COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

DESAGRAVIO

QUE PUEDE HACER CADA DÍA

QUIEN HA COMULGADO INDIGNAMENTE

PARA OBTENER EL PERDÓN DE SUS SACRILEGIOS

23

¿Quién dará agua a mi cabeza, y fuentes de lágrimas a mis ojos, y lloraré día y noche los espantosos sacrilegios que he cometido contra mi Salvador en el Santísimo Sacramento del Altar, recibiéndole en estado criminal?

¡Ah! ¡Que mi corazón se rompa de pesar! ¡Que mis entrañas se despedacen de dolor! ¡Que mi boca arroje silbos como los dragones, y sonidos lúgubres como los avestruces! ¡Que en todas partes resuenen mis sollozos por los execrables atentados que he cometido contra mi Dios y mi Criador!

Desgraciado de mí. ¿Es posible que mi ingratitud y malicia haya llegado hasta el punto de ir a insultar al Rey de los Ángeles en el Trono de su amor, crucificar de nuevo al Autor de la vida, sepultar en el lugar más infecto de un pecho cargado de pecados, Aquel cuya belleza admiran el sol y la luna, y precipitar, en fin, en una morada en donde el demonio ejerce su dominio, a quien es la felicidad de los Bienaventurados?

Soy Judas, peor que Judas, pues cuanto está de mi parte, he dado la muerte al Divino Jesús en su estado mismo de inmortalidad, y en medio de un pueblo que le adora como su Dios.

¡Oh infortunado de mí! ¿Era preciso nacer para cometer un crimen tan detestable? ¿Por qué no morí en el seno de mi madre antes de salir a luz? ¿Por qué no fui ahogado en la cuna, antes de poder cometer una acción tan horrorosa?

¿Más qué es lo que me ha obligado a cometerla? Un poco de confusión que hubiera tenido en declarar mis pecados al Sacerdote, un poco de violencia que me hubiera sido necesario hacer para reprimir una inclinación, o romper una costumbre criminal.

¿Pero convenía por tan poca cosa crucificar de nuevo a mi Salvador? ¡Oh Cielos! ¿No estáis penetrados de horror a la vista de tal malicia? Criaturas del universo, ¿no tembláis de cólera?

Yo mismo estoy tan lleno de confusión que no me atrevo a levantar los ojos al Cielo; me miro siempre como culpable de la muerte de mi Dios; tengo continuamente ante mis ojos la imagen de mi delito, y me parece que todas las criaturas me le están echando en rostro continuamente.

¿Y qué haré en el desgraciado estado en que me veo? ¿Desesperaré? No, Señor, porque esto sería haceros nueva injuria.

Vengo pues, ¡oh gran Dios!, vengo a echarme a los pies de vuestro trono, para pediros misericordia, y daros satisfacción pública de mis horrorosos atentados.

¡Ah! con la antorcha en la mano, la cabeza cubierta de cenizas, el rostro en el polvo, el corazón traspasado de dolor, la boca llena de sollozos y los ojos derritiéndose en lágrimas, os pido perdón de mis sacrilegios.

Perdón, os suplico, perdón. Confieso no le merezco, y que mis perfidias deberían más pronto obligaros a armar todas las criaturas para perderme.

Pero ya que Vos perdonasteis en la Cruz a vuestros propios verdugos,  y que aun quisisteis ser su Abogado ante vuestro Padre, me atrevo a esperar de vuestra bondad, no desechareis mi súplica, y tendréis a bien olvidar mis delitos.

Emplearé, Señor, el resto de mis días en llorarlos amargamente, y procuraré, cuanto me sea posible, repararlos por mis respetos y adoraciones.

Desde este momento os rindo sobre este Altar, todo el honor y gloria que una criatura es capaz de rendiros; y suplico a todos los Ángeles y Bienaventurados del Cielo, y a todos los fieles de la tierra os honren y glorifiquen conmigo, para reparar los sacrilegios que he cometido recibiéndoos indignamente.

Os ofrezco, ¡oh Divino Redentor mío!, toda la gloria que debéis recibir de las criaturas en el tiempo y en la eternidad, para satisfacción de mis delitos; y deseo con ardor, que seáis eternamente alabado, adorado y glorificado de una manera proporcionada a vuestra infinita grandeza en el Santísimo Sacramento del Altar. Amén.