LOS SUEÑOS DE DON BOSCO

SAN PEDRO Y SAN PABLO 

SUEÑO 122.—AÑO DE 1884.

SAN PEDRO Y SAN PABLO

La salud de [San] Juan Don Bosco iba de mal en peor. En primer lugar, una extraord inaria postración de fuerzas había sido la causa de que el mismo hablar en voz alta le perjudicase el estómago; le aquejó además un principio de bronquitis con tos y esputos sanguinolentos.En la noche del 10 de febrero llenó de sangre el escupidor. La hinchazón de las piernas que lo atormentab a desde hacía años le llegó hasta las caderas. El día 12 fue a visitar al doctor Albertotti que lo obligó a guardar cama. Aquella noche una consulta celebrada por los doctores Albertótti y Fissore diagnosticaron síntomas de extrema debilidad: el latido del corazón era apenas perceptible. El Cardenal Alimonda, lleno de ansiedad, enviaba dos veces al día a preguntar por el paciente.
En tal estado el [Santo] tuvo un sueño que se aprestó a contar cuando estuvo algo repuesto:

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Le pareció hallarse en una casa donde se encontró con San Pedro y con San Pablo.

Vestían unas túnicas que les llegaban hasta las rodillas y llevaban en la cabeza unos gorros estilo oriental. Ambos sonreían a [San] Juan Don Bosco. Habiéndoles preguntado si tenían alguna misión que encomendarle o algo que comunicarle, no respondieron a su pregunta, sino que comenzaron a hablar del Oratorio y de los jóvenes. Entretanto he aquí que llega un amigo de [San] Juan Don Bosco, muy conocido entre los Salesianos, pero que el [Santo] no recordaba después quién fuese.

—Mire estas dos personas— dijo al recién llegado. El amigo las miró y dijo:

—¿Qué veo? ¿Posible? ¿San Pedro y San Pablo aquí?

[San] Juan Don Bosco repitió la pregunta que había hecho poco antes a los dos Apóstoles, que, a pesar de mostrarse amabilísimos continuaron hablando de otra cosa.

De pronto San Pedro le preguntó:

—¿Y la vida de San Pedro?

Y el otro:

—¿Y la vida de San Pablo?

—¡Es cierto!—, replicó [San] Juan Don Bosco en actitud de humilde excusa.
En efecto, había tenido en proyecto hacer imprimir aquellas dos vidas, pero después se había olvidado de hacerlo por completo.

—Si no lo haces pronto después no tendrás tiempo—le advirtió San Pablo.
Entretanto habiéndose San Pedro descubierto la cabeza, apareció su cabeza calva con los mechones de pelo sobre las sienes: tenía todo el aspecto de un anciano fuerte y simpático. Y habiéndose apartado un poco se puso en actitud de orar.

—¡Déjalo que rece!—, añadió San Pablo.

[San] Juan Don Bosco replicó:

—Quisiera saber delante de qué objeto se ha arrodillado.

Fue pues junto a él y vio que estaba delante de una especie de altar, aunque no era tal y preguntó a San Pablo:

—¿Pero no hay candeleros?

—No hacen falta donde está el eterno sol— le replicó el Apóstol.

—Tampoco veo la mesa.

—La víctima no se sacrifica sino que vive eternamente.

—Pero en suma, ¿el altar no es el Calvario?

Entonces San Pedro, con voz elevada y armoniosa, pero sin llegar a cantar hizo esta oración:

—Gloria a Dios Padre Creador, a Dios Hijo Redentor, gloria a Dios Espíritu Santo Santificador. A Dios solo sea el honor y la gloria por todos los siglos de los siglos. A ti sea alabanza, oh María. El cielo y la tierra te proclaman su Reina. María… María… María.

Pronunciaba este nombre haciendo una pausa entre una y otra exclamación y con tal expresión de afecto y con tan creciente emoción, que sería imposible describir, de forma que todos lloraban de ternura. Cuando se hubo levantado San Pedro, fue a arrodillarse en el mismo lugar San Pablo, y que con voz clara comenzó a rezar así:

—¡Oh profundidad de los arcanos divinos! Gran Dios, tus secretos son inaccesibles a los mortales. Solamente en el cielo podrán penetrar la profundidad y la majestad, únicamente al alcance de los bienaventurados.

¡Oh Dios uno y trino! A ti sea dado el honor, la salud, la acción de gracias desde todos los puntos del universo. Que tu nombre, oh María, sea de todos alabado y bendecido. Los cielos cantan tu gloria, y que sobre la tierra seas Tú siempre el auxilio, la Salvación. Regina Sanctorum omnium, alleluia, alleluia.

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[San] Juan Don Bosco al contar el sueño concluyó:
—Esta oración por la manera de proferir las palabras produjo en mí tal emoción, que comencé a llorar y me desperté. Después sentí en mi alma un consuelo indecible.
¿Fue efecto de la fiebre? La costumbre de celebrar en el altar de San Pedro contribuyó también acaso al desarrollo de esta representación de la fantasía. Por lo demás se trata de un sueño que revela cuáles fuesen habitualmente los pensamientos y los sentimientos que le llenaban el alma.