Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo IV después de Pascua

Sermones-Ceriani

 CUARTO DOMINGO DE PASCUA

Yo me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? sino que la tristeza ha ocupado vuestros corazones porque os he dicho esto. Sin embargo, os lo digo en verdad: Os conviene que me vaya; porque, si Yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me voy, os lo enviaré. Y cuando Él venga, presentará querella al mundo, por capítulo de pecado, por capítulo de justicia, y por capítulo de juicio: por capítulo de pecado, porque no han creído en Mí; por capítulo de justicia, porque Yo me voy a mi Padre, y vosotros no me veréis más; por capítulo de juicio, porque el príncipe de este mundo está juzgado. Tengo todavía mucho que deciros, pero no podéis soportarlo ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de verdad, Él os conducirá a toda la verdad; porque Él no hablará por Sí mismo, sino que dirá lo que habrá oído, y os anunciará las cosas por venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo declarará. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por eso dije que Él tomará de lo mío, y os lo declarará.

En primer lugar, el Evangelio de hoy presenta la necesidad de la ausencia de Cristo para que se envíe el Espíritu Santo.

Porque ¿qué significa: Si no me marchare, el Paráclito no vendrá a vosotros; si, en cambio, me marchare, lo enviaré a vosotros?

Se refiere, sin dudas, a Pentecostés.

El don del Espíritu Santo, que es su propio Espíritu, nos lo obtuvo Jesús del Padre, como premio conquistado con su Sangre.

Se entiende así que el Espíritu Santo no fuese dado hasta que Jesús, una vez consumado por su Pasión, entrase en su gloria sentándose a la diestra del Padre.

En el plan del Padre, la ausencia de Jesucristo es condición, no sólo para la venida del Espíritu Santo, sino para que el mismo Jesucristo lo envíe.

Este primer rasgo basta para señalar la divinidad del que es objeto de esta promesa; sólo Dios puede ser Aquél cuya venida es tan preciosa, que es uno dichoso comprándola al precio mismo de la ausencia de Nuestro Señor.

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Pentecostés fue la prueba de la verdad del mensaje del Hijo, rubricado con la promesa que hizo de enviar el Espíritu Santo, y la prueba de que estaba con el Padre.

Y una consecuencia de esta misma garantía es que ya no verían en adelante a Cristo de una manera normal.

Como si les descubriese: No podéis captar el Espíritu mientras persistís en conocer al Cristo según la carne.

Tras marcharse corporalmente el Señor, les asistieron espiritualmente, no sólo el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo; porque donde está uno solo de Ellos, cualquiera, allí está la Trinidad, Dios único.

Su ausencia, pues, es el precio del envío que les haría.

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Ahora bien, esa venida del Espíritu Santo, que trae esta misión tan concreta, ¿se refiere sólo a Pentecostés o tiene una proyección indefinida?

La promesa de esta venida se refiere, como auditorio inmediato, a los Apóstoles; con relación a un momento determinado, a la actitud del mundo judío, al cual expuso Cristo directamente su mensaje, y a su reacción ante Él: porque no creen en Mí.

Pero el contenido doctrinal de la promesa lleva una proyección más universal. Se ve ya ésto en el mismo día de Pentecostés, en el prodigio del don de lenguas, en que la acción del Espíritu testifica la verdad de Jesucristo ante las gentes de la diáspora que estaban en Jerusalén.

Esta amplitud se continuará luego en la Iglesia, con toda la acción del Espíritu, testimoniando siempre la verdad de Jesucristo.

Y los dones y carismas del Espíritu fueron uno de los medios que contribuyeron en los comienzos del cristianismo a la expansión y al establecimiento de la verdad de Cristo.

El Espíritu Santo, que en el Antiguo Testamento habló por los Profetas, inspiró también los Libros del Nuevo, que presentan las enseñanzas de Jesús, desenvuelven su contenido y revelan las cosas futuras, objeto de nuestra esperanza.

No significa ésto que cada uno de nosotros haya de recibir una revelación particular del Espíritu Santo, sino que debemos preocuparnos por conocer la verdad evangélica y las profecías bíblicas y no despreciarlas.

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En este pasaje del Santo Evangelio el Señor asevera a sus discípulos: Aún tengo muchas cosas para deciros, pero ahora mismo no podéis cargar con ellas.

Aquí vemos un segundo aspecto del Evangelio de este Domingo: la acción docente, reveladora del Espíritu Santo a los Apóstoles.

Nuestro Señor quería completar su enseñanza sobre sus Apóstoles, pero no puede ahora, porque no podrían comprender ni recibir útilmente estas enseñanzas sublimes.

A pesar de tener el mejor Maestro, su rudeza, su estado de gentes sencillas e imbuidas en el ambiente judío, y, sobre todo, la sublimidad de las enseñanzas, no les permitía recibirlas entonces.

Necesitaban una transformación radical, que estaba reservada en el plan del Padre al día de Pentecostés, como momento inicial de la acción del Espíritu Santo en ellos.

Por eso, cuando venga el Paráclito, los conducirá a la verdad toda entera.

