COLOQUIOS CON JESUCRISTO EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR

OCHO MOTIVOS DE COLOQUIO

Cuando se concurre ante el Santísimo Sacramento expuesto o reservado

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Para sacar fruto de las consideraciones y afectos siguientes, es necesario disponerse de una manera viva y eficaz, procurar profundizar bien la materia e imprimir en el centro del corazón los afectos que se saquen.

A este fin se pueden repetir muchas veces, pero siempre con nuevo fervor.

Cada punto puede ser suficiente para un coloquio por largo que sea.

Los que no puedan extender le, juntarán algún otro.

Para alivio de la memoria y pasar de un afecto o consideración a otra, se puede tener el texto a la vista.

I. Considerad a Jesucristo como Dios; decidle con el Profeta Rey: Deus meus es tu: Vos sois mi Dios.

Los suyos no quisieron recibirle en esta cualidad; pero para reparar esta injuria recibidle bajo este título en la Sagrada Eucaristía: confesad con San Pedro y Santa Marta, que Él es el Hijo de Dios vivo; adorad con muy profundo respeto su divinidad; juntad vuestras adoraciones a las de los Ángeles que están allí presentes; quedad anonadados a los pies de su Trono; concebid la más alta estimación que os sea posible de su majestad, de su poder, de su sabiduría, de su bondad, de su justicia, de su misericordia, de su santidad y de sus otras perfecciones, que todas son infinitas; decidle que no hay otro Dios que Él, con el Padre y el Espíritu Santo: Non est Deus prœter Dominum.

Reconocedle por el Creador de todas las cosas; dadle gracias por el ser que os ha dado; pedidle perdón de haber manchado la obra de sus manos por vuestros pecados; rogadle la reforme, os haga nueva criatura, se edifique en vosotros un Templo, se levante un Trono, y se cree un cielo para hacer en él su morada.

II. Considerad a Jesucristo como Pontífice, que presenta a Dios su víctima que es él mismo: Ipse ese assistens Pontifex. Mirad las excelencias de este Pontífice; es Santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores, más elevado que los Cielos, perfectamente agradable a Dios, y lleno de caridad para con vosotros. Penetrad en su Corazón con una fe viva, para notar el celo con que por vuestra salvación ofrece a Dios su Persona, sus trabajos, su muerte y su sangre.

Está allí para recibir todos vuestros memoriales, y presentárselos; dadle gracias por su cuidado; rogadle os le continúe, aplaque su ira, y os conceda los auxilios de que tenéis necesidad; ofrecedle por vuestra parte a su Padre; ofreceos vosotros también con Él, o más pronto rogadle que Él se ofrezca por vosotros, y que os ofrezca también a vosotros mismos, y todo lo que os pertenece con Él; prometedle llevar en adelante una vida de víctima , muriendo a todo lo que no es Dios, y aprovecharse de su Sangre preciosa.

III. Considerad a Jesucristo como amigo: Ipse est amicus meus. Ved el mérito de este amigo, su grandeza, su poder, sus riquezas, su generosidad y el amor que os manifiesta. Allí está para regocijaros y aliviaros en vuestros males; agradecedle su bondad; reconoced que os habéis hecho indignos de ella por vuestras perfidias; pedidle perdón; poned en él toda vuestra confianza; abridle vuestro corazón, y representadle extensamente todas vuestras necesidades; rogadle las remedie; protestadle que le seréis fieles en lo venidero, y que no amareis sino a Él; consagradle todos los afectos de vuestro corazón, y dirigidle los actos de amor más ardientes que os sea posible.

IV. Considerad a Jesucristo como Conductor: Deus tuus ipse est ductor tuus. Notad la excelencia, la caridad y la habilidad de este Conductor: os enseña las sendas de la vida, anda por ellas con vosotros, os allana el camino, os lleva en sus brazos, os alimenta con su Carne y Sangre, y os protege contra todos vuestros enemigos.

