COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

COLOQUIO CON JESUCRISTO

CUANDO SE ACOMPAÑA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO A CASA DE LOS ENFERMOS

Ssmo a casa de los enfermos

Vox dilecti mei pulsantis. La voz de mi amado es la que me llama por este son de campana.

Me dice como a la amante del Cántico: Levántate, querida mía, y apresúrate a venir. Y como en otro tiempo al Príncipe de sus Apóstoles: Ven, sígueme, deja por algunos momentos tu casa y negocios para seguirme a casa de este enfermo, que tiene necesidad de mi asistencia, y yo quiero ir a socorrer.

Os responderé con uno de vuestros Discípulos, ¡oh Salvador mío! que os seguiré gustoso adonde quiera que fuereis.

Este es, ¡oh Jesús mío!, el carácter de vuestros verdaderos Discípulos, seguiros siempre, y nunca jamás separarse de Vos. El Pueblo no os seguía sino por intervalos, cuando tenía que ver milagros, esperaba su alimento, y recibir favores; pero vuestros Discípulos os seguían igualmente en vuestros trabajos y en vuestras consolaciones, en el mar y en la tierra, en la tempestad y en la calma. De este modo quiero seguiros hoy a casa del enfermo donde vais.

Los hijos del Esposo le acompañan por todas partes sin abandonarle nunca. Vos sois este Esposo, ¡oh Jesús mío!, y yo tengo la dicha de ser del número de vuestros hijos. Así quiero acompañaros siempre, y jamás dejaros; ni mis negocios, ni mis placeres, ni mis comodidades, ni las ventajas que podría esperar en otra parte, serán nunca capaces de separarme de Vos.

Señor, ¡cuán admirable es vuestro Nombre en toda la tierra!; porque vuestra magnificencia es superior a los mismos Cielos por las señales de bondad que dais a los hijos de los hombres en el augusto Sacramento de nuestros Altares. Ninguno hay, por vil y miserable que sea, en cuyo favor no bajéis de vuestro Trono para ir a visitarle a su casa cuando está enfermo; a quien no deis vuestro Cuerpo y Sangre preciosísima para servirle de remedio; a quien no protejáis contra los esfuerzos de sus enemigos, sirviéndole Vos mismo de escudo; a quien no busquéis para conducirle al Cielo, y ponerle en posesión de vuestro Reino.

Vamos, alma mía, vamos a admirar las maravillas del amor de este Divino Salvador; vamos a ver el espectador de la caridad con que va a dar su preciosa Carne a comer a este pobre enfermo, y a cargar esta oveja sobre sus hombros para llevarla a su rebaño.

Yo os alabo y bendigo, Salvador mío, por todas vuestras bondades para con esta alma; admiro el amor que la testificáis; concibo todos los sentimientos de compasión que Vos tenéis de su miseria; os doy gracias por la generosidad que os mueve a entregaros Vos mismo para salvarla; os ruego la deis un verdadero espíritu de penitencia, para que deteste sinceramente sus pecados, y se convierta a Vos de todo corazón, la volváis los vestidos de la inocencia que ha perdido por el pecado, la revistáis de fuerza y la llenéis de Fe, de Esperanza, de Caridad, y deis todas las disposiciones necesarias para recibiros dignamente; os ofrezco, para suplir a lo que la faltan, todas las disposiciones con que vuestras Santos se han acercado a este Misterio , y vuestras propias grandezas y perfecciones.

CUANDO EL ENFERMO COMULGA

Entrad, ¡oh Jesús mío!, entrad en esa alma para purificarla, santificarla, curarla, fortificarla y poseerla y protegerla contra sus adversarios; es vuestra herencia, el precio de vuestra Sangre, vuestra conquista; conservaos diligentemente su posesión y no sufráis que vuestros enemigos os la arrebaten.

DESPUÉS DE HABER COMULGADO EL ENFERMO

Mil veces os doy gracias, Salvador mío, por la bondad que habéis tenido en daros a esta alma; mil veces bendigo vuestro Santo Nombre, y ruego a todas las criaturas del Cielo y de la tierra os bendigan y den gracias conmigo por ello.