La razón de esto es que les hacía falta la acción del Espíritu Santo para comprender la plenitud de la enseñanza de Jesucristo; pues el Espíritu Santo no hablará de Sí mismo, sino que hablará lo que oyere, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer.

El Paráclito les recordará todo lo que Nuestro Señor les ha dicho; es decir, tomará las enseñanzas del Señor y se las hará comprender en la plenitud conveniente, llevándoles así a la verdad completa de su enseñanza.

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No debe decirse: Si los apóstoles aún no podían, mucho menos podemos nosotros.

Quizás muchos pueden oír ahora lo que entonces no podía Pedro, igual que muchos pueden ser coronados con el martirio —cosa que entonces no podía aún Pedro—, sobre todo, enviado ya el Espíritu Santo, que entonces aún no había sido enviado.

Precisamente, a continuación y para demostrar que, dado que aún no había venido a ellos el Espíritu Santo, no podían cargar con lo que tenía para decirles, añadió y aseveró: En cambio, cuando haya venido el Espíritu de la verdad, Él os enseñará toda la verdad.

Del Espíritu Santo que el Señor prometió que Él iba a enviar a sus discípulos a enseñarles toda la verdad con que entonces, cuando les hablaba, no podían cargar, de este Espíritu Santo nosotros recibimos ahora, como dice el Apóstol San Pablo, la prenda, cuya plenitud se nos reserva en la otra vida.

Si cada uno progresa en esa caridad con que se ama lo conocido y se desea lo que ha de conocerse, con esa condición, el Espíritu Santo enseña, también ahora a los fieles, cuantas cosas espirituales puede captar cada uno, e inflama en deseo mayor sus corazones.

Pero, ni siquiera esas cosas mismas, que ahora se conocen de algún modo, se saben como han de saberse en esa vida en que ni ojo vio ni oído oyó…

Si con ese modo celestial de saber quisiera ahora decirlas el Maestro interior, esto es, abrirlas y mostrarlas a nuestra mente, la humana debilidad no podría cargar con ellas.

Si esas cosas de la doctrina que leemos, escribimos, oímos y decimos según el conocimiento de cualquier hombre, Cristo quisiera decírnoslas como las dice a los Ángeles, ¿qué hombre podría cargar con ellas, aunque fuese ya tan espiritual cuales no eran aún los Apóstoles cuando el Señor les decía eso, y tal cuales los hizo después el Espíritu Santo?

En verdad, cualquier cosa que la criatura puede saber es, evidentemente, menor que el Creador en persona, el cual es el sumo, verdadero e inmutable Dios.

Y, sin embargo, ¿quién no habla de Él? ¿Dónde no lo nombran quienes leen, disputan, preguntan, responden, loan, cantan, dialogan de cualquier modo, incluso los blasfemos mismos?

Y, aunque nadie deja de hablar de Él, ¿quién hay que lo capte como ha de ser entendido? ¿Quién hay cuya inteligencia se acerque a Él? ¿Cuál de los hombres saboreará como los Ángeles a la Trinidad?

Eso mismo que de la eternidad, verdad, santidad de Dios se dice sin cesar, unos lo entienden bien, y otros no lo entienden.

Por otra parte, esos mismos que lo entienden bien, lo perciben unos menos, otros más, y ningún hombre lo capta como los Ángeles.

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¿Qué significa lo que el Señor aseveró acerca del Espíritu Santo: Pues no hablará por Sí mismo, sino que hablará de cualesquiera cosas que oirá?

Cuando del Espíritu Santo se dice ésto, debemos comprenderlo de forma que entendamos que Él no es de Sí mismo.

En efecto, solo el Padre no es de otro; porque el Hijo ha nacido del Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; el Padre, en cambio, no ha nacido ni procede de otro.

No hablará, pues, por Sí mismo porque no es de Sí mismo, sino que hablará de cualesquiera cosas que oirá: se las oirá a Ese de quien procede.

Porque no es de Sí mismo, sino de Ese de quien procede, de quien tiene la esencia, de Ése tiene la ciencia; de Él tiene la audiencia, lo cual no es ninguna otra cosa que la ciencia.

Que esté puesto un verbo de tiempo futuro —de cualesquiera cosas que oirá— no debe causar turbación, pues esa audiencia es sempiterna porque sempiterna es la ciencia.

Así pues, el Espíritu Santo oye siempre porque sabe siempre; supo, sabe y sabrá; y oyó, oye y oirá; precisamente porque oír es para Él lo mismo que saber, y saber es para Él lo mismo que ser.

Por tanto, oyó, oye y oirá a Ese de quien es; y es de Ese de quien procede.

El Espíritu Santo es espíritu no de uno solo de ellos, sino de ambos.

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Y os hará saber lo que va a venir.

El Espíritu de verdad concede a varones santos conocimiento cierto de sucesos futuros, por lo que los profetas, llenos de este mismo Espíritu, anunciaron como si estuvieran viendo lo que después había de suceder. Por eso dice: Os anunciará lo que ha de venir, esto es, os dará a saber los avatares de la Iglesia y, especialmente, os recordará los gozos de la Patria Celestial.

