COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

COLOQUIO CON JESUCRISTO

DURANTE LA PROCESIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

20

Deus, cum egredereris in conspectu populi tui, terra mota est. Señor, cuando Vos salís en presencia de vuestro pueblo, toda la tierra está en movimiento, todo se estremece de alegría al ver, no el Arca antigua, que no era más que un Cofre de madera cubierto de hojas de oro, y en que Dios residía solamente en figura; sino el Arca nueva, que es vuestra santa Humanidad, en donde están encerrados todos los tesoros de la gracia y de la gloria,  y donde por medio de la unión hipostática, habita corporal y verdaderamente toda la plenitud de la Divinidad.

Todos estamos llenos de gozo de ver en medio de nosotros a nuestro Rey, a nuestro Dios, a nuestro Redentor y a nuestro Padre; su presencia quita todos nuestros enfados, disipa todos nuestros pesares, y nos hace olvidar todas nuestras miserias.

En esta ocasión es principalmente, ¡oh Jesús mío! cuando Vos cumplís a la tierna la promesa que nos habéis hecho por uno de vuestros Profetas, de que os pasearíais un día en medio de vuestro Pueblo: Inambulabo inter eos; porque en efecto Vos estáis hoy en nuestras calles, rodeado de una muchedumbre de Pueblo, que os reconoce por su Rey y por su Dios.

Verdad es, Salvador mío, que los accidentes de pan os ocultan a nuestros ojos corporales; pero nada es capaz de ocultaros a los ojos de nuestra fe; ésta todo lo penetra, todo lo descubre; y por escondido que estéis bajo los sagrados símbolos, ella os reconoce con más certeza, que si Vos os hicieseis ver sensiblemente a nuestros ojos.

Os reconozco, pues, realmente presente en este Misterio, ¡oh divino Jesús mío! en él os adoro como a mi Rey y a mi Dios, con los mismos sentimientos de veneración y respeto con que los Santos y los Ángeles os adoran en el Cielo.

Venid, pueblos y naciones, grandes y pequeños, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, venid todos a adorar vuestro Rey y vuestro Dios y a glorificar su nombre; venid a cantarle nuevos cánticos, a admirar la grandeza y las riquezas de su amor, a elogiar su poder, a publicar las invenciones de su sabiduría, y a alabar todas sus otras perfecciones.

Regocíjese Israel en su Criador; alégrense en su Rey los hijos de Sion; alaben su santo Nombre con conciertos de música, y al son de instrumento; vengan todos a manifestarle por cuán dichosos se reconocen en tener por Soberano un Señor tan poderoso y benigno, que tan tiernamente ama a su Pueblo; vengan a manifestarle los sentimientos de gratitud que tienen de todas sus bondades.

Nosotros os llevamos, ¡oh Salvador mío! como en triunfo con esta pompa solemne, para daros testimonio de cuanta es nuestra alegría de teneros por Rey, y cuan agradablemente nos sometemos a vuestro amable yugo; nuestro trofeo es vuestra posesión, porque Vos sois la gloria, la corona, la vida, la salvación, las delicias, las riquezas y la felicidad de vuestro Pueblo.

Vos hacéis hoy en favor nuestro, ¡oh Jesús mío! el oficio de un Monarca caritativo y celoso por el bien de su Pueblo; Vos visitáis esta plaza o este lugar, que tiene la dicha de perteneceros.

Venís a lanzar vuestros enemigos, que han entrado en él, a reparar los daños que han causado, a defenderle contra sus ataques, a desterrar la infección del pecado que han derramado, y a santificarle con vuestra presencia.

Venís a consolarnos en nuestras aflicciones, sanar nuestras heridas, aliviar nuestras miserias, y proveer a todas nuestras necesidades.

Camináis aquí delante de nosotros para conducirnos a las fuentes de la vida.

¡Oh divino Monarca! Vos recorréis al presente los sitios donde vuestros adversarios han triunfado muchas veces, donde nos han vencido, herido, cautivado y causado mil males; pero destruid, os suplico, su poder, abatid su orgullo, holladlos, y sujetadlos a nuestro dominio para que no nos dañen más.

Vos sois nuestra única esperanza y recurso, ¡oh Jesús mío! Vos solo sois quien podéis librarnos de los males que nos abruman por todas partes, y dar auxilio contra los poderosos esfuerzos de nuestros enemigos.

Protegednos pues, os ruego encarecidamente, y haced por nosotros todos los buenos oficios de un Rey que ama tiernamente a su Pueblo.

Estamos también, Señor, resueltos a cumplir fielmente para con Vos todas las obligaciones de verdaderos súbditos; os ofrecemos nuestros homenajes y adoraciones; os prometemos obediencia y fidelidad; os consagramos nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestras vidas, nuestros bienes y todo cuanto podemos, para que dispongáis según os agrade; os protestamos que no queremos otro Rey que a Vos y que jamás nada será capaz de separarnos de vuestro Servicio.

¡Oh amable Soberano! ¡Qué gloria y satisfacción es para nosotros acompañaros con la pompa solemne de este Triunfo que la Iglesia celebra en honor de vuestro santo Nombre! Cada uno de nosotros se tiene por mil veces más honrado en que Vos le permitáis seguiros, que si fuese al lado de los Reyes y Emperadores, como dividiendo con ellos su poder.

Todos queremos seguiros, ¡oh Salvados mío! a cualquier parte que fuereis; todos queremos imitar los bellos ejemplos de todas las virtudes que nos dais en este Misterio.

Llevadnos, os pido, en pos de Vos para que corramos al olor de vuestros perfumes; y no sufráis que los atractivos de las criaturas, o los artificios del demonio nos impidan seguiros.

¡Oh Rey magnífico, cuya gloria y magnificencia brilla por todas partes! haced conocer hoy los efectos de vuestra liberalidad a vuestro Pueblo; enriquecedle con vuestros dones, colmadle de vuestra gracia.

¡Que cada uno de nosotros vuelva a su casa cargado de los presentes que reciba de Vos! No os pedimos bienes frágiles y perecederos, sino bienes espirituales, que son los verdaderos, y solo dignos de Vos.

Penetradnos de vuestro temor, llenadnos de vuestro amor, alumbradnos con vuestra luz, revestidnos de vuestra fuerza, colmadnos de vuestras gracias y misericordias.

Aun nos atrevemos a rogaros proveáis también a todo lo que nos es necesario para el mantenimiento de nuestro cuerpo, a fin de que, libres de los cuidados temporales, podamos serviros con mayor aplicación y fervor.

En otro tiempo, ¡oh Jesús mío! fuisteis arrastrado con ignominia por las calles de Jerusalén, acompañado de gran multitud de pueblo que vomitaba mil blasfemias y maldiciones contra Vos; y en el divino Sacramento de nuestros Altares habéis sufrido infinidad de veces de los judíos, de los herejes y de los malos católicos unos tratamientos, que no han sido menos ignominiosos que los que padecisteis en vuestra sagrada Pasión.

Pues para haceros reparación pública de todos estos ultrajes, ha ordenado la Iglesia se os llevase con pompa por nuestras calles, y que sus hijos os acompañen con velas encendidas en la mano para desagraviaros.

Pretende con sus himnos y cánticos reparar las imprecaciones y blasfemias que se han vomitado contra Vos; por sus respetos y adoraciones daros satisfacción de las afrentas y oprobrios de que se os ha cargado; y por el concurso de Pueblo que acude a esta celebridad, y que os reconoce por su Rey y por su Dios, condenar la injusticia que os hizo el pueblo judaico que no quiso recibiros como tal, y haceros triunfar de vuestros enemigos, que aun en el día os niegan este título.

Triunfad, triunfad pues hoy, adorable Salvador mío, de todos los enemigos de vuestra gloria; triunfad de los que no quieren reconoceros por su Rey, y que se oponen al establecimiento de vuestro Imperio; triunfad de los que no os adoran como a su Dios, y os miran como una pura criatura.

¡Que el Cielo y la tierra, los Ángeles y los hombres, adoren de concierto vuestro Santo Nombre! ¡Que todas las criaturas del Universo reconozcan unánimemente vuestro poder y divinidad!

Mi corazón está tan lleno de respeto por Vos, ¡oh mi augusto Monarca!, y tengo un deseo tan grande de contribuir con todo lo que depende de mí a la gloria de vuestro triunfo, que si las reglas de la decencia se acomodasen con mis inclinaciones, no solamente pondría mis vestidos, como vuestros Apóstoles, en los parajes por donde Vos pasáis, sino que extendería mi propio cuerpo en el suelo, para que caminaseis como Vencedor y Conquistador sobre quien tantas veces ha tenido la audacia de sublevarse contra Vos por sus delitos.

Esta procesión en que os llevamos con pompa, ¡oh Salvador mío!, me representa aquella por la cual Vos salís eternamente del seno de vuestro Padre por la vía del conocimiento, y volvéis a entrar en Él por la vía del amor, por el cual os unís a Él; aquella que se hizo en la Encarnación, cuando salisteis del Cielo para venir al mundo a rescatar el género humano, y volvisteis al Cielo el día de vuestra gloriosa Ascensión, después de haberle rescatado; y últimamente aquella que se debe hacer al fin de los siglos, cuando acompañado de vuestros Ángeles y Santos, descenderéis de nuevo del Cielo para venir a juzgar al mundo, y volveréis a subir seguido de todos vuestros escogidos después de haberle juzgado.

Nosotros pretendemos hoy rendir homenaje a las dos primeras procesiones por esta que hacemos; y os rogamos encarecidamente, Señor, nos concedáis la gracia de ser de la tercera; quiero decir, de acompañaros al Cielo con vuestros Santos y Ángeles después de vuestro juicio, para que vayamos con ellos a amaros, loaros y glorificaros para siempre. Amén.

 

Mientras la Bendición

Señor, bendecid vuestra herencia, derramad vuestras gracias y bendiciones sobre vuestro Pueblo; haced que seamos del número de aquella dichosa posteridad que habéis bendecido, y a quien diréis un día: Venid, vosotros que habéis sido benditos por mi Padre. Que vuestra bendición nos ponga a salvo de la maldición que pronunciareis contra los desgraciados réprobos. Amén.