Meditad la grandeza de todos sus beneficios; agradecedle su caridad; pedidle perdón de haber tantas veces abandonado sus Sendas para andar por las del demonio; protestadle que las seguiréis en adelante muy fielmente; pedidle la continuación de su caridad; uníos a Él para no descaminaros y perderos.

No solo es el Conductor que os lleva, sino también la Luz que alumbra vuestros pasos, el camino que andáis, y el término adonde os dirigís, que es la vida eterna.

V. Considerad a Jesucristo como Consolador: Ego ipse consolabor vos. Ved la bondad y el poder de este divino Consolador.

Su bondad le hace sentir vivamente todas vuestras desgracias, y le obliga a descender expresamente del Cielo sobre ese Altar, por venir a consolaros, no de un modo seco y estéril como hacen los hombres, sino poderoso y eficaz, dándoos todos los socorros que deseáis.

Su poder no reconoce nada que le exceda, y no tiene más que decir una palabra para poner fin a todas vuestras miserias; sentidlas vivamente; conoced vuestras enfermedades, las llagas que os han hecho vuestros enemigos, vuestra pobreza y vuestra imposibilidad; y representad todo esto a vuestro divino Consolador; pedidle auxilios, poned en el toda vuestra esperanza, aguardad sus divinas consolaciones con una humilde confianza, renunciad todas las de las criaturas, confesad que son vanas e indignas de vosotros, protestad que no queréis más que las suyas y rogadle derrame su alegría, su paz y su amor en vuestro corazón.

VI. Considerad a Jesucristo como Jefe: Dedi eum ducem gentibus. Es vuestro Jefe en esta terrible guerra que tenéis que sostener contra el infierno. Mirad la multitud, el poder y la rabia de vuestros enemigos, que no respiran más que vuestra perdición y la imposibilidad en que estáis de resistirlos, la importancia de la victoria, la necesidad que tenéis de la conducta y socorro de este divino Jefe.

Atended su sabiduría, que disipa todos los consejos de vuestros enemigos; su poder; que aniquila todos sus esfuerzos; su caridad, que le obliga a venir del Cielo para socorreros.

Él es quien da a sus soldados las armas para combatir, la victoria en el combate, y la corona después de haber vencido; rogadle os revista con las armas de justicia, os dé la victoria de vuestros vicios, de vuestras pasiones y de vuestros otros enemigos; pedidle perdón de haberle abandonado tantas veces y tomado partido contra Él: prometedle combatir fiel y valerosamente en lo sucesivo bajo sus banderas, y por sus intereses.

VII. Considerad a Jesucristo como Modelo: Quos prædestinavit conformes fieri imagini filii sui. Es el Modelo de todos los predestinados. Mirad la excelencia de este divino Modelo, cuyas perfecciones son superiores a toda idea; observad las virtudes que practica en nuestros Altares, su caridad, su obediencia, su humildad, su paciencia y su desinterés; agradecedle los buenos ejemplos que os da; pedidle perdón de haberlos imitado tan mal, y no haber trabajado sino para desfigurar más su imagen en vosotros; prometedle imitarlos en lo sucesivo; rogadle que se imprima asimismo como un divino sello en vuestro corazón y en vuestros brazos, para comunicaros los rasgos de todas sus virtudes, y hacéroslas practicar interior y exteriormente; pedidle en particular las que os son más necesarias.

VIII. Considerad a Jesucristo como Juez: Omne judicium dedit filio. Él ha establecido en nuestros Altares el Tribunal de su Misericordia. Id vosotros a postraros a sus pies; confesadle ingenuamente y con un vivo dolor todos vuestros pecados; pedidle perdón de ellos; dadle pruebas de vuestro reconocimiento en no haberos ya condenado y castigado, como a otros muchos menos culpados que vosotros; dad gracias a su Padre por haberos dado por Juez al mejor de vuestros amigos; reconoced su autoridad y someteos anticipadamente a todos sus decretos; rogadle os sea favorable en la sentencia decisiva de vuestra eterna suerte; proponed ganar su favor por vuestros respetos y servicios; condenad con Él desde ahora el mundo por una vida opuesta a sus máximas.