A los Apóstoles les predijo desgracias, como las que padecerían por confesar a Jesucristo; pero también los premios que por estos males recibirían.

San Juan Crisóstomo dice: De este modo levantó el espíritu de los discípulos. Porque como nada es tan grato al género humano como el saber las cosas futuras, les libró de este cuidado, anunciándoles que serían peligrosas, para que no incurrieran en falta por su descuido.

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En seguida, para enseñarles qué quiere decir lo que Él llamó toda verdad, a la que os guiará el Espíritu Santo, añadió: Él me glorificará.

Él me esclarecerá porque de lo mío recibirá y os lo hará saber.

Él me esclarecerá puede entenderse: declarando que el Hijo es igual al Padre.

También puede entenderse que los Apóstoles, repletos de confianza y expulsado el temor, anunciarían a los hombres a Cristo, difundiendo su fama por el mundo entero, como si dijera: Él os quitará el temor y os dará el amor con que, cuando prediquéis muy ardientemente mi persona por el mundo entero, daréis el olor de mi gloria, encomiaréis mi honor.

En efecto, ha dicho que lo que iban a hacer por influjo del Espíritu Santo, esto iba a hacerlo el mismo Espíritu… De lo mío recibirá

Recibir aquí, debe entenderse según la divina naturaleza: a la manera que el Hijo dando no se priva de lo que da, ni favorece a otro en daño propio, así el Espíritu Santo no recibe lo que antes no tuvo.

Conviene entender que el Espíritu Santo recibe del Hijo, pero que no son dos sustancias: una que da y otra que recibe, sino una sola sustancia.

Del mismo modo, el Hijo recibe del Padre la misma sustancia que en ambos subsiste: ni es el Hijo otra cosa que todo aquello que recibe de su Padre, ni el Espíritu Santo es otra sustancia que la que recibe del Padre y del Hijo.

Como si dijera: aunque el Espíritu de verdad proceda del Padre, sin embargo, por cuanto todo lo que tiene el Padre es mío, también el Espíritu es mío, y de Mí recibe.

Debe cuidarse, sin embargo, de que al decir ésto, no se juzgue que se trata de alguna propiedad que posee el Padre diferente del Hijo.

Lo que tiene el Padre según su sustancia (esto es: eternidad, inmutabilidad, bondad), de la misma manera lo tiene el Hijo.

San Hilario enseña: El Señor no nos dejó en la duda de si el Espíritu Paráclito procedía del Padre o del Hijo. Pues, recibe del Hijo Aquél que es por Él enviado y procede del Padre. Y pregunto: ¿es lo mismo recibir del Hijo que proceder del Padre? Ciertamente que se considerará una misma cosa recibir del Hijo como si se recibiese del Padre, porque el mismo Señor dijo que todo lo que tenía el Padre era suyo. Al afirmar esto y añadir que ha de recibir de lo suyo, enseñó que las cosas recibidas venían del Padre, y que eran dadas, sin embargo, por Él, porque todas las cosas que son de su Padre son suyas.

Esta unión no admite diversidad ni diferencia alguna de origen entre lo que ha sido dado por el Padre y lo que ha sido dado por el Hijo.

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Como una garantía trinitaria, final, dice, pues, Nuestro Señor que toda su doctrina es del Padre.

Todo cuanto tiene el Padre es mío, parece restringirse aquí al orden doctrinal; es toda la doctrina que el Padre le entregó para comunicarla en su mensaje.

Por eso es una posesión mutua. Y siendo su doctrina del Padre, y llevándola a plenitud el Espíritu, la doctrina de Cristo es, en realidad, esa verdad toda entera.

El contexto del Evangelio de San Juan sugiere que, más que a una revelación absolutamente nueva de verdades hecha por el Espíritu, se refiere a una mayor penetración de las verdades ya reveladas por Cristo a los Apóstoles.

En esta acción iluminadora del Espíritu se destaca concretamente que Él les anunciará las cosas venideras.

Encuadrado ésto en las enseñanzas de Cristo, probablemente se refiere este sentido profético a que el Espíritu Santo les revelará el nuevo orden de cosas, que tiene su origen en la muerte y resurrección de Cristo.

De lo mío recibirá y os lo hará saber. No por eso el Espíritu Santo es menor que el Hijo.

Porque, así como ha dicho: Cualesquiera cosas que tiene el Padre, todas son mías; por eso también dice: de lo mío recibirá y os lo hará saber.

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Yo me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? sino que la tristeza ha ocupado vuestros corazones porque os he dicho esto.
Sin embargo, os lo digo en verdad: Os conviene que me vaya; porque, si Yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me voy, os lo enviaré.
Tengo todavía mucho que deciros, pero no podéis soportarlo ahora.
Cuando venga Aquél, el Espíritu de verdad, Él os conducirá a toda la verdad; porque Él no hablará por Sí mismo, sino que dirá lo que habrá oído, y os anunciará las cosas por venir.
Él me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo declarará.
Todo cuanto tiene el Padre es mío; por eso dije que Él tomará de lo mío, y os lo declarará.