LAS INDULGENCIAS (IV)

Continuación…

Abusos

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Indulgencia del siglo XVIII concedida por Clemente XIII

Parecería extraño que la doctrina de las indulgencias significase semejante piedra de escándalo y provocase tantos prejuicios y oposición. Pero la explicación de este hecho puede encontrarse en los abusos que poco felizmente se han asociado con lo que en sí mismo es una práctica saludable.

En este sentido, claro está, las indulgencias no son una excepción: no existe institución, por más santa que sea, que haya escapado a los abusos que provocan la malicia y la indignidad de las personas.

Incluso la misma Eucaristía, como lo declara San Pablo, implica el comer y beber la propia condenación para aquel que no discierne el cuerpo del Señor (1 Cor., xi, 27-29).

Y, así como la paciencia de Dios es constantemente abusada por parte de los que recaen en sus pecados, así también no es de sorprenderse que el ofrecimiento del perdón en la forma de las indulgencias haya conducido a malas prácticas. Estas han sido especial objeto de ataque debido, sin duda, a su conexión con la revuelta de Lutero.

Por otro lado, no debe olvidarse que la Iglesia, mientras mantiene firmemente el principio e intrínseco valor de las indulgencias, ha condenado repetidamente sus abusos: de hecho, frecuentemente nos enteramos de cuán grave esos abusos habían sido precisamente viendo la severidad de la condena por parte de la Iglesia.

Aún en la época de los mártires, como se dijo antes, hubo prácticas ante las cuales San Cipriano se sintió en la obligación de reprender, aunque no prohibió a los mártires conceder el libelli.

En tiempos posteriores, los abusos eran enfrentados por medidas represivas por parte de la Iglesia. Así, el Concilio de Clovesho en Inglaterra (747) condena a aquellos que imaginan que pueden satisfacer por sus crímenes sustituyendo sus propias austeridades por penitentes mercenarios.

Contra las excesivas indulgencias concedidas por algunos prelados, el Concilio Laterano IV (1215) decretó que en la dedicación de una iglesia la indulgencia no deberá sobrepasar el año, y para el aniversario de una dedicación u otra circunstancia, no deberá sobrepasar los cuarenta días, siendo este el límite observado también por el mismo papa en semejantes ocasiones. La misma restricción fue puesta en vigor por el Concilio de Ravenna en 1317.

En respuesta a las quejas de Dominicos y Franciscanos, que ciertos prelados habían usado de las indulgencias concedidas a sus respectivas órdenes con fines privados, Clemente IV en 1268 prohibió toda posible interpretación de las concesiones en ese sentido, declarando que, cuando fuesen verdaderamente necesarias, serían concedidas por la Santa Sede.

En 1330 los hermanos del hospital de Haut-Pas afirmaron falsamente que las concesiones hechas en su favor eran más extensas que lo que permitían los documentos: Juan XXII arrestó y envió a la prisión a todos estos hermanos en Francia.

Bonifacio IX, escribiendo al obispo de Ferrara en 1392, condena las prácticas de ciertos religiosos que falsamente afirmaban que habían sido autorizados por el papa a perdonar todo tipo de pecados, y obtenían dinero por parte de los simples feligreses prometiéndoles felicidad perpetua en este mundo y gloria eterna en el otro.

Cuando Enrique, Arzobispo de Canterbury, intentó en 1420 conceder una indulgencia plenaria al modo del Jubileo Romano, fue severamente amonestado por Martín V, que caracterizó la acción como “de una presunción inaudita y una audacia sacrílega”.

En 1450 el Cardenal Nicolás de Cusa, Legado Apostólico en Alemania, encontró algunos predicadores que proclamaban que las indulgencias libraban de la culpa del pecado como también de la pena por el mismo. Este error, debido a un mal entendimiento de las palabras “a culpa et a poena”, fue condenado por el mismo Cardenal durante el Concilio de Magdeburgo.

Finalmente, Sixto IV en 1478, para evitar la idea que la obtención de indulgencias pudiese ser un incentivo al pecado, reservó a la Santa Sede un extenso número de casos en los que, hasta el momento, los sacerdotes tenían facultades (Extrav. Com., tit. de poen. et remiss).

El tráfico de las indulgencias

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Estas medidas muestran claramente que la Iglesia, mucho antes de la Reforma, no sólo reconoció la existencia de abusos, sino que usó de su autoridad para corregirlos.

A pesar de todo esto, los desórdenes continuaron y dieron el pretexto a los ataques dirigidos contra la doctrina misma de las indulgencias, no menos que contra su práctica. Aquí, como en tantas otras cuestiones, el amor al dinero fue la raíz principal de los males: las indulgencias eran usadas por eclesiásticos mercenarios como fuente de ganancias pecuniarias.

Será suficiente aquí notar que la doctrina en sí misma no tiene conexión natural ni necesaria con ganancias pecuniarias, como consta por el hecho que las muchas indulgencias que se conceden en nuestros días están libres de asociación alguna con semejantes ganancias: las únicas condiciones que se requieren son las de recitar ciertas oraciones o la puesta en práctica de ciertas buenas obras o prácticas de piedad.

Es ciertamente fácil ver cómo los abusos se abrieron camino entre las indulgencias: entre las buenas obras que pueden incentivarse a modo de condición para ganarlas, la limosna tendrá un lugar importante, mientras se inducirá a las personas a contribuir de la misma manera a una buena causa, como son la construcción de una iglesia, la puesta en marcha de hospitales, o la organización de una cruzada.

Hay que observar que en estas cuestiones no hay nada que sea intrínsecamente malo. Dar dinero a Dios o a los pobres es un acto digno de alabanza, y cuando es hecho por los motivos apropiados sin duda no quedará sin recompensa. Visto bajo esta óptica, puede ser perfectamente lícito establecer la limosna como condición para ganar los beneficios espirituales de una indulgencia.

Pero, a pesar de la inocencia de la práctica en sí mismo, ésta se vio cargada por un gran peligro, y pronto se volvió una fructuosa fuente de mal.

Por una parte, estaba el peligro de que el pago fuese visto como el precio de la indulgencia, y que aquellos que buscaban de ganarla perdiesen de vista las otras condiciones más sustanciales.

Por otro lado, los que concedían indulgencias podían caer en la tentación de convertir las indulgencias en una fuente de ingresos. A pesar de que los líderes de la Iglesia estuvieron libres de culpa en este sentido, hubo espacio para la corrupción entre sus oficiales y agentes, o entre los predicadores populares de indulgencias, clase felizmente desaparecida, pero cuyo tipo fue preservado en “Pardoner”, de Chauser, con sus falsas reliquias e indulgencias.

Mientras no se puede negar que estos abusos se habían extendido ampliamente, también hay que notar que, aún durante los tiempos más marcados por la corrupción, estas concesiones espirituales eran usadas con mucho fruto por los cristianos sinceros, que las buscaban según su verdadero espíritu, y por sacerdotes y predicadores que insistían sobre la necesidad de un verdadero arrepentimiento.

Por todo lo cual no es difícil entender por qué la Iglesia, en vez de abolir la práctica de las indulgencias, se esforzó más bien por promoverlas eliminando los malos elementos.

El Concilio de Trento en su decreto “Sobre las Indulgencias” (Sesión XXV) declara: “Al conceder indulgencias el Concilio desea que sea observada moderación en acuerdo con la antigua y comprobada costumbre de la Iglesia, a fin de que una excesiva facilidad no relaje la disciplina eclesiástica; y además, buscando de corregir los abusos que se han infiltrado… establece que toda ganancia criminal conectada con ellas deberá ser totalmente cancelada como fuente de triste abuso entre el pueblo cristiano; y como en el caso de otros desórdenes que surgen por la superstición, ignorancia, irreverencia o por cualquier causa que sea —dado que estos desórdenes, por la extendida corrupción, no pueden ser removidos por una prohibición particular— el Concilio pone sobre las espaldas de cada obispo la obligación de encontrar dichos abusos si existen en su propia diócesis, de presentarlos ante el próximo sínodo provincial y de reportarlos, en consonancia con los otros obispos, al Romano Pontífice, por cuya autoridad y prudencia serán tomadas medidas para el bienestar de la Iglesia en general, de modo que el beneficio de las indulgencias pueda ser derramado sobre todos los fieles por medios que sean a la vez piadosos, santos y libres de corrupción”.

Después de deplorar el hecho que, a pesar de los remedios prescriptos por concilios anteriores, los negociantes (quaestores) de indulgencias continuaron su nefasta práctica para gran escándalo de los fieles, el Concilio ordenó que el nombre y método de estos quaestores sea totalmente abolido, y que las indulgencias y otros favores espirituales de los cuales los fieles no deben verse privados sean publicados por los obispos y concedidos gratuitamente, de modo que todos puedan entender con toda claridad que estos tesoros celestiales fueron dispensados por causa de la piedad, y no por lucro (Sesión XXI, c. ix).

En 1567 San Pío V canceló todo tipo de indulgencias que implicase algún estipendio u otra transacción financiera.

Indulgencias apócrifas

Uno de los peores abusos fue la invención o falsificación de indulgencias. Antes de la Reforma, semejantes prácticas abundaron y provocaron severas manifestaciones por parte de la autoridad eclesiástica, en particular durante el Cuarto Concilio de Letrán (1215) y el de Viena (1311).

Después del Concilio de Trento la medida más importante que se tomó para prevenir semejantes fraudes fue la creación de la Congregación para las Indulgencias. Una comisión especial de cardenales trabajó durante los pontificados de Clemente VIII y Pablo V, reglamentando todas las cuestiones relativas a las indulgencias. La Congregación para las Indulgencias fue definitivamente establecida por Clemente IX en 1669, y reorganizada por Clemente XI en 1710.

Ha provisto de un servicio eficiente al decidir varias cuestiones relativas a la concesión de las indulgencias y su publicación. La “Raccolta” (q.v.) fue editada por primera vez por uno de sus consultores, Telesforo Galli, en 1807; las últimas tres ediciones, 1877, 1886 y 1898 fueron publicadas por la Congregación. La otra publicación oficial es la “Decreta authentica”, que contiene las decisiones de la Congregación desde 1668 a 1882. Fue publicada en 1883 por orden de León XIII. Ver también la “Rescripta authentica”, de Joseph Schneider (Ratisbona, 1885). Por un Motu Proprio de San Pío X, fechado el 28 de enero de 1904, la Congregación para las Indulgencias fue asociada a la Congregación de Ritos, sin ninguna disminución, sin embargo, de sus prerrogativas.

Efecto Curativo de las Indulgencias

Las indulgencias se han multiplicado grandemente como incentivo para ejercicios espirituales. La plena significación de esta “multiplicación” se encuentra en el hecho que la Iglesia, desraizando los abusos, ha mostrado el rigor de su vida espiritual.

Ella ha mantenido la práctica de las indulgencias porque las mismas, cuando se usan en sintonía con lo que la Iglesia prescribe, refuerzan la vida espiritual induciendo a los creyentes a acercarse a los Sacramentos y a purificar sus conciencias del pecado.

Además, incentivan la realización, en un sincero espíritu religioso, de las obras que redundan no sólo en bien del individuo, sino también en la mayor gloria de Dios y el servicio del prójimo.

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Algunas prácticas y devociones que poseen indulgencias parciales e indulgencias plenarias

*La visita de adoración al Santísimo.

*La visita a los cementerios con la oración, por los difuntos y aplicada solamente a las Almas del Purgatorio, del día 1 al 8 de noviembre.

*La adoración de la cruz, el Viernes Santo durante la solemne acción litúrgica.

*En las primeras comuniones, a los que la reciben y a los que asisten devotamente.

*A los participantes a ejercicios espirituales de tres días de duración por lo menos.

*A los que recitan el Rosario en una iglesia, oratorio público, en familia, o en asociación piadosa.

*A los que leen la Sagrada Escritura por lo menos durante media hora.

*El rezo del Vía Crucis, delante de las estaciones, legítimamente erigidas.

*El acto de reparación, rezado públicamente en la fiesta del Sagrado Corazón

*La consagración del género humano a Cristo Rey rezada públicamente en su fiesta

*El “Te Deum”, rezado solemnemente el último día del año

*El “Veni Creator”, rezado solemnemente el primero de enero y el día de Pentecostés

*La renovación de las promesas del bautismo en la vigilia pascual y el día aniversario del bautismo.

*Ánima Christi.

*De profundis (Salmo 129).

*Señor Dios Todopoderoso (Breviario Romano).

*Laudes o Vísperas del Oficio de los Difuntos.

* Escúchanos (Ritual Romano).

* Dulcísimo Jesús.

*Dulcísimo Jesús, Redentor (acto de dedicación del género humano a Cristo Rey).

*Responso (sólo aplicable a las Almas del Purgatorio).

*Salve Regina.

*María, Auxilio de los necesitados (Breviario Romano).

* Santos Apóstoles Pedro y Pablo (misal Romano).

*Sub Tuum Praesidium.

*Tantum Ergo (Breviario Romano).

*La siguiente oraciónenriquecida con indulgencia plenaria (Pío XI, 21 de febrero de 1923):

Oh Cristo Jesús, yo os reconozco como Rey universal. Todo cuanto existe ha sido creado por Vos. Ejerced sobre mí todos vuestros derechos.

Renuevo las promesas del bautismo renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy particularmente me comprometo a hacer triunfar, según mis fuerzas, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia.

Corazón divino de Jesús, yo os ofrezco mis pobres acciones para lograr que todos los corazones reconozcan vuestra sagrada Realeza y que así se establezca en el mundo el reino de vuestra paz. Así sea. (Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria)

Hay también indulgencias para muchas oraciones de los devocionarios, algunas parciales, y por acumulación se convierten en plenarias si se rezan durante un período determinado de tiempo.

 

Bibliografía: BELLARMINE, De indulgentiis (Cologne, 1600); PASSERINI, De indulgentiis (Rome, 1672); AMORT, De origine……indulgentiarum (Venice, 1738); BOUVIER, Traité dogmatique et pratique des indulgences (Paris, 1855): SCHOOFS, Die Lehre vom kirchl. Ablass (Munster, 1857); GRONE, Der Ablass, seine Gesch. u. Bedeutung (Ratisbon, 1863).

Fuente: Kent, William. “Indulgences.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/07783a.htm>.

http://ec.aciprensa.com/wiki/Indulgencias