Como este pobre enfermo está en la imposibilidad de manifestaros el justo reconocimiento que debe tener por un favor tan grande, quiero suplir su falta cuanto en mi fuere; os amo pues, Señor, os adoro, os bendigo, os glorifico por él, y os ofrezco en acción de gracias toda la gloria que habéis recibido y recibiréis eternamente de vuestras criaturas.

Obrad en esta alma, ¡oh Jesús mío!, los efectos de vuestra visita; perdonadle sus pecados, reconciliadla con vuestro Padre, estableced en ella vuestra habitación e imperio, afirmadla en vuestro temor y amor, dadle fuerza para llevar su mal con paciencia, preservadla de las astucias del enemigo, para que ya no recaiga en su dominio; elevad su espíritu y su corazón a Vos para que santifique sus trabajos, y no se ocupe, ame, ni desee sino a Vos; y si su hora es llegada dadle una dichosa muerte; pero si es agrado vuestro dejarla todavía en la tierra, volvedle la salud para que bendiga vuestro Santo Nombre, y haced que la emplee únicamente en vuestro servicio.

La dejo en los brazos de vuestra infinita caridad, y la recomiendo a vuestro divino Corazón. Os ruego por todo el amor que le tenéis, y que os ha hecho morir por ella en la Cruz, y por el que Vos queréis que nos tengamos los unos a los otros, la guieis siempre por vuestras sendas, sin abandonarla jamás hasta conducirla al Cielo.

Santísima Virgen, Bienaventurado San José, San Miguel Arcángel, Santo Ángel y Santo protector de esta alma, y vosotros Bienaventurados Espíritus y Santos del Cielo, yo la recomiendo a vuestra ardiente caridad.

A LA VUELTA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Vamos, alma mía, vamos a volver esta Arca a su casa; acompañemos al Divino Jesús hasta su Templo; pero mientras que yo os conduzco a este Templo terrestre, ¡oh Salvador mío!, conducidme Vos mismo, os pido, a vuestro Templo Celestial; enseñadme sus caminos, tomadme de la mano, sed Vos mismo mi guía, hacedme digno de vivir en él con Vos, y de ser una de aquellas piedras vivas de que debe ser edificado.

Vos, Salvador mío, instruías en otro tiempo a vuestros Discípulos cuando caminabas con ellos; y les descubrías los misterios del Reino del Cielo; inflamaste particularmente el corazón de los dos Discípulos que iban a Emaús, y les abriste los ojos para conoceros; tened a bien que yo os pida esta misma gracia ahora que tengo la dicha de ir con Vos.

Hablad, Señor, instruid a vuestro pobre discípulo; enseñadle las verdades del Cielo y las máximas de vuestro Evangelio; abrasad su corazón con los Santos ardores de vuestro amor, y alumbrad su entendimiento con los rayos de vuestra luz; haced que os conozca y ame, y que sólo a Vos ame y conozca.

¡Oh Jesús mío!, aquí camino con Vos para acompañaros; caminad, os pido, conmigo para acompañarme no me dejéis solo, no sea que caiga y me precipite, o que el enemigo viéndome sin defensa corra tras mí para meterme en mi primera esclavitud.

¡Oh cuan gozoso es caminar con Vos, Divino Salvador mío! Dulcificáis todos los trabajos, apartáis todos los peligros, dais esfuerzo y aliento para seguiros, y llenáis de alegría y consolación a los que os siguen.

Nada temeré mientras que tenga la dicha de estar con Vos, ¡Oh mi Salvador! No temeré las tinieblas, porque vos sois la riqueza, no temeré la aflicción, por que Vos sois la alegría; no temeré la infamia, por que Vos sois la gloria; no temeré la muerte, por que Vos sois la vida; aun tampoco temeré el infierno, porque Vos sois el Paraíso.

Una sola cosa es la que temo, que es mi fragilidad, y que yo mismo me separe de Vos por entregarme a la criatura. ¡Ah! Señor, impedid, os pido, está fatal separación; unidme a Vos con lazos tan fuertes, que nada me sea capaz de romperlos.