COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

DESAGRAVIO

AL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

PARA LOS JUEVES

 

22

Divino Salvador, que por un exceso incomprensible del amor que manifestáis a los hombres, habéis querido ocultaros en el adorable Sacramento del Altar; Vos merecíais sin duda, por la dignidad infinita de vuestra Persona, por el señalado beneficio que les hacéis, y por los prodigiosos abatimientos a que os habéis reducido en favor suyo, que ellos viniesen sin cesar a rendiros todas las honras de que son capaces; pero, por la más horrorosa de todas las injusticias, no recibís de estos ingratos en recompensa del mayor de vuestros beneficios, sino menosprecios y ultrajes.

Si se hubiera de juzgar por su conducta, parece que Vos no os habéis ocultado en este Misterio, sino para ser el blanco de sus contradicciones.

Yo siento tan vivamente, ¡oh adorable Redentor mío!, las afrentas e insultos que os hacen sin cesar y en los cuales tengo tanta parte, que no puedo dejar de venir a manifestaros mi dolor, y a repararlos.

Aquí me tenéis, pues, Señor, al pie de vuestro Trono, que es ese Altar donde Vos reposáis, en postura de reo, con la antorcha en la mano, para daros satisfacción pública, y reparar vuestro honor por todas las indignidades que habéis sufrido en este Sacramento desde su primera institución.

En primer lugar os hago reparación de todas aquellas de que yo mismo soy culpable, de mi poco reconocimiento por un tan estimable beneficio, de mi poco celo en venir a cumplir mis obligaciones en este Misterio, de tantos pensamientos frívolos, extravagantes y criminales como he tenido en vuestra presencia; de tantos deseos vanos, inútiles y culpables como he formado; de tantas palabras ociosas, indecentes y malas como he proferido; de tantas inmodestias, ligerezas e irreverencias como he cometido; de tantas perversas acciones como he hecho; de tantos escándalos como he causado, todo también en presencia vuestra; de tantas negligencias como he tenido para prepararme a recibiros en la Santa Mesa; de tantos sacrilegios como he cometido recibiéndoos en un estado criminal; de tantos abusos como he hecho de la gracia de este Sacramento; y en fin de tantas oposiciones como he puesto a su eficacia.

¡Ah!, Señor, ¡qué grande es mi ingratitud, y abominable mi malicia en haberos tratado de esta manera, en un Misterio en que os inmoláis sin cesar a vuestro Padre por mi amor!

Aquí ante Vos, reconozco que el Cielo no tiene bastantes rayos, ni el Infierno bastantes suplicios para castigar dignamente mis excesos. ¡Oh cuán grande es mi remordimiento! ¡Oh cuán afligida se halla mi alma! Perdón, os pido, Señor, postrado a vuestros pies, traspasado el corazón de dolor, y cubierto el rostro de confusión.

Perdón, Señor, os ruego encarecidamente, perdón. Confieso mi injusticia, reconozco mi pecado, le detesto con horror.

Pretendo por esta luz que tengo en la mano, hacer ver a todo el universo la iniquidad de mi conducta, y la justicia que hay para que todas las criaturas del Cielo y de la tierra os honren con un soberano respeto.

Pretendo dar a conocer a toda la tierra, que Vos sois la luz del mundo, oculto bajo el velo de los accidentes; pero que en medio de las obscuridades que circundan vuestra morada, alumbráis todos los hombres.

Declaro por este dogal que llevo al cuello, que merezco mil veces ser arrastrado al suplicio, o más bien precipitado, atado de pies y manos, en lo profundo de los infiernos.

Pero Vos, ¡oh Salvador mío!, cuya bondad no tiene límites, consumid, os suplico todas mis iniquidades en el fuego de vuestro amor; atadlas todas juntas con los lazos de vuestra Caridad, y echadlas en el Mar Rojo de vuestra Sangre, para que no parezcan más.

Olvidad toda mi conducta pasada, que estoy resuelto a reparar mediante mi celo y fervor, en cumplir en nuestros Altares todo lo que os debo.

Pero no solamente pretendo reparar todas las ofensas que yo mismo he cometido contra Vos en este augusto Misterio, ¡oh Divino Salvador mío!, sino también todas las demás que habéis recibido de los otros hombres; porque ya que por mi amor estáis expuesto en Él para que tenga la dicha de poseeros, ¿no me toca a mí daros por ellas la justa satisfacción que os es debida?

También os hago reparación por todo lo que la malicia de los judíos, el furor de los infieles, y la rabia de los herejes ha intentado siempre contra Vos en este adorable Sacramento, por la obstinación con que han rehusado creer la verdad del Misterio, por las sangrientas burlas que han hecho de Él, por las horribles blasfemias que han vomitado contra vuestro Santo Nombre, y por los espantosos atentados que han cometido contra vuestro Sagrado Cuerpo, hollándole o haciéndole atropellar por sus caballos, arrojándole al lodo, sepultándole en la inmundicia, dándole a comer a los perros, traspasándole con puñales y espadas, echándole al fuego y al agua, exponiéndole a la injuria de los vientos, derribando vuestros Altares, degollando vuestros Sacerdotes, mezclando su sangre con la vuestra, y de otras mil maneras.

Os hago reparación por todo lo que la irreligión, la indolencia, la pasión, la malicia y la impiedad de los malos católicos os ha hecho padecer siempre en este Misterio, por la poca estimación que hacen de Él, por el descuido que han tenido de venir a visitaros y acompañaros, por el poco respeto con que se han presentado ante Vos, por las inmodestias y delitos que han cometido en vuestra presencia, menosprecios que han hecho de vuestra Santa Mesa, frialdad e insensibilidad con que se han acercado a ella, sacrilegios que han cometido recibiéndoos en mal estado, horribles impiedades a que se han atrevido robando los vasos sagrados en donde Vos reposabais y arrojando vuestro Sagrado Cuerpo por los caminos y en indecentísimos lugares, y por las execrables profanaciones que han hecho de este mismo Cuerpo empleándole en encantamientos y sortilegios y entregándole a los demonios, para ejercitar sobre Él su rabia y furor.

¡Oh amable Salvador mío!, cuando considero atentamente lo que sucede en toda la extensión de la Tierra acerca de este Misterio, no veo por todas partes sino menosprecios, insultos y ultrajes; no veo sino un mar inmenso de aflicciones y dolores, en donde Vos estáis como sumergido, que cada día produce nuevos manantiales de estas mismas aflicciones y dolores por los nuevos oprobrios y afrentas de que se os carga, sin encontrar casi quien tome parte en ello, y cuide en algún modo de venir a pediros perdón.

¡Oh Jesús mío!, ¿era menester que por mi amor os expusieseis a tantos ultrajes e ignominias en la duración de todos los siglos? ¡Oh bondad inefable! ¡Oh amor sin igual!, por duro e insensible que sea mi corazón, no lo es hasta el punto, ¡oh Salvador mío!, de no estar vivamente penetrado de un tal exceso de bondad, y de no tener un profundo reconocimiento; también siente muy vivamente todo lo que Vos sufrís por mi amor en nuestros Altares, en lo cual toma toda la parte posible, y está afligido más de lo que yo podría explicaros.

¡Ah!, si pudiera al precio de mi sangre poneros a cubierto de todas las injurias que Vos padecéis, daría mil veces hasta la última gota para libraros. ¡Oh!, ¡qué no pueda por lo menos, Divino Redentor mío, rendiros en este Misterio tanto honor, como menosprecios sufrís; procuraros tanta gloria, como oprobrios padecéis; daros tantas alabanzas, como blasfemias se vomitan contra Vos!

Os adoro, ¡oh mi Divino Maestro!, os adoro con el más profundo respeto que me es posible. Confieso que Vos sois mi Rey, mi Dios, y el Soberano Señor de todas las cosas; que a Vos solo pertenece el imperio, el poder, el honor, la gloria y las riquezas en todos los siglos de los siglos.

Me ofrezco y consagro a Vos con todo lo que me corresponde en un perpetuo holocausto de amor. Me uno a vuestros Ángeles, Santos del Cielo y Justos de la tierra, para adoraros y glorificaros con ellos en el Cielo, y en todos los lugares en donde Vos residís por medio de este adorable Misterio.

Os doy gracias por todo lo que cada día habéis sufrido en él por mi amor. Me voy a servir de esto en adelante, como de un poderoso motivo para animarme a recibir con sumisión y humildad todas las injurias que me sean hechas.

Pero ya que el designio de vuestro Padre, en la institución de este adorable Sacramento, ha sido que los hombres os hiciesen reparación de todos los ultrajes que habéis recibido durante el curso de vuestra vida mortal, singularmente en vuestra santa Pasión, vengo también, ¡oh Salvador mío!, a desagraviaros y daros satisfacción pública por todas las contradicciones, calumnias y blasfemias que padecisteis de vuestros enemigos, por todas las bofetadas y salivas de que cubrieron vuestro Divino Rostro, por la caña que os pusieron en la mano, por la corona de espinas que clavaron en vuestra Cabeza, por los azotes con que desgarraron vuestro Sagrado Cuerpo, por la ignominia y la muerte que os hicieron padecer en la Cruz, y por todos los demás ultrajes.

Para reparar pues, ¡oh amable Redentor mío!, lo que habéis sufrido y queréis sufrir aun en este augusto Sacramento, vengo a ofreceros toda la honra, toda la gloria y toda la alabanza que todas las criaturas del Cielo y de la tierra os rinden en el tiempo, y os rendirán en la eternidad; y quisiera poder juntar a ello infinitamente más, para haceros una completa reparación.

Os ofrezco también toda la gloria que Vos poseéis en Vos mismo y en el seno de vuestro Padre, y me regocijo con Vos de que todos los esfuerzos de vuestros enemigos, no son parte para marchitarla, ni disminuirla.

Que mi primer cuidado sea en adelante honraros, y hacer que todos los hombres os honren en este augusto Misterio. Inspiradme, Señor, sentimientos dignos de Vos, y poned en mi corazón las disposiciones que debo tener para rendiros el honor que os es debido.

Conceded la misma gracia a todos los fieles, para que de concierto os honremos cuanto sea posible. Haced también que todas las naciones de la tierra conozcan y adoren vuestro Santo Nombre, y que por todo el universo, el Santísimo Sacramento del Altar sea alabado, honrado y glorificado para siempre con un soberano respeto. Amén.

COMPENDIO DE ESTE DESAGRAVIO PARA LAS PERSONAS QUE TIENEN MENOS TIEMPO.

Divino Salvador, que por un efecto incomprensible de vuestro amor hacia nosotros os habéis escondido en el Santísimo Sacramento del Altar, y que en lugar de los respetos y adoraciones que deberíamos rendiros en Él, no recibís sino menosprecios y ultrajes, vengo a postrarme a vuestros pies para haceros reparación de todo lo que habéis sufrido, y sufrís diariamente en este adorable Misterio.

Os doy pues en primer lugar, satisfacción pública por todas las irreverencias interiores y exteriores que yo mismo he cometido en vuestra presencia y en vuestras Iglesias, y por todos los escándalos que he causado en ellas; por el poco celo que he tenido en acercarme a la Santa Mesa y asistir al Santo Sacrificio de la Misa; por mi poca preparación y devoción, por el poco fruto que he sacado, por los sacrilegios que he cometido recibiéndoos indignamente, y por todos los demás ultrajes que os he hecho, o en que he tenido alguna parte.

En segundo lugar os hago reparación pública por todas las afrentas, menosprecios, e indignidades que habéis sufrido en este augusto Sacramento desde su primera institución, y sufrís cada día en todas las partes del mundo, de los malos cristianos, de los herejes, de los judíos, de los infieles, de los paganos, de los ateos, de los hechiceros y de los mágicos, que continuamente están dispuestos a cometer atentados horribles contra Vos.

En tercer lugar os hago reparación de honor por todas las injurias, las calumnias, las persecuciones, los insultos que habéis sufrido durante vuestra vida mortal, singularmente en vuestra Santa Pasión.

Postrado a vuestros pies, os pido humildemente perdón; reconozco que sois digno de todo honor, de toda gloria, de toda alabanza; Confieso que sois el Rey del Cielo y de la tierra, y el Dios de todo el universo; como tal os rindo mis humildes homenajes y respetuosas adoraciones; me consagro a Vos en un perpetuo holocausto de amor; me multiplico en espíritu y por deseo en todos los lugares del mundo en que residís sacramentalmente, y en ellos os doy toda la gloria que os dan vuestros Ángeles y vuestros fieles, a la cual junto toda la que habéis recibido de vuestras criaturas en el tiempo , y las que recibiréis en la eternidad.

Que el primero de mis cuidados sea en adelante honraros en nuestros Altares, y obrar de manera que el Santísimo y muy adorable Sacramento del Altar, sea alabado, adorado y glorificado para siempre por todos los hombres, con todos los respetos posibles. Amén.