrecéis a vuestro Padre nuestra muerte con la vuestra, lavad y purificad, os suplico, la víctima antes de inmolarla; limpiad mi alma de todos los pecados de que se ha manchado durante su vida, antes de sacarla de este mundo; todos los detesta con un horror infinito; por ellos se aflige, se confunde, y se humilla ante la presencia del Señor; ofrece a vuestro Padre para expiarlos, toda la aflicción y todo el dolor que Vos habéis sufrido, todas las lágrimas que habéis vertido, todos los gemidos de vuestra vida, y toda la Sangre que habéis derramado en vuestra muerte y que derramáis aun místicamente sobre nuestros Altares.

Escuchad, ¡oh Padre eterno!, escuchad la voz de esta Sangre que os pide gracia para mí; mirad como toda la tierra está regada, cubierta e inundada en alguna manera, por medio de la efusión mística que de Ella se hace sobre nuestros Altares; y por su mérito remitidme mis ofensas.

Pero oye tú misma, ¡oh alma mía!, la voz de este Divino Salvador , que te dice por la boca de Job: Terra, ne operias sanguinem meum, neque inveniat in te locum latendi clamor meus: Tierra, no cubras mi sangre, y mis clamores no se sofoquen en tu seno; esto es, tú, que por la condición de tu ser, no eres sino tierra, no cubras la Sangre de tu adorable Redentor mediante tus aficiones desarregladas por las cosas de la tierra; no impidas que su voz suba hacia el trono de su Padre mediante el endurecimiento de tu corazón, y tu obstinación en el pecado. Esta Sangre preciosa, es, ¡oh Dios mío!, vuelvo a decir, el único fundamento de mi esperanza, y quien hace todo mi mérito.

No espero por mi justicia, ni por mis buenas obras, la remisión de mis pecados y la entrada en el Cielo, sino por la virtud de la Sangre de mi Salvador; sólo señalando con la Sangre de este Cordero inocente el umbral de mi puerta, espero librarme de la espada del Ángel exterminador; sólo poniendo a la ventana, como hizo Rahab, una cinta roja; quiero decir, uniéndome a Jesucristo crucificado con los más tiernos afectos de mi corazón, y apoyándome en los méritos de su Pasión, espero no ser comprehendido en el saqueo de Jericó, tener la dicha de ser agregado al pueblo del Señor, y entrar con Él en la Tierra que le ha sido prometida en herencia y posesión eterna. Así